Opinión Nacional

Rafael Caldera

La muerte de Rafaél Caldera y la fragilidad física de Carlos Andrés Pérez anuncian el cierre inevitable de una era en la cuál la política venezolana exhibió algunas de sus más brillantes manifestaciones, aunque también mostró lo que Rómulo Betancourt llamó las verrugas de una joven democracia.
Betancourt, Leoni y Caldera (1) fueron presidentes de una Venezuela que parecía despegar hacia el primer mundo. Era una Venezuela democrática, sencilla, republicana. Aún no se veía llegar el deterioro que implantaron Carlos Andrés (en la segunda mitad de su primera presidencia), Herrera Campins y Jaime Lusinchi y mucho menos se preveía la llegada de unas tristes segundas partes con Carlos Andrés (2) y Caldera (2), las cuáles nos llevaron bozaleados a la victoria del gorila de Barinas.
En su primera presidencia Rafaél Caldera mantuvo una actitud similar a la que Betancourt y Leoni habían implantado. Sus viajes al exterior eran motivo de orgullo para los venezolanos. Caldera nos representó dignamente en los escenarios internacionales. Era un estadista y poseía una vasta cultura. Durante su gobierno se rodeó de gente honorable.
Como gerente petrolero, sin embargo, nunca pude menos que sorprenderme de la actitud de Caldera con las empresas petroleras internacionales. Era una desconfianza y hostilidad manifiestas, producto de quien sabe que lecturas o asesorías. Mientras que Betancourt y Leoni y hasta CAP se rodearon de ministros de petróleo de visión universal como Pérez Guerrero, Mayobre y Valentín Hernández el presidente Caldera (1) prefirió un hombre que compartía su profunda desconfianza de la industria petrolera internacional como fue el caso del honesto pero muy parroquial Hugo Pérez La Salvia.
La segunda presidencia del Dr. Caldera estuvo signada por la declinación de Venezuela como sociedad progresista. Uno de los grandes errores que cometió en esta presidencia fue dejar libre al golpista y traidor Hugo Chávez. Más tarde, el día de su inauguración como presidente, Chávez le pagaría a Caldera humillándolo,jurando sobre una “moribunda constitución” frente a un presidente constitucional y destacado constitucionalista. En ese momento Caldera ha debido hacer un gran gesto de rechazo público ante la afrenta, un gesto que lo hubiese convertido en símbolo de la ciudadanía civilizada de nuestro país. Pero bajó la cabeza, avergonzado por el espectáculo que Chávez estaba dando. No aprobó lo hecho por Chávez pero se retiró en silencio del recinto.
Esta es la imagen triste que recuerdo de Rafaél Caldera (2), asi como recuerdo la alegre imagen de su primera presidencia, afablemente estrechando la mano de quienes estábamos esperándolo para la inauguración de una planta petrolera.

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