Opinión Nacional

Qué y quién es Dios

Qué y quién es Dios, son preguntas modernas que la Biblia, por ejemplo, no contempla. Las Escrituras Sagradas empiezan con el Génesis, con la creación del universo, cuyo arquitecto y constructor es Dios, Ser que no necesita presentación. Dios es un postulado inamovible. Para el autor de la Biblia, la dominante Presencia de Dios, en todo lo que nos rodea, es un axioma fundamental que no necesita comprobación, un hecho paradigmáticamente obvio, ya que sin Dios nada existiría. Está claro que la humanidad tuvo que pasar por largos años para arribar a la idea de la existencia de un solo Ser Supremo. Muchos ídolos cayeron, se levantaron, surgieron nuevamente para ser abandonados en el curso de la Historia. Esta secuencia de altibajos del paganismo sigue vigente y la idolatría continúa presente aunque con un ropaje renovado. Se moderniza periódicamente. El enfrentamiento entre el politeísmo y el monoteísmo, entre la fe religiosa y la ciencia que produce una tecnología de avanzada cada vez mayor, es una constante y conduce a una tirantez y competencia que obliga al estudio y a la reflexión de ambas partes.

Filósofos y teólogos de todos los tiempos han reflexionado y especulado acerca de este Ser o Entidad que denominamos Dios. Se han presentado diferentes argumentos para sustentar su existencia, aunque ninguno de ellos es totalmente suficiente, revelando debilidad ante una crítica rigurosa. Tal vez el argumento más célebre es el que plantea que una mirada hacia los cielos, o a la complejidad de los seres que pueblan nuestro planeta, conduce a pensar en un Creador, en una mente superior, ya que cada efecto debe tener una causa. El universo no pudo autocrearse, y debe y tiene que ser el resultado de la acción de un Intelecto Supremo. Al menos así concluye el Midrash, reservorio de antiguas tradiciones hebreas, que supone que el patriarca Abraham dedujo la existencia de Dios al elevar su mirada hacia el espacio y observar la multitud de estrellas y astros que manchan el firmamento. Le era imposible creer que fuesen el producto del azar. Detrás del maravilloso espectáculo celestial debía estar la mano y la mente de un Creador Supremo.

En cambio, hay teologías o más bien filosofías, que sostienen que Dios no es un Ser, y así lo proponen algunas doctrinas o grupos provenientes del subcontinente asiático de la India. Para algunos, Dios es un proceso, el inexorable andar del universo hacia el bien, no obstante los altibajos frecuentes que se observan. También están aquellos que consideran que Dios está en el corazón, en el sentimiento y por ello estaríamos frente a un ideal o concepto muy individual y personal. O tal vez, Dios es sinónimo de amor y todo lo bueno que existe en el mundo. Sin embargo, la mayoría de los religiosos consideran que Dios es un Ser, aunque difícil o tal vez imposible de definir. Más aún, Dios es vida, porque fuera de Él, o en su ausencia, no hay posibilidad de existencia alguna.

¿Cuáles son las características básicas que se pueden asignar a este Ser tan poderoso, capaz de crear el universo? El célebre filósofo y erudito talmúdico Maimónides aborda el tema en su obra “Guía de Perplejos”. Utilizando una especie de “teología negativa”, Maimónides afirma que no se puede decir nada positivo acerca de Dios, porque Él no es “conocible” por el ser humano. La esencia de Dios está más allá de las posibilidades del intelecto del hombre. Las diversas expresiones de la Biblia que hablan sobre el brazo extendido de Dios, la furia de Dios y así sucesivamente, son concesiones a las limitadas facultades intelectuales humanas que exigen un lenguaje entendible para describir a un Ser que no puede ser presentado de otra manera. Porque acerca de Dios solo se puede afirmar lo que no es. Dios no es sinónimo del universo, Él lo creó. Dios no es materia, no se parece a nada de lo que se puede percibir en el universo. Más aún, su unidad no es parecida a otras unidades. Al sostener que Dios es uno, estaríamos afirmando en realidad que “no es muchos”. La unicidad de Dios es totalmente diferente al concepto humano de uno. Si eso es así, ¿qué quiere decir creer en Dios? ¿En quién creemos? De acuerdo a Maimónides existe un segundo elemento: la acción de Dios, sus atributos de misericordia, justicia y la noción de una conducta correcta que conduce a compartir con el menos afortunado. Son estas manifestaciones divinas las que deben servir de guía para la conducta humana y que, a su vez, arrojan una centella de luz acerca de la naturaleza de Dios, o mejor dicho, son una referencia a Su comportamiento, que debe ser emulado por los seres humanos.

Para resumir lo antedicho, de acuerdo con Maimónides, solo podemos hacer afirmaciones negativas acerca de Dios, o sea, decir lo que no es, porque al decir algo positivo estaríamos limitándolo; al definirlo reduciríamos su carácter infinito. No obstante, al mismo tiempo, debemos imitar sus acciones o su manifiesta intervención en la historia de la humanidad.

Como es el destino de todo texto escrito, “Guía de Perplejos” se presta a diferentes interpretaciones debido a las ambigüedades de ciertos conceptos o tal vez a la aparente inconsistencia de algunos argumentos de Maimónides. En las últimas páginas de este texto, nuestro autor sugiere que el conocimiento de la esencia de Dios solo es posible para los eruditos y filósofos, para aquellos que se preparan durante toda una vida a través de la reflexión sobre el tema. Pasan los días pensando y analizando, y de esa manera pueden acercarse a Dios. O sea que el conocimiento de Dios que Maimónides plantea, solo es posible para el erudito y estudioso, para el filósofo y teólogo que reflexionan constantemente sobre este asunto.

Dejemos de lado el factor elitesco de esta proposición, ya que el conocimiento metafísico de Dios estaría limitado a las mentes muy privilegiadas. Surge, sin embargo, la noción de la posibilidad de que de alguna manera se puede “conocer” a Dios, algo que en otro momento Maimónides sostuvo como una imposibilidad para el ser humano. Tal vez, Maimónides esté respondiendo así a la encrucijada que la esencia de Dios plantea: si es imposible conocerlo, ¿cómo podemos adorarlo, cómo podemos dirigirle un rezo? Por ello, tal vez se asoma otra alternativa, la reflexión metafísica sobre Su Esencia.

El pensamiento judío que probablemente tiene mayor aceptación indica que a través del cumplimiento de la Mitsvá, el imperativo de conducta que plantea la Biblia, el ser humano puede elevarse espiritualmente y acercarse a Dios. Porque por un lado está el conocimiento de Dios, y para que ello se pueda realizar se requiere un entorno de paz social y entendimiento, de salud física y moral que permita que el ser humano se dedique al conocimiento de Dios. O sea que simultáneamente al propósito del conocimiento de Dios, debe existir un conjunto de normas que aseguren el funcionamiento de la sociedad y que por ende permitirá que el hombre consagre su esfuerzo a la tarea superior: el acercamiento a Dios. No obstante el postulado de una teología negativa con referencia a la esencia de Dios, Maimónides valora la racionalidad de la Mitsvá, el imperativo bíblico que puede facilitar una aproximación a Dios.

Parecería que la idea de un Dios indefinible e infinito prevalece en el monoteísmo, hecho que a su vez presenta el interrogante: ¿cómo se comunica un Dios Infinito con un ser humano finito? ¿Cómo crea un Ser Infinito un universo que aunque ilimitado, sigue siendo finito? ¿Cómo crea un Ser enteramente espiritual, un universo que mayoritariamente parece ser material? Sin tener suficientes conocimientos, menos aún autoridad para ello, y sin intención de cuestionar la fe de otros, se podría interpretar que la figura de Jesús en el cristianismo es un intento de crear un puente entre un Dios que está más allá de la comprensión del hombre y el universo que conocemos. Incluso las representaciones de los santos, que intuyo no deben ser adoradas por sí mismas, constituyen una tentativa de crear un vínculo entre lo que es totalmente abstracto para la mente humana y la realidad terrenal que exige respuestas y explicaciones en el mundo cotidiano.

¿Es acaso el Dios del monoteísmo accesible para el ser humano? ¿Tienen sentido el rezo, la alabanza o la petición a un Ser que es totalmente incomprensible? Una respuesta tentativa, para algunos, sería que allí reside el “gran misterio” de la fe. Mientras que algunos encuentran refugio en esta respuesta, otros la consideran una mera evasión a un dilema insoluble. Viene a la mente la observación de uno de mis maestros, que sostenía que las preguntas profundas no tienen respuesta, mientras que una contestación acertada solo demuestra la ignorancia de quien hace la pregunta. Acostumbrados a exigir respuestas, en el campo de la fe tal vez las preguntas son más importantes y profundas que las respuestas. No todas las inquietudes tienen solución.

No obstante lo antedicho, es oportuno mencionar la teoría que el misticismo judío, la Kabalá, ofrece para solventar la “distancia” entre un Dios que es Perfecto y un universo imperfecto, entre un Dios que está más allá del universo y que en la tradición judía es referido también como Makom, que quiere decir espacio, al afirmar: “Dios es el espacio del universo y el universo no es el espacio de Dios”.

Pregunta: ¿Si Dios es espacio, y por lo tanto ocupa todo lugar, ¿dónde se produjo la creación del universo, en qué espacio? Respuesta: Después de un cataclismo emblemático, envuelto en características místicas, denominado en hebreo Shevirat Hakelim, Dios se encogió en Sí Mismo, se produjo el Tsimtsum que quiere decir que, figurativamente, Dios se contrajo y estableció el “lugar” necesario para la creación del universo. O sea que Dios no está en nuestro universo, condición que también sirve para explicar la presencia del mal. Porque, cómo es posible que un Dios que es todo bondad, permita la existencia del mal. Por otro lado, una ausencia total de Dios del universo eliminaría el sostén básico para el mismo, ya que nada puede existir sin Dios. Por ello, la Kabalá propone la existencia de una especie de irradiación de energía que parte desde la Divinidad hacia el universo que permite que éste exista. De esta manera, se solventa, también, el tema de cómo un Ser Infinito creó un universo finito.

Las cosas no son simples, menos aún el discurso teológico y filosófico que pisa terrenos desconocidos. Digámoslo pues, ¿Si la existencia y la esencia de Dios fuesen totalmente entendibles y comprobables, existiría acaso algún ateo o agnóstico? Mientras que para algunos es necesario dar un salto cuántico para arribar a la fe, para otros una negativa acerca de la existencia de Dios presenta simultáneamente muchas interrogantes difíciles de conciliar con la experiencia humana. O sea que las dificultades que presenta la creencia en un Ser Supremo, no son enteramente resueltas cuando se niega esta posibilidad. Parecería que el ser humano está destinado a oscilar entre la fe y su negación, ya que algunos sucesos o eventos trascendentales pueden causar un cambio de apreciación.

Mucha tinta ha sido derramada para demostrar que no existe una contradicción fundamental entre la fe y la ciencia, la religión y la tecnología. Abundan las disertaciones de los religiosos en este campo, ya que la ciencia responde a muchas inquietudes y necesidades que en siglos pasados eran de preocupación exclusiva para la religión. Sin embargo, en un penetrante ensayo publicado un par de décadas atrás, Hayim Soloveitchik, hijo de mi insigne maestro Joseph B. Soloveitchik, argumentó que el renacimiento actual de las religiones tiene un contenido mayor en el aspecto ritual que en la fe, no solo porque la ciencia exige la precisión, hecho que influye también en otras áreas de interés humano. Se puede observar, por ejemplo, la puntualidad con la que muchos repiten oraciones prescritas para las diferentes horas del día. Las peregrinaciones y ayunos que reúnen a millones de fieles. De acuerdo a Soloveitchik el acento en el factor ritual se debe también a la simultánea merma en la fe. En el caso de la enfermedad de un deudo cercano, muchas personas acuden al líder religioso, a la sinagoga o iglesia para hacer una petición directa al Creador. Pero por otro lado, está claro que la respuesta práctica y concreta para el alivio de una dolencia está radicada en la excelencia de la asistencia médica. Para qué vamos a pedir por lluvia cuando la tecnología moderna permite una abundante producción agrícola, incluso en regiones donde escasea el agua.

Probablemente sea necesaria la maduración en la concepción de un Ser Supremo cuya tarea básica actual, aparentemente ya no reside en proveer bienes y sustento, techo y alimento. La tecnología enseña cuál es el camino para su consecución. El Dios contemporáneo es aquel que debe indicar dónde reside el sentido de la vida humana. Porque la fe debe permitir precisar cuál es la razón o el motivo para despertar en la mañana, tener una agenda que colme el espíritu y eleve el alma. Cuando le preguntaron a Rabí Akivá, célebre maestro y expositor de la tradición judía, cuál es la enseñanza básica de la Biblia de acuerdo al judaísmo, éste respondió: “el gran principio es ‘y amarás a tu prójimo como a ti mismo’”. Cabe destacar que este principio no se refiere a la persona. No pregona la importancia del estudio o del comportamiento del individuo de acuerdo con ciertas normas morales o éticas. Para Akivá, el gran principio es lo que se puede hacer por otros y no por uno mismo. Nos equivocamos tal vez cuando buscamos la felicidad y la dicha personal, cuando la tarea cardinal es traer felicidad y dicha al prójimo.

Más aún, es posible que estemos totalmente equivocados al aplicar las reglas y las normas de la lógica y la ciencia a los asuntos de carácter espiritual. ¿Acaso el universo se rige exclusivamente por las leyes de Copérnico y Kepler, de Newton y Einstein, que no permiten contradicciones y exigen conformismo? ¿Se puede acaso sumar sentimientos y pensamientos? ¿Se los puede cuantificar? ¿Cómo se mide o aprecia el valor de una obra de arte? Es posible que en el mundo de la fe las contradicciones y las encrucijadas sean la norma. Porque el ser humano tal vez esté destinado a convivir con la duda, que a su vez, puede ser la fuente de un desarrollo y crecimiento espiritual.

Nuestra discusión de hoy es un pequeño esfuerzo por invitar a la reflexión, a una búsqueda interior de la espiritualidad personal. Porque ni siquiera la certeza está presente en las ciencias exactas, incluso las matemáticas cambian de teorías y periódicamente proponen otros conjuntos de axiomas para crear modelos que puedan interpretar la realidad que quizás no es más que una ilusión. Es posible que acertara el astrofísico inglés Sir Arthur Stanley Eddington cuando dijo: “Tal vez nuestra conciencia de la vida en este universo no es más que un ‘sueño’ en el Intelecto Infinito de Dios”. Solo Él es realidad y a lo mejor Pedro Calderón de la Barca tenía razón al sugerir que: “la vida es un sueño y los sueños, sueños son”.

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