Opinión Nacional

Razón y delirio

Lula en Davos y Chávez en Porto Alegre. Pocas metáforas más elocuentes de la distancia insalvable que separa la razón del delirio. Sin siquiera haber sido invitado ni demostrando la más remota noción de la majestad de un cargo que a su pesar detenta, Chávez creyó necesario apelar al último recurso que le va quedando en materia de solidaridad internacional: el Foro de Sao Paulo. Hundido en sus contradicciones, como corresponde a un comandante golpista en el Poder, cogió sus avión de 85 millones de dólares para desplazarse hasta Brasil y refocilarse en los aplausos que podían dispensarle algunos cientos de manifestantes de la anti globalización. Condenados a la marginalidad política en sus respectivos países, jóvenes franceses, italianos, finlandeses y alemanes satisficieron su deseo de guevarismo trasnochado por el que habrán pagado un buen puñado de dólares. A cambio recibieron una buena diarrea de elocuencia revolucionaria de labios de un caudillo tercermundista y macondiano. Volverán a sus países para reengancharse en las grises oficinas de la administración pública en que laboran para ganarse el próximo pasaje a Porto Alegre, ahora fieles a los dictámenes de gobiernos monótonos y aburridos que ya les han asegurado una segura jubilación: Aznar, Chirac, Tony Blair y una docena de estadistas de bajo perfil.

Lula, entre tanto, y ya perfectamente enterado de los pasillos por los que transitan las grandes potencias del mundo, se apersonó en Davos. Allí definió de una manera contundente e inapelable dónde radican sus intereses de primer magistrado de la octava potencia del mundo: en un país llamado Venezuela, no en su afiebrado y ya agonizante presidente; en PDVSA, no en el pirata pepetista que allí y muy por ahora funge de presidente; en el Guri y la electricidad a bajo costo, no en un absurdo general analfabeta que sufre de aerofagia. Y allí, luego de aclarar que aspira a realizar una revolución auténtica – la de darle de comer a cincuenta millones de compatriotas famélicos que entraban con su miseria y su ignorancia el salto definitivo de su país hacia la comunidad de naciones del primer mundo ˆ habrá hecho el lobby necesario para fortalecer su base internacional de apoyo y convertirse en el estadista que espera por él. En esa tarea de auténtico gobierno lo habrá acompañado el canciller Celso Amorim. El canciller del pasado, pensado para tiempos de antiguas luchas, Marco Aurelio García, se habrá quedado en Brasil atendiendo al incordio: esa piedra en el zapato llamada Hugo Chávez. Lula en Davos, Chávez en Porto Alegre. La antípoda de lo que debe y no debe hacerse.

La moraleja no tiene que ver con opciones para futuras presidencias. Venezuela cuenta con un liderazgo suficientemente serio y preparado como para saber discernir la distancia geográfica, política y cultural que media entre Porto Alegre y Davos. Sino para nuestra Coordinadora Democrática, nuestra comisión de negociación y acuerdo y nuestros luchadores sociales: debemos estar a la altura de Davos, no del Foro de Sao Paulo. Debemos estar preparados para una lucha larga y prolongada, no para pujos cortoplacistas que nada aportan. Debemos acerar nuestra voluntad, coordinar nuestros esfuerzos, crecer en la adversidad y prepararnos con inteligencia y sabiduría para domeñar el futuro. Pero por sobre todo: unirnos, exigir una conducción centralizada, estudiar y calcular nuestros pasos con racionalidad, perseverancia y aplomo.

Un país de verdad, grande y próspero, espera por nosotros. No una montonera caudillista. Apostemos por Davos. Apostemos por el futuro.

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