Opinión Nacional

¿Quiénes somos los venezolanos?

Como decía Bolívar «constituimos una especie de pequeño género humano». No somos europeos ni tampoco amerindios o africanos. Somos una combinación de esas razas y de sus respectivas claves culturales. En nosotros convive de manera evidente o subyacente la herencia hispana, la cosmogonía indígena y la magia africana. Sin ser conscientes de ello tendemos a ver la vida bajo un prisma particular. El mismo es producto de la amalgama de nuestra carga cultural originaria y del impacto agregativo de sucesivas inmigraciones.

A lo largo de la mayor parte de nuestra historia la raíz rectora, aquella sustentada en los valores predominantes, fue la hispana. Ello resultaba cónsono, como en la mayor parte de América Latina, con una sociedad regida por sus elites. El resultado fue la subvaloración de elementos culturales de inmensa riqueza que nunca pudieron ser desplazados y que se proyectaban con fuerza desde los sectores populares hacia arriba. Hoy, desde las esferas del poder político, se hace énfasis en esa matriz popular con lo cual no sólo se paga una vieja deuda cultural sino que se reequilibra nuestra identidad.

El intento de nuestras elites, y de las latinoamericanas en general, de afianzar el carácter occidental de nuestra identidad apelando a las raíces hispánicas, encontró sin embargo importantes vacíos. Como bien señalaba Octavio Paz el mundo hispano constituye una peculiaridad dentro de la civilización occidental y, al igual que el mundo eslavo, conforma un modelo «excéntrico» (fuera del centro) en relación a los patrones «centrales» de esa civilización, representados por países como Francia, Inglaterra o Italia. La convivencia de moros, judíos y cristianos a lo largo de ochocientos años, y su propia localización periférica, hicieron de España algo particular. No en balde al acuñar el concepto de América Latina en la segunda parte del siglo XIX, las elites de la región buscaron trascender las limitaciones de su identidad hispana para afianzar por vía indirecta su carácter occidental. Desde entonces el deseo de identificarse e imitar a franceses, ingleses o norteamericanos resultaba evidente. Recordemos a Guzmán Blanco.

La naturaleza multicultural de la identidad venezolana originaria fue enriquecida, como señalábamos, por inmigraciones posteriores. En ella destaca la árabe que añadió en forma directa trazos que por vía indirecta nos venían de España. Todo ello nos coloca dentro de un espacio de identidad particular: en los límites del mundo occidental. Ello nos brinda una estructura mental ecléctica capaz de moverse con igual facilidad al interior o al exterior de los parámetros occidentales. De manera innata podemos comprender las claves culturales occidentales o situarnos al exterior de sus muros y mirar a aquella civilización con la curiosidad de un extraño. Ello potencia un pensamiento lateral de inmensa fuerza. Un sistema como el de las Orquestas Infantiles y Juveniles que deconstruye la educación musical europea y la reconstruye bajo parámetros propios es clara expresión de esa lateralidad. He allí nuestro mayor valor agregado. Renunciar a él en función de paradigmas occidentales de moda sería la mayor de las tonterías.

 

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