Opinión Nacional

¡Qué mala leche(i)guerra!

La anécdota llega hasta mí como en un sueño, no retengo los detalles precisos del evento por tanto me temo que al relatarla distorsionaré su verdad histórica. No obstante permítaseme recordarla para ustedes que, seguramente, sabrán complementarla y en muchos casos enmendarla.

El asunto en cuestión refiere una famosa pelea del maracucho Betulio González, quien para ese momento defendía o aspiraba –para los fines de esta crónica es irrelevante cualquiera de las dos opciones- la corona mundial del peso mosca. Importante es saber que la pelea se realizaba en la noche de un país de Asia y que llegó a Venezuela una madrugada de radio AM, en la que un optimista narrador deportivo gritaba: ¡Pega Betulio! Una fuerte derecha de Betulio, gancho de Betulio, fuerte golpe de izquierda de Betulio. ¡Derechazo de Betulio¡ ¡Tremendo golpe de…! (En este momento se pensó que Betulio remataría la pelea) ¡Señores…, se cayó Betulio! El arbitro le está contando los diez segundos reglamentarios. Uno, dos, tres,… ¡Betulio esta mal señores! ¡Está nocáut! Buenas noches.

Algo parecido a la referida pelea de Betulio es lo que le está pasando al infando Dr. Javier Elichiguerra. El que no tenga memoria para recordar, que siga leyendo. ¿No fue el Fiscal General de la República, hasta hace apenas unos meses, una suerte de Séneca el joven de la “revolución pacífica” que recorre los caminos de la Bolivariana patria? ¿Verdad que nos lo vendieron como el Charles Bronson de la película El Vengador Anónimo? Venta consumada, tanto por el parecido físico, como por la carga metafórica que comporta la similitud corporal del, para ese entonces, impoluto abogado, con el rudo del cine. ¿Verdad que lo que se escuchaba del Fiscal era que su pegada era tan contundente como los puñetazos de Mano ‘e piedra Duran, en sus mejores tiempos; y que su sapiencia académica era a la revolución lo que el analgésico al dolor de cabeza?

Pero ocurrió (la ficción gusta de los mundos paralelos), que la Caperucita Roja no le preguntó al lobo por qué tenía las uñas tan grandes, ni por qué tenía paraparas en lugar de ojos, ni por qué esos dientes tan afilados, ni por dónde se llegaba a Roma, ni de dónde eran los cantantes. Porque si así hubiese sucedido el lobo o en su defecto, la abuelita, le hubiesen respondido que eso no se pregunta; perdón, no se investiga. De allí pues, que el argumento perdió, con la actitud de la Caperucita Roja, consistencia narrativa y el juego se trancó por mala praxis, como en una partida de dominó entre aprendices del oficio.

Igual suerte corrió el caso del Dr. Elichiguerra; como a la Caperucita, se le condenó por hereje, por preguntón, por cambiar el guión, y por creer en pajaritos preñao; como a Betulio, lo acorralaron entre las cuerdas, le cantaron Las mañanitas, y le dieron lo suyo por creyón. Sus amigos de ayer, los feligreses de la religión febrerista, convirtieron en satánicos sus versos sobre la ética en el ejercicio de la función pública, en taimadas sus acciones judiciales, ridiculizaron su alquimia de litigante acusándolo de culilluo, aguantador de pruebas, trabalenguas de mercado municipal, hijo de la vecina de enfrente, y le recordaron hasta del mal que se iba morir.

Vale decir que los iniciados del culto quinta republicano nos cambiaron el signum; en adelante debíamos olvidar toda aquella jerigonza de la impolutes del Dr. Elechiguerra. Así que donde decía inteligente, debíase leer mostrenco; donde revolucionario, debíase entender contrarrevolucionario; donde abogado brillante, borrar por picapleitos de esquina; donde compañero de camino, suplir por emboscador, embaucador, trapisondista, zurriburri, petardista, y bribón, como gustaba llamar mi abuelo a los zánganos. Y para aligerar la tarea, permutar por antónimos todos los adjetivos con los que se le había regalado al ya innominable funcionario del Poder Moral Republicano. Debíanse olvidar las supuestas cualidades éticas del personaje para fijar la mirada en su nuevo gentilicio moral, que está más cercano al de El otro yo del Dr. Merengue, que al de San Francisco de Asís.

En definitiva, el hombre calló en desgracia, le retiraron los ángeles de la guarda, y le negaron la entrevista con Dios; con su sal y con su agua, que todo lo sana, que todo lo endereza. La desgracia lo encontró sin las botas puestas, ante las cámaras de televisión encendidas, con las graderías en contra –entiéndase las butacas del Tribunal Supremo ocupadas por los testigos de la nueva fe-, y con la carga de una prueba que no era prueba ni caramelo de piñata, y una acusación que no era acusación sino querella, y bla, bla, bla.

La enseñanza de todo esto, es la humildad del Dr. Elichiguerra ante la “derrota”; por eso aceptó que lo emparedaran entre los ladrillos de esa muralla ética de la nación, la del gran Don Luis Miquilena. Que nos agarre confesados. Amén.

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