Opinión Nacional

Quimioterapia nacional

El chavismo es la última (o la más reciente) intoxicación de origen político que hemos sufrido los venezolanos. Al igual que las pestes medievales que terminaban regándose por todas las capas de la población matando a miles, y hasta a millones, el chavismo se fue gestando en los rincones olvidados y abandonados de nuestra nación en su devenir diario (histórico, político, económico, social, religioso), abonado por los continuos fracasos de los gobiernos democráticos en generar procesos de cambio que beneficiaran a porciones cada vez mayores de la población venezolana, para explotar cuando llegó el momento “justo”: la aparición de Hugo Chávez en el escenario político nacional.

Creo que es importante, en efecto, distinguir entre Hugo Chávez (la circunstancia, la coyuntura) y el chavismo (el fundamento, la estructura). El chavismo, el mal, no desaparecerá con la salida de Hugo Chávez (el estado terminal de la enfermedad), aunque el camino de curación o terapia pasa por allí. Será necesario acometer, luego de que el presidente Chávez deje de ejercer su cargo, un proceso de RECONSTRUCCIÓN NACIONAL, uno de cuyos aspectos, propongo, debe ser una terapia de limpieza (¿descontaminación?) por parte del próximo gobernante, de todo aquello que Hugo Chávez y el chavismo han invadido.

Esto no es un simple y efectista juego de palabras. El chavismo ha literalmente CONTAMINADO los vericuetos más recónditos de la identidad nacional y se ha apoderado, no sólo de los símbolos de ésta, sino que en su trayectoria hacia el cambio revolucionario, ha secuestrado desde las palabras hasta las instituciones reales. El chavismo ha venido a ser una especie de ácido sulfúrico que corroe y destruye lo que toca. Aquello que Hugo Chávez invoca, gracias a ese fetichismo por las palabras que parece padecer, queda, de inmediato, degradado y venido a menos. La banalización de conceptos e ideas es, quizás, lo más irritante de la contienda política en los tiempos que vivimos.

Bolívar

El chavismo, en primer lugar, se ha apoderado de Bolívar y de todas las derivaciones de este nombre. “Bolivariano” se ha convertido en un adjetivo despreciable, y que cualquier persona sensata evita utilizar. Etiquetar a alguien o a algo como “bolivariano” puede ser visto ahora de manera sospechosa, por decir lo menos.

Es significativo que una de las primeras medidas anunciadas por el efímero gobierno de Pedro Carmona haya sido decretar el regreso a la antigua denominación “República de Venezuela”, eliminando la palabra “bolivariana”. Mucho tiempo antes, durante los primerísimos días de la flamante Constitución de 1999, el constitucionalista Hermann Escarrá, uno de los baluartes del chavismo en sus inicios, comenzó una cruzada infructuosa por enmendar el librito azul y eliminar el epíteto en cuestión. No es necesario esforzarse mucho para recordar que los miembros de la Asamblea Nacional Constituyente, de mayoría chavista, durante las discusiones de meses antes, votaron en contra de que apareciera la denominación «bolivariana» como parte del nombre de la nación (el hermano del presidente formó parte de los que se opusieron). Una llamada furibunda de Hugo Chávez cambió el curso de los acontecimientos.

Es necesario devolverle a Bolívar, y a todo lo asociado a él, la majestad y el respeto perdidos. Probablemente esto que voy a decir causará malestares a más de uno, pero yo no soy de aquellos que piensan que podremos encontrar en el pensamiento decimonónico del Libertador la inspiración necesaria para entender y reaccionar frente a los retos del siglo XXI en un mundo globalizado, altamente tecnificado, complejamente inter-conexo e interdependiente. Bolívar fue un hombre de su tiempo, y respondió a los problemas de su tiempo, a través de la lectura inteligente y aguda de los signos del mismo.

Creo, sin embargo, que Bolívar forma parte de los valores fundamentales de la identidad histórica y cultural de los venezolanos y, como tal, no puede ser “secuestrado” por ninguna corriente política en particular. Debemos devolver a Bolívar al pedestal que la Historia le asignó y que constituye uno de los pilares más sólidos de nuestra autoestima como nación y como pueblo.

Instituciones

No es necesario argumentar demasiado para entender el gravísimo nivel de degradación que han sufrido las instituciones del poder público nacional en estos tres años. Organismos corrompidos fueron reemplazados por otros peores. Los nuevos funcionarios hacen desaparecer el dinero público en mayores cantidades y a mayor velocidad. Todo ello, sin ningún pudor frente a lo ostensible de sus acciones. La fidelidad de las instituciones a los partidos y la invasión de aquéllas por éstos, ha sido sustituida por el servilismo a un individuo y su delirio mesiánico.

Quizás las que sufran de esta degradación con mayor vergüenza (y con peores consecuencias para la República) sean las Fuerza Armada. La deliberación política que se plasmó en la Constitución del 99 es una auténtica aberración que debe ser corregida, y que se volvió, como Frankestein, contra su creador. Los espectáculos presentados por los diversos estamentos de las F.A.N. hablan de una grave enfermedad en el seno de la institución armada: demandas de renuncia al presidente, denuncias de corrupción de altos funcionarios, malestar confesado a voz en cuello por la injerencia cubana en nuestro territorio y por el apoyo descarado a la guerrilla colombiana, la falta total de seriedad y de coherencia interna que se demostró durante el 11 de Abril y los días siguientes, cuando Chávez fue depuesto y repuesto por las mismas personas, son muestras más que suficientes del estado de descomposición y fractura dentro de las F.A.N.

La más reciente afrenta la constituye, indudablemente, la conformación y consolidación de los “círculos bolivarianos”. El ex vicepresidente Cabello, con su verbo pobre y carente de las más elementales reglas de sintaxis, no ha negado el proceso de armar a dichos grupos, un verdadero ejército paralelo, con un equipamiento de mayor calidad que el de las fuerzas armadas regulares. Me pregunto si Chávez puede haber encontrado así la forma de compaginar su revolución “pacífica”, con el uso sistemático de la violencia organizada por el Estado para intimidar a la población, en la mejor tradición totalitaria fascista.

Max Weber afirmaba que en las sociedades modernas la violencia era una prerrogativa del Estado. Ella se ejerce de dos maneras que podríamos llamar “civilizadas” y aceptadas por la legislación internacional. La primera se ejerce “hacia fuera” por parte de las Fuerza Armada, en la defensa de la nación contra sus enemigos externos. En algunos casos, como los golpes de Estado, las F.A.N. deberían garantizar la permanencia de las instituciones. La segunda forma de violencia por parte del Estado se ejerce “hacia adentro”, por parte de las diversas policías, en resguardo de la seguridad de los ciudadanos, el orden público, etc.

Con la creación de los círculos bolivarianos, inconstitucionales por lo demás, el presidente Chávez ha encontrado una manera cínica de ejercer la violencia como medio de imposición por el terror (se demostró el 11 de Abril), sin violar su promesa de no utilizar las “armas de la República contra el pueblo”. El gobierno no sólo está cometiendo un acto ilícito (financiar grupos políticos con dinero del Estado) sino que está generando una espiral de violencia que amenaza con llevarnos a una auténtica guerra civil.

La rectificación anunciada por el gobierno debe pasar por el desmantelamiento de esta barbarie.

Izquierda

Alguien me comentaba hace semanas su extrañeza sobre la no-existencia en nuestro país de medios de comunicación de «izquierda», al estilo de los años 60 y 70 en toda América Latina, o como puede verse actualmente en países de Europa (como «Libération» o «Résistance», en Francia). Debo reconocer que no me fue sencillo formular una respuesta adecuada.

Con la caída del Muro de Berlín, la «izquierda», entendida como el conjunto de corrientes de pensamiento, inspiradas mayormente en el marxismo militante y en algunas derivaciones históricas de éste como la social democracia, que apoyan la reivindicación de los sectores más desposeídos de la sociedad, notablemente los trabajadores, ha entrado en un proceso doble de recule y caída. La «derechización» que ocurre en Europa Occidental, incluyendo a la siempre joven, socialista, contestataria y revolucionaria Francia, no es casualidad.

En nuestra sociedad venezolana, el proceso no podía ser muy distinto, pero ¡ay!, ¿son acaso los partidos de izquierda quienes marchan hoy a favor de Chávez y su gestión de gobierno, aun cuando el discurso de Chávez es, obviamente, uno de izquierda? ¿No encontramos, por el contrario, a la mismísima Bandera Roja, símbolo de la extrema izquierda armada venezolana de los años 60, de la mano de la adeca CTV y de la « oligarca » Fedecámaras, durante la marcha del 11 de Abril?

Al asumir la «izquierda» como componente fundamental, Hugo Chávez ha centrifugado todos aquellos valores primordiales que se pueden encontrar en un auténtico pensamiento de izquierda. La «izquierda», ese cuestionamiento permanente e inteligente de un sistema establecido, se dio a la fuga con la asunción del chavismo al poder. Ya desde los inicios del gobierno en 1999, las cabezas mejor dotadas que habían dado su apoyo al movimiento anti-sistema en el año 98 (tanto de izquierda como de derecha) comenzaron a deslindarse y a marcar distancia de una gestión gubernamental que no ha sabido salir del discurso intolerante, y de una acción de gobierno torpe, ineficaz, sectaria, excluyente y cuyo componente básico es la violencia y el resentimiento. Más aun, si ser de izquierda, en una forma amplia, significa estar contra el orden establecido, la clase alta, la escuálida clase media y hasta vastos sectores populares, podrían, con toda propiedad, llamarse de «izquierda» en la actual realidad que vive el país.

El panorama ideológico nacional se encuentra yermo y vacío. Chávez y el chavismo se han apoderado de algunos términos y los ha vaciado de contenido. Hoy, «izquierda» y otros términos (podríamos mencionar «revolución» y «cambio» en la misma lista) no son más que un cascarón vacío, sin sustancia y sin alma.

Pueblo

La más triste e ignominiosa de las degradaciones que ha hecho el chavismo es, indudablemente, la del uso y acaparamiento de la palabra “pueblo” y todos sus derivados. Es indignante cómo, con su verbo resentido, y con sus acciones, el chavismo ha llevado a convertir “popular” en sinónimo de “deleznable”, “bajo”, “vengativo”, “balurdo”, “chimbo”, y “pueblo” en equivalente a “chusma” y “horda”.

Los primeros afectados por este nuevo Robin Hood tropical son, precisamente, quienes son objeto de su epopeya redentora. No sólo ha carecido el gobierno de políticas modernas destinadas a hacer recular los niveles de pobreza de manera efectiva, sino que ha hecho al pueblo rehén de un discurso grosero, violento y salvaje, sustrayéndoles las auténticas posibilidades de redención social. Al relegarlo a la condición de paria a los ojos del resto de los actores sociales de la Nación, el chavismo ha creado nuevas formas de exclusión para los necesitados. Al identificar “popular” con un discurso lleno de ideas huecas (valga la paradoja), inconexas, aderezado con constantes llamados al odio, el chavismo ha hundido los valores inmensos del pueblo que pueden convertirlo en sujeto de su propia historia. No en vano se quejaban los religiosos venezolanos sobre cómo el chavismo había destruido muchísimos años de trabajo lento, sostenido y sistemático de reivindicación auténtica en las zonas populares.

Para terminar

El lema «Ni un paso atrás» debe continuar siendo el grito de batalla de los que queremos enrumbar el país por un camino distinto al del caudillismo autoritario, rociado de socialismo y mesianismo, encarnado por Hugo Chávez. Queremos una salida pacífica y democrática, pero PRONTA a la crisis venezolana. Los recientes cambios en el Gabinete pueden ser cosméticos más que de fondo. Si no, ¿por qué Cabello pasó a un Ministerio represivo como el de Interior, y se deja a Adina Bastidas en el Ministerio encargado de dialogar con los empresarios?

La terapia de desintoxicación que será necesaria para limpiar el país puede llegar a ser tan grave, costosa e intensa como una quimioterapia, si este cáncer del chavismo continúa extendiéndose y no hacemos algo para detenerlo antes de que sea tarde.

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