Opinión Nacional

Reflexión de fin de año

El problema de ser parte de una sociedad víctima de un liderazgo atrasado es que tenemos que considerar y discutir, por el poder disociador que tiene, la actualidad artificial creada por ese liderazgo. Por eso me ocupo de ella hoy. Porque en este momento la cosa es extrema, como bien lo dijo hace un par de días el editor del diario Tal Cual, donde se publican semanalmente estas líneas. Ya es clara la intención de instaurar aquí y ahora, una dictadura totalitaria.

Sigue siendo para mí lo más duro ver a tantos de los que uno creyó sinceros demócratas, apoyar este asalto. Y en algunos casos hacerlo encumbrados en las alturas del Poder.

Uno de estos últimos fue mi amigo cercano durante casi veinte años. Y si bien a algunos de los que leen estas líneas les desagrada que lo haga, debo referirme a él, porque tal vez, como ha sido mi caso, el hacerlo hará reflexionar un poco sobre lo que estamos viviendo.

El actual ministro de la Cultura y Superministro para Caracas fue un hombre de ideas democráticas. Podría sacar muchos de sus escritos, en tiempos de la página que llevábamos juntos en el Diario de Caracas, donde eso consta. Éramos en eso y muchas otras cosas compañeros de ruta. Por veinte años. Nuestra oficina de arquitectura se centraba en la arquitectura institucional. Perseguíamos construir una arquitectura al servicio de lo colectivo. Y tuvimos contactos con el poder público sin que nadie desde allí objetara a mi colaborador, marxista convencido, pero democrático entonces.

En tiempos de CAP2, hice en esa página comparaciones con la Alemania nazi. No podía saber en ese momento que una década después haría la misma comparación con el régimen actual y la posición de mi ex-amigo, hablando de Albert Speer arquitecto de Hitler. Servir a un Dictador era su título (14 de Junio de 2007, ver oscartenreiro.com).

El Poder y la moral.

¿Qué pudo haberle ocurrido? Nuestro ministro ha tenido más poder que cualquier otro arquitecto en nuestra vida republicana. Y las críticas que hizo antes se revierten contra él y quienes lo acompañan.

Ante el poder que ha sumado sucumbieron unos cuantos de nuestros ex-estudiantes (fuimos también compañeros profesores en la UCV, hoy acosada por el régimen), ya arquitectos en ejercicio, porque muchos de ellos buscan privilegios y los han tenido. No merecen atención. Pero lo de nuestro personaje es diferente, es un convencido radical.

El Poder hace aflorar en el ser humano lo mejor o (¿y?) lo peor; especialmente si te lo crees, como admitía hace poco Moisés Naím en una entrevista. Hace olvidar por ejemplo que uno forma parte de una maquinaria que puede triturar las mejores intenciones. No creo que CAP2 y el status político de entonces estaban a la altura de Naim, tal como no creo que El Caudillo y su partido estén a la altura de mi ex-compañero de ruta antes de que abrevara en el Poder. Pero él decidió bajar, atendiendo a una parte de su conciencia, como un Orfeo al Averno, hacia el sistema político que sustenta al Jefe que le puso el Poder a la mano. Se apoderó de él su «persona» en el sentido de Jung.

Ser tentado con Poder nos afecta a todos en lo más hondo. Y si se piensa que ese Poder abre las puertas de una utopía material la tentación puede ser irresistible para quien no cree en la trascendencia. Para éste, la moral ideológica supera cualquier moral personal trascendente. Y el señor ministro es ateo, según propia confesión. Para él la moral ideológica debe ser la moral.

La memoria histórica.

Para un venezolano promedio la moral ideológica no existe: el único objeto de acercarse al Poder es lograr ventajas económicas. «Se estará llenando» se dice. Pero ocurre que el sostén más efectivo del régimen, el que prepara al asalto al Estado de Derecho, es el de los radicales ideológicos, convencidos, no el de los que se ‘llenan».

A Speer la moral ideológica lo llevó a un tribunal y a veinte años de cárcel. Eran palabras mayores, una guerra, veinte millones de muertos y Europa destruida. Nuestra guerra no es cruenta aunque el crimen y las cárceles maten tanta gente como en las guerras «locales». Y cuando recuperemos la democracia no habrá tribunales porque sus instituciones están exhaustas. Pero los encumbrados serán juzgados en la memoria histórica.

Por lo pronto cabe preguntarles si ha valido la pena haber abrazado a la moral ideológica por encima de la moral personal.

No lo creo. Nuestro encumbrado poco puede mostrar como justificación. Si acaso un par de ejemplos de arquitectura de calidad al servicio de lo colectivo. Nada en cuanto a una  comprensión del proceso urbano. Barrios marginales que lo siguen siendo. Viviendas de tan escasa calidad como las que él criticó. Tampoco, como lo ha dejado claro la reciente tragedia, albergues para damnificados como el que propusimos en el Tuy, como Anteproyecto que él mismo dibujó, en tiempos de Luis Herrera. Y para rematar, la calidad de vida de Caracas deteriorada hasta lo insoportable mientras lo designan para resolver a última hora tanto abandono. Todo el andamiaje al cual se adscribió es un inmenso fracaso.

Se repite en él una experiencia humana que se ha dado múltiples veces en la historia. Se sacrifica todo por perseguir un espejismo dominado, en el fondo, por una aspiración de Poder atenuada con múltiples justificaciones que se agregan desde lo personal a un tronco ideológico compartido con otros en situación análoga. Eso aplaca la mala conciencia. La bondad personal es enterrada por ellas, viejo tema humano.

Ya veremos si somos capaces de detener el actual asalto contra nuestra democracia. Y por lo pronto esperamos que en algún momento de sus vidas futuras tanto nuestro encumbrado como sus compañeros de complicidad entiendan que nada estable se construye desde la ilegitimidad. Que están enterrándose por su propia decisión ante la memoria histórica. Que pesa, aunque a pocos les importe.

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