Opinión Nacional

¿Quién votó por Maduro?

Uno de los problemas más difíciles a los que se enfrenta la Filosofía Política es el de la legitimidad. Se puede analizar desde muchos puntos de vista y hay decenas de teorías al respecto. Y, como todo problema filosófico, tiene implicaciones de todo tipo, comenzando por las éticas y culminando por las estéticas.

El actual gobierno de Venezuela no tiene legitimidad alguna. Aunque amenacen con meternos presos a todos los que opinamos que Nicolás Maduro no puede, en este momento,  ejercer la Presidencia de la República, el hecho cierto es que de su ilegitimidad es palpable e insoslayable. Maduro no tiene la capacidad legal para ejercer la responsabilidad que Chávez, cuando todavía estaba en uso de sus facultades, delegara en su persona, de forma ilegal e ilegítima, como su sucesor.

En la Constitución venezolana vigente no está previsto que un Presidente nombre a quien lo sustituya en caso de enfermedad grave o muerte. El texto constitucional no dice que el Vicepresidente del anterior período continúe en el cargo mientras que el anterior se recupera de un percance, aunque tales Presidentes (anterior y actual) sean la misma persona. Nadie sabe dónde está fundamentada legalmente esa sustitución. Al no juramentarse Chávez el 10 de enero de 2013, su falta es absoluta y debió haberse procedido según lo dispone le Carta Magna vigente.

Es cierto que esa deficiente Constitución de 1999 (definitivamente muy inferior a la de 1961, aunque presente una inflación farragosa y demagógica, por incumplible, de los derechos humanos, políticos y sociales de los venezolanos) no dispone claramente qué se debe hacer en caso de falta temporal (así  la ha calificado el Tribunal Supremo de Justicia, TSJ) del Presidente electo, pero exige en todo momento que este sea juramentado en el cargo. ribunal Supremo de Justicia.

Es decir, si el Presidente electo tiene un accidente que no le permite juramentarse en la fecha fijada, no está previsto qué se hace. Lo único claro que la Constitución dispone es que el presidente de la Asamblea Nacional se encargue de la Presidencia de la República y en apenas 30 días se elija, proclame y tome posesión el nuevo Presidente.

La solución que ha pretendido establecer el TSJ carece de legalidad y lógica. No se puede alargar el período presidencial alegandoque “es diferente una re-elección a una elección”, como lo ha dicho  una ex-magistrada de la fenecida Corte Suprema de Justicia, quien votó por el antejuicio de mérito –que terminó por sacarlo del Palacio de Miraflores- de Carlos Andrés Pérez, para después ir arrepentida a presentar excusas al Presidente destituido.

Como ejemplo de la importancia fundamental del a formalidad de la toma de posesión presidencial, se puede tomar el caso de la jura del cargo del Presidente de los Estados Unidos. Esto lo hacemos tomando en cuenta que fue el sistema presidencial gringo el que sirvió (entre otras influencias) para implementar el presidencialismo latinoamericano. Esto, que es un hecho histórico evidente, es soslayado por los “tiranuelos de todos los colores” (expresión profética y feliz de El libertador). Tanto es así, que la juramentación reciente de Barack Obama se hizo de forma privada el pasado 20 de enero por razones logísticas y publicitarias para  luego, cuando las condiciones fueron propicias, poder hacer un acto multitudinario.

El caso de Maduro y su ilegitimidad para gobernar se complica aún más al notar que no es líder dentro del chavismo. Nunca lo fue. Ni siquiera cuando fungía de dirigente sindical en el metro de Caracas y su cargo era de conductor de autobús (Metro Bus). Entonces, a su condición de usurpador del cargo se suma la de su escaso carisma y nula ascendencia sobre sus compañeros del PSUV.

Maduro ni siquiera cuenta con una representación parlamentaria reciente pues no fue electo diputado en las pasadas elecciones de la Asamblea Nacional realizadas en 2010. Es un personaje gris y secundario  que tuvo oportunidad para prepararse pero se conformó con su oficio de chofer. Prefirió la vía de adulancia antes que la de la formación intelectual para llegar a un alto cargo. Claro, Hugo Chávez siempre prefirió gente incapaz y sin brillo propio como sus colaboradores más cercanos.

Es una vergüenza que en pleno siglo XXI quien haga las veces de Primer Magistrado, en un sistema presidencialista, sea un funcionario sin legitimidad electoral y nombrado como procónsul de la dictadura castrista. Un hombre del aparato seudo familiar de Fidel, Raúl y lo que queda de Chávez que gobernará muy poco la Venezuela que despierta de la noche chavista.

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