Opinión Nacional

Recalentamiento global y cultura del deterioro

Usualmente, cuando los venezolanos observamos por televisión los embates de un huracán, de un tornado, de una fuerte tormenta, de un terremoto, de un tsunami o la erupción de un volcán, la ocurrencia de una fuerte helada, la hambruna en las sabanas africanas o la copiosa lluvia monzónica en el sureste asiático, nos percatamos de los cambios climáticos que están ocurriendo a lo largo y ancho del mundo. Sin embargo, en lo referente a los desastres naturales que observamos en las demás naciones, nos es fácil establecer una diferencia entre lo que pasa en Venezuela y el resto del mundo. Es lugar común entonces escuchar decir que somos un país privilegiado, que aquí no pasa nada, que somos un país bendito por Dios. En nuestra cultura no se interioriza aquello de ser “ Pueblo Elegido” por Dios, porque ninguno de los venezolanos de cualquier tiempo ha hablado con él. Pero si hemos hecho propia la creencia de que somos un País Bendecido por Dios, no solo por las riquezas naturales que posee en todas las acepciones que deseáramos adoptar para referirnos a ellas, sino muy particularmente porque el Creador nos evita tener que afrontar los desastres naturales que si afrontan los otros países del Globo. Y esto lo decimos apropiándonos de Dios, llevándolo como amuleto o “protección” con nosotros. Pensamos que en esa relación sobrenatural, providencial, radica el que no hayamos sufrido desastres naturales equivalentes a lo que vemos por televisión. Sólo en oportunidades esporádicas como lo fue el terremoto de Caracas de 1967, la tragedia de El Limón en 1987 o el deslave de Vargas en 1999, por mencionar solo los eventos naturales mas trágicos en el país en el siglo XX, salimos del trance de ser meros espectadores de la furia de la naturaleza para percatarnos que, al igual que ocurre con otras regiones del Planeta, también como los demás estamos inmersos en él. Y ello ocurre porque existe un factor que es común a todos los tripulantes de esta nave espacial: El Clima del Globo. Lo que ocurre en el Ártico, lo que ocurre en la Antártida, lo que pasa en Groenlandia, donde los hielos se derriten y “endulzan” las aguas de los océanos, afecta por igual a toda la Tierra, incluyendo a Venezuela. Ello nos obliga a tomar medidas para evitar el Recalentamiento del Globo. La Tierra tiene fiebre. El equivalente en el ser humano a una fiebre de 39,5º centígrados. Venezuela debe iniciar una estrategia para disminuir el consumo de combustibles fósiles. La campaña de sustitución de las bombillas convencionales por las ahorradoras de energía con fortuna se ha iniciado, pero debe convertirse en cultura y no solo en operativo. El país debe asumir un plan nacional de reciclaje. Es necesario que el Estado tome la iniciativa al respecto y comience a tomarse en serio el problema. La población debe iniciar una estrategia expandida para la clasificación y ordenamiento de los desechos sólidos. Los medios de comunicación deben ayudar creando verdaderas campañas institucionales para la siembra de árboles. Deben realizarse campañas que fomenten la adaptación y mitigación ambiental del parque automotor y de las industrias, fomentando con conocimiento y adiestramiento la adopción de tecnologías no contaminantes. De nuevo el Estado podría estimular positiva y económicamente ese esfuerzo ambiental de la población venezolana. Los medios de comunicación deben sensibilizar la conciencia colectiva de toda la población. Hay que reconocer amargamente que han dejado de formar los valores ambientales del venezolano y esa conducta de indiferencia se ha expandido a todos los estamentos del país. Tenemos una nación descuidada, llena de huecos en las calles, de agresión en el trato y en el lenguaje de sus habitantes, de alcabalas de mendicidad en sus semáforos, de basura en sus aceras. Gobiernos van y gobiernos vienen, y el descuido es el mismo, independientemente de las ideologías. El problema es cultural, el problema es que no sentimos que la naturaleza tiene una piel que debemos cuidar. El drama social venezolano no es otra cosa que el reflejo de nuestra precaria cultura ambiental. De nuestra indigencia ecológica. Porque el que no valora al ambiente, no se valora asimismo, ni a su familia, ni a la empresa donde trabaja, sea esta privada o pública, ni a la Sociedad donde vive. No quiere a nadie. Ni a su casa, ni la de sus vecinos ni la de su pueblo. Es un delincuente ambiental. El ambiente es su campo de entrenamiento donde se forma como antisocial. Su violencia física y verbal la ejercita en primer lugar depredando al ambiente. Esa delincuencia ambiental es la que ha generado el Recalentamiento Global del Planeta. Todos somos responsables y la Tierra nos exige que cuidemos el ambiente en donde vivimos y adoptemos una cultura que detenga su deterioro.

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