Opinión Nacional

¡Que se vaya!

Dice mi amigo el periodista Gustavo Balza que el Presidente Chávez es como un producto «Tapa Amarilla»: tiene que estarse publicitando a diario, pues si no bajan sus puntos de ventas.

Por tanta cosa que ha inventado para mantenerse en la palestra, Hugo Chavez debería llamarse «Hugo Tapa Amarilla»: en sus tiempos de campaña, montó el show de que freiría a los adecos y a los copeyanos en aceite, y le echaría ácido muriático al Congreso Nacional y a la Corte Suprema. Ya electo Presidente inventó el comercial del «puntofijismo», sin detenerse a pensar que tenía a su lado connotados puntofijistas, y que ganó las elecciones con votos puntofijistas. Mucho menos se percató de que el pacto de Punto Fijo se estudia en las escuelas de gobierno internacionales como modelo de concertación para garantizar la gobernabilidad.

En el epítome de su publicidad tapamarillesca, Chávez creó el «Congresillo», aquella charada que designó a dedo las nuevas autoridades de las instituciones de la naciente Quinta República. Luego se hizo elaborar una Constitución en la que él mismo incluyó artículos, como el 350, que ahora se devuelven en su contra como boomerangs.

Más tarde, en su campaña mediática, adoptó la tesis Ceresoliana de «caudillo-ejército-pueblo», y aseguró que su revolución contaba con fusiles, tanques y tanquetas. Paralelamente, se lanzó a crear círculos para garantizar su estadía en el poder. Apodó a quienes se atrevieron a hacerle oposición como «escuálidos», y se burló de ellos.

Otro de sus tinglados fue aquel en el que amenazó, amedrentó y ahuyentó a inversionistas nacionales y extranjeros, al son del estribillo del Himno de la Federación, «¡oligarcas, temblad!». En tiempo récord logró que su bancada en la Asamblea sancionara cuarenta y nueve leyes habilitantes, que sólo lograron que los pocos que aún consideraban invertir, salieran en estampida.

Ha usado el canal del Estado como su canal de televisión particular. Ha abusado del tiempo y de los recursos de todos los venezolanos, en sus interminables programas.

Ha viajado por un tiempo equivalente a seis meses, y captó la atención, de Venezuela y del mundo entero con el avión de jeque árabe que se compró.

A cada marcha de la oposición le montó una contramarcha.

Después ha insistido como disco rayado en lo del golpe de estado de abril, y en estas últimas semanas nos ha presentado sus nuevos guiones: el frustrado magnicidio, y nuevos golpes de Estado.

Como publicidad, con todo esto Chávez ha llamado la atención, pero le ha sido contraproducente. Quizás ha debido pedirle asesoramiento a los creativos de Tapa Amarilla, que tantas veces nos han convencido de adquirir sus productos económicos y de aceptable calidad. Pero como Chávez decidió no pedir estos consejos, hoy la gran mayoría del país le está pidiendo a gritos que se vaya.

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