Opinión Nacional

¡Qué broma con esos muchachos!

Lo acontecido en el país en el último año, vale decir desde la votación del 2D hasta el presente, ha dado origen a variadas interpretaciones y análisis que intentan explicar cómo se ha venido conformando el espectro político que existe hoy por hoy. Hay que admitir que las fuerzas democráticas, que representan una alternativa a lo que impera como modo de gobierno desde hace diez largos años, viene ganando terreno lentamente pero sin pausa. Basta con echar una ojeada al número de votos que han obtenido en los últimos comicios, pasando por la victoria del 2D y aquellas logradas el 23N en gobernaciones y alcaldías de lo más emblemáticas. Aquí debemos resaltar que varias de las gobernaciones y alcaldías que se perdieron por un muy estrecho margen, fue debido a que todavía hay quienes se aferran a la vieja política del sectarismo y de anteponer los intereses personales y partidistas a los objetivos principalísimos de la sociedad en su conjunto. Los responsables de esos fracasos, que todos sabemos quienes son en tan pequeño país, no es que no aprenden, es que no están en capacidad de entender lo que realmente sucede en esta tierra de gracia, donde la cultura democrática y pluralista se resiste a sucumbir a pesar del grotesco abuso de poder y de violaciones a las normas establecidas tanto en la Constitución como en la ley de participación política.

Lo primero que se aprecia en el gran público, es una tendencia a no deprimirse por lo acontecido el 15F. No percibimos un sentimiento generalizado de frustración, de derrota, de desesperanza, sino que más bien existe una actitud de confianza en las posibilidades que se le presentan a la sociedad venezolana de rescatar las prácticas democráticas, a través de un aumento sostenido del número de personas que se identifican con el mensaje de cambio para mejor, que propician los factores que representan una alternativa a lo que hoy se vive. Sin embargo, pensamos que se requiere precisar muy bien las razones que están detrás de ese progreso. Hay que hilar fino para limpiar de “polvo y paja” el mensaje que el colectivo ha enviado, sobre todo si observamos que alrededor del 30% de los electores no asistieron a la convocatoria. ¿Por qué esa ausencia? ¿Por qué esa indiferencia en momentos tan cruciales para la república? ¿Es qué acaso no logran entender la inmensa gravedad de lo que sucede? ¿O tal vez la decepción con la política fue tan profunda que el descreimiento es insuperable? ¿O será que la mayor parte de ese porcentaje está conformado por gente de la generación que se formó durante un período de relativa bonanza y cuyas preocupaciones no iban más allá de qué ropa de marca usar y exhibir, de qué carro me regalarán cuando me gradúe, porque de lo demás, de los problemas de la política, de la sociedad, del país, no sólo no se ocupaban sino que ni siquiera los pensaban? Sería interesante intentar algunas respuestas a dichas interrogantes.

A pesar de que una que otra vez se levantan voces que quieren repetir la desgraciada historia de unos años atrás, cuando muchos auparon el desprestigio de la política apostando a la muerte de los partidos, lo cual sin lugar a dudas fue una de las variables más determinantes en la desdicha de comenzar a rodar por el despeñadero en que nos encontramos y que pareciera que es todavía más hondo de lo que creíamos, a pesar de ello repetimos, vemos con optimismo que los partidos políticos están en una interesante recuperación, aunque en realidad ello se deba más a la dinámica de las circunstancias que al esfuerzo de reformas importantes que hayan hecho los partidos para alcanzar un cambio total. Tampoco hay que restarle méritos a quienes han permanecido en el frente de lucha durante todos estos años y que desde el interior de las organizaciones partidistas han resistido lo que podríamos llamar el “fuego de saturación” que el régimen ha utilizado, aunque de forma intermitente. De manera pues que debemos llamar la atención de los formadores de opinión, de los medios, para que no se caiga de nuevo en el juego de demonizar a los partidos, porque sin ellos no existe la democracia representativa, liberal y pluralista. Y a quienes liderizan esos partidos, a entender que en este país asistimos a una transformación socio-política que está en plena evolución, por lo que se impone la necesidad de aprovechar la energía cinética que ella genera para acelerar los cambios y dirigirlos hacia objetivos de desarrollo tanto en lo económico y social, como en lo político. Para ello es imprescindible que las organizaciones partidistas se aboquen a dar un vuelco, un giro de 180º, en su conformación, en sus procedimientos, en su lenguaje. Se requiere deslastrarse de la huella que dejó en ellas la concepción leninista de su estructura, de su dinámica interna, de su terminología. Los que así no lo hagan, pensamos que no tendrán mañana en el espectro político del país.

Por otra parte, como lo demuestra la historia de la humanidad, las sociedades producen el parto que les permita su vigencia, su permanencia en el colectivo planetario. Por esa razón, como una fase más de la transformación socio-política que mencionábamos, ha hecho acto de presencia una generación de jóvenes promesas que está copando los espacios de una nueva política, con un lenguaje refrescante que apuesta a la inclusión, a la búsqueda de la excelencia. Que no tiene pasado que arrostrarle, porque surge luego de un vacío, de una ausencia, de un “gap” generacional marcado por aquellos que no supieron o que no supimos hacerlos interesarse por el país. Una generación que no gira alrededor de algún predestinado, sino que brota a borbotones desde los diferentes puntos cardinales de la Patria, con un mensaje que surge espontáneo y que en ocasiones, para algunos observadores prejuiciados, pareciera ingenuo. Quizás allí radique su peso específico, porque más que ingenuidad es transparencia, una virtud que ha estado ausente casi de por vida en la gestión pública de este país. Por ello, al enarbolar esa manera de ser y de hacer, los jóvenes estudiantes y los que dejaron de serlo porque ya se han laureado, están haciendo camino en los derroteros de la política y ojala, como apuntábamos en anterior artículo, invadan a los partidos para que con su savia refrescante logren imponer desde abajo los correctivos que hacen falta y que la sociedad pide a gritos.

No pretendemos en lo absoluto mitificar a los estudiantes. No se trata de que ellos vayan a llegar con una varita mágica para cambiarlo todo. Se trata, sí, de una etapa de la transformación que ha llegado para quedarse. Por esta razón no creemos, como algunos han opinado, que los partidos en los actos que se sucedieron durante la pasada campaña y los respectivos comicios, hayan benévolamente dejado espacio para el grupo estudiantil, sino que los partidos percibieron que el espacio no era de ellos porque ya tenía nombre: los estudiantes. No nos engañemos, hay quienes se resisten dentro y fuera de los partidos a entender y aceptar esta realidad de una generación que ha brotado con fuerza propia, que ya tiene una plataforma desde la cual podrían incluso conformar organizaciones que intenten transitar el dificultoso camino de la política. En todo caso ya están allí, quizás por eso a alguien se le escapó una expresión muy criolla: ¡que broma con esos muchachos!

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