Opinión Nacional

Rectificar honra

Un acontecimiento del que guardo el más grato recuerdo ocurrió a menos de dos meses de la muerte del dictador Juan Vicente Gómez.

Tenía apenas diez y seis años y cursaba el cuarto año de bachillerato. Como militante de la Federación de Estudiantes de Venezuela, colaboraba en la redacción de su semanario Acción Estudiantil y en su revista FEV. Pensé, sin embargo, que faltaba un espacio donde pudiera expresarse libremente aquella parte de la juventud que no pertenecía a nuestra organización y que con el mismo fervor luchaba por la consolidación de las libertades recién conquistadas.

Con semejante propósito, fundé un semanario, con formato tabloide, que denominé El Centinela —porque debía estar alerta y vigilante en defensa de la democracia— y del cual fui director, redactor y hasta pregonero.

Vio la luz pública el 8 de febrero de 1936, en momentos en que la prensa estaba sometida a un régimen de censura con base en la suspensión de las garantías constitucionales decretada por el Presidente Eleazar López Contreras.

El 12 de febrero de 1936, el Gobernador del Distrito Federal, Félix Galavís, dirigió una circular a los directores de los diarios, semanarios y revistas capitalinas, pretendiendo hacerlos responsables de todas las publicaciones, inclusive de las colaboraciones firmadas y de los remitidos, aunque hubieran sido objeto de la censura previa vigente.

Al día siguiente se produjo una vigorosa respuesta de los destinatarios rechazando la pretensión gubernamental y anunciando la decisión tomada de suspender todas las publicaciones hasta tanto se restableciera un orden de cosas que permitiera a la prensa desenvolverse de acuerdo con los justos reclamos de la opinión pública.

El efecto inmediato fue la convocatoria que hizo el Presidente López Contreras a una reunión en el Palacio de Miraflores, en la tarde misma del 13 de febrero con todos los directores de los diarios, semanarios y revistas protestatarios.

Grande fue mi sorpresa cuando como director del modesto semanario que para entonces contaba sólo con su primera aparición (8 de febrero de 1936), recibí por vía telegráfica y telefónica el mensaje del Presidente solicitando mi presencia en la reunión convocada.

Escuchar directamente las exposiciones del Presidente y de su Secretario General, Dr. Diógenes Escalante, y las intervenciones de los directores de los principales diarios de Caracas y participar yo mismo en las discusiones —una vez para responder a algunos conceptos del Presidente— tenía que ser para un joven estudiante de apenas diez y seis años algo singularmente emocionante y que de por vida permanecería indeleblemente en mi memoria.

Pero lo más significativo y trascendente de aquel singular encuentro fue su conclusión en un Pacto de Caballeros que libró de toda censura a la prensa, a fin de que ésta siguiera cumpliendo su obligación de enjuiciar libremente los actos de los poderes públicos y la conducta de sus funcionarios.

Fue una extraordinaria lección de comprensión y de tolerancia la que dio el Presidente López Contreras al allanarse democráticamente a las razones que le fueron formuladas contra una errónea resolución de su gobierno.

Con su honrosa rectificación realzó su personalidad de magistrado probo, equilibrado, de sensibilidad cívica y social, tal como le ha sido reconocida por la historia.

¿Qué enseñanza podemos todos derivar de este hermoso hecho histórico? Que una rectificación oportuna siempre honra y enaltece a la persona de su autor.

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