Opinión Nacional

Que no panda el cúnico

Se ha metido hasta las rodillas en el pantanal de Santa Inés. Cuando más débil es el respaldo nacional e internacional con que cuenta y más público y notorio es su bojote. Cree sinceramente que la Nación es una inerme empresa comunicacional, un RCTV ampliado, y que basta con caerle a mansalva y apropiarse de todos sus bienes – tal como hiciera con el principal canal de TV del país: a mansalva, en despoblado y con alevosía – para que nos la calemos tan tranquilamente, bendiciéndole de paso sus aspiraciones monárquicas y vitalicias. Pela tremenda bola.

Él, que no pudo con una mujer de la talla de María Isabel Rodríguez – ella y Dios sabrán las razones – pretende adueñarse de la república, una mujer suficientemente bragada y echada p’alante como para haberlo sacado acobardado y a la rastra de Miraflores. ¿O se olvida del jabón azul y los interiores? Procede como los pandilleros: sin el auxilio de sus secuaces del tsj, de la asamblea y del estado mayor – de hoy en adelante siempre con las minúsculas con que se describe a los eunucos –, ya andaría pidiendo cacao. Lo va a pedir. No importa cuánto tiempo nos tome.

Por eso, lo recomendable es seguir al pie de la letra la consigna del Chapulín Colorado: que no panda el cúnico. En la tradición jurídica de la colonia, frente a los abusos del monarca que dictaba leyes a miles de kilómetros de la realidad colonial, se hizo famoso el principio máximo de nuestra legislación: se acata pero no se cumple. En plan de chascarro, solía declarárselo con el paquete de leyes sobre la cabeza de la autoridad colonial. Posiblemente haya que cambiar la parte del cuerpo sobre el que asentar las 26 leyes malditas.

Y ahí está: chapoteando ante los amurallados bastiones de la sociedad civil. Sin instituciones dispuestas a convalidar su crimen que no sean las desprestigiadas que le sirven de mascarada. Las iglesias, las universidades, los medios, los intelectuales, las academias, las ONG’s y esa mayoría ciudadana que reúne a lo mejor y más preparado y selecto de la Nación le ha declarado una guerra a muerte. No le levantará la pena hasta verlo tras las rejas de una cárcel de máxima seguridad.

Por ello, el contrabando seudo legal del 31/07 contiene una ley maldita que le permitiría dictaminar quién, cómo y cuándo puede recibir un cuarto kilo de arroz, media docena de huevos y un litro de leche. El propio remedo del paraíso de la felicidad del doctor Castro. Y sabiendo que los venezolanos no se calarán tamaño despropósito – mal acostumbrados como están desde la democracia a la abundancia y a sus dos o tres golpes – introduce el otro contrabando: los mercenarios de la milicia bolivariana, encargados de blindarlo ante el odio colectivo y de aplastar cualquier conato insurreccional.

Él, que fuera chofereado por el propio Sadam Hussein, olvida que la guardia republicana del dictador irakí – infinitamente más poderosa que la zarrapastra miliciana que le acompaña – no le sirvió de nada. Lo encontraron escarbándose los piojos en la cueva de un rancho de bahareque. Que se mire en ese espejo. Podría terminar como él: con una soga de corbata.

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