Opinión Nacional

¿Qué hacer con el genoma?

El descubrimiento de la información genética que descubre la disposición de los 46 cromosomas que conforman a un ser humano va a ser, dicen quienes entienden del asunto, una nueva revolución en la ciencia y en el destino de la humanidad. El profesor Emilio Yunis, por ejemplo, acaba de decirnos en entrevista para El Espectador que “cuando se conozcan los 100 mil (genes) que conforman el genoma humano aumentará el conocimiento para diagnosticar, prevenir y sanar esas enfermedades». Se refiere, por supuesto, a enfermedades producidas por “errores de los genes.”

Entre las aclaraciones del profesor Yunis me ha llamado la atención aquella que se refiere a “los cambios que se producirán en la manera de pensar, la forma de interrogar y de cuestionar, especialmente en materias como la filosofía, la sociología y la antropología, porque con el genoma se va a comenzar a decir que estos son los genes de la inteligencia, estos son los de la depresión, esos los de dormir, los de la agresividad son estos, los de la pasividad aquellos (…)” . En fin, que “el pensamiento va a dejar de ser patrimonio de los filósofos para convertirse en terreno de la biología y la genética molecular».

«Habrá mucho conflicto intelectual -asegura Yunis. Y muchas esperanzas, claro está. La quimera de “la eterna juventud” , que Lucas Cranach representó en su fascinante cuadro, hoy en el Museo de Dahlen, en Berlín, empezará a hacerse realidad por medio de manipulaciones genéticas que hoy solo son manipulaciones anatómicas. Antes que disminuir, la obsesión de la cultura ligera -todos jóvenes y estéticamente perfectos – se incrementará, como se incrementará el deseo de la salud perfecta. Las consecuencias, a mediano plazo, son desastrosas: desaparecerán los cirujanos estéticos y los gimnasios, no tendrán sentido canales de televisión como “E Entertaiment” ni revistas sobre la feria de las vanidades del cuerpo excepcional.

Preocupante lo que concierne a las ciencias sociales y humanas como la filosofía, la sociología y la antropología. Sobre todo el destino de la primera, que lleva décadas interrogándose a sí misma, es decir, siendo filosofía sobre los filósofos. Preocupante el vacío que dejarán los psicoanalistas, con sus cuentas de oro, cuando se puedan prevenir y controlar tendencias depresivas o agresivas del ser humano. Preocupante para una profesión que lleva más de un siglo, pero esperanzador para sociedades como la colombiana, que es la que tenemos más cerca.

La agresividad y la violencia, pero también la pasividad de unas mayorías arrinconadas por la desesperanza, podrán ser prevenidas o alteradas. Lo que no se sabe es si ello será posible, dado que quienes controlan el saber controlan también la práctica de los avances científicos. Tal vez no existirán DAS ni otros servicios de inteligencia sino Departamentos Administrativos que decidirán, en aras del poder político, a quiénes se les previene o controlan tendencias genéticas o congénitas. Es de suponer que no se tocará el gene de la pasividad y que, en otros casos, el gene de la agresividad se dejará intacto para eventuales casos de guerra, suponiendo que en 25 o 50 años sigamos todavía en guerra.

Vamos a ser más inteligentes, se pronostica. ¿Inteligentes para qué? ¿Para burlar mejor la justicia, para conseguir impunidad a la perfección, para matar más limpiamente? ¿Inteligentes para construir armas más letales, para depredar el medio ambiente con mayor eficacia? ¿Para ganar y acumular más plata con métodos más inteligentes? Todo será cuestión de ética, como lo ha sido siempre con la ciencia. Los sistemas de enseñanza no están en los genes. ¿Están acaso la bondad, el bien común, la generosidad, la justicia, en ese panel de control llamado genoma? Todo está por verse. Me aterra, desde ya, el poder monopólico de la Farmacogenética.

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