Opinión Nacional

Quien quiere, puede

Un pasaje histórico sucedido en la antigua Moscovia, nos revela de manera magistral, como veremos, que cuando se quiere, se puede. Nos remontamos al año 1682 cuando expiraba el joven zar FEDOR, hecho repentino que provocó una verdadera carnicería humana en la tierra de los zares y a consecuencia de ello su hermana Sofía se convertiría en la primera zarina y por ende en la primera mujer en gobernar con mano de hierro a una tierra de hombres rudos y cosacos como lo fue Rusia, en donde las féminas como en toda Europa, estaban condenadas al convento o a la cocina; y Sofía que contaba con una inteligencia y carácter sobresalientes, no estaba dispuesta a pasar el resto de sus días recluida en un recinto religioso como pretendía la parentela de su hermanastro, el ungido zar Pedro I, a la postre “Pedro el Grande”, con tan solo 10 años de edad. Esta hábil mujer le dio aliento propio a una revuelta dentro de las murallas del Kremlin que contó con el decidido apoyo de los primeros soldados profesionales rusos llamados streltzy contra la familia del pequeño Pedro, originándose un baño de sangre en donde tan solo el joven zar y su madre conservaron la vida. Dotada por Dios de una voluntad y talento poco usual, Sofía amaba el poder sobre todas las cosas y quería gobernar; logró gracias a su extraordinaria habilidad maniobrar obteniendo para si la regencia del trono ruso. En perfecto conocimiento de que un cargo es solo eso, es decir, un cargo. Y Sofía, que jamás pensó ser títere de los militares levantiscos que la habían encumbrado, tenia que encontrar algún medio para demostrarle al pueblo quien estaba realmente al mando. Pronto se presentó la oportunidad cuando el poderoso grupo de la élite “creyente”, un sector religioso radical de la ortodoxia que se oponía a la primacía del Estado y aupaba el retorno de las antiguas costumbres pidió audiencia para obligar a Sofía, presionarla y someterla a su poder. La historia recuerda un encuentro feroz entre la soberana y los santurrones, quienes comenzaron a subir el tono de voz y a mofarse de su femineidad, procediendo ésta a callarlos a gritos y a bastonazo limpio, con sus propias manos, sacándolos del salón de los banquetes. La comunión fue prácticamente mágica porque logró demostrar quien mandaba verdaderamente en Rusia. El líder de los cucufatos fue decapitado, el comandante de los streltzy, su otrora aliado fue destituido y todos los creyentes deportados a Siberia. Sofía entonces había triunfado gracias a su temeridad, valentía y sentido de oportunidad. Tres siglos después, al igual que Sofía, quienes aspiran llegar algún día al poder en Venezuela tienen que tener una cosa bien clara: poder es querer, esa es la clave de cualquier victoria. En nuestro caso particular, donde somos victimas de un autoritarismo creciente, en medio de una súper abundancia que siembra odio, hambre y muerte, en donde se premia la maldad y el ocio de los partidarios, no podemos entonces poner la otra mejilla, pues ese poder es querer, significa doblegar a bastonazos a todo aquel déspota poderoso que pretenda cuestionar nuestros nobles propósitos. Querer significa darle al pueblo el mensaje inequívoco en cada saludo, en cada palabra, en cada mirada, de que uno esta al frente por las ideas y al mando por las acciones decididas y valientes, aunque no haya llegado a ponerse ninguna banda. Los calculadores, los buenitos, bien educados modosos, suaves, los mudos, los fabricantes de esperanzas, los comeflores que responden las balas con rosas, es decir, en dos palabras: los pendejos, esos no llegan jamás, se los traga la vorágine. El poder ama a los poderosos, el pueblo también; solo que no basta tener el poder de la idea, sino más bien una idea del poder. El que no de cuartel a sus enemigos, el que sepa que la mejor defensa es un buen ataque, aquel que no se le mojen los pantalones y devuelva bomba por bomba, de ese será el poder, ese será la bujía, ese será definitivamente el guía. Porque el que demuestra en los hechos que quiere, demuestra en los hechos que puede. ¡Ni más ni menos!

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