Opinión Nacional

Reflexiones dominicales

Sin pretender desplazar a Aristóteles o a Mayz Vallenilla, cercano a los ochenta años y con una vida extremadamente feliz ya vivida me pregunto cual es el significado de nuestra vida, si es que ella tiene alguno más allá de un simple accidente cósmico. Cuando leo lo que se ha dicho sobre este asunto veo que hay miles de respuestas, lo cual equivale a ninguna respuesta.

Sin embargo, hay dos atisbos que parecen estar en mayoría: uno dice que esta vida es apenas el ‘ensayo” para nuestra vida eterna, la cual disfrutaremos solo si nos hemos portado bien en nuestro breve incursion terrenal. La otra nos dice que el sentido de esta vida es realizarnos como seres humanos, ser felices, aunque – cuidado – no a expensas de la desgracia ajena.

Quienes creen en lo primero tienen un don maravilloso llamado fé. Yo no lo tengo y, lamentablemente, no es algo que uno va a comprar en la bodega de la esquina. Admiro en quienes si lo tienen su firme preparación espiritual para la vida eterna. A través de esa creencia, logran la felicidad y encuentran un significado para su vidas.

Quienes piensan en lo segundo, grupo que me incluye a mí, tienen problemas en definir que es lo que los hace felices. Ese es un problema filosófico muy antiguo y ciertamente no pretendo tratar de esclarecerlo. Pero creo advertir dos grandes vertientes: una, cree que la felicidad se logra haciendo felices a otros. La otra, que la felicidad se obtiene cuando nos realizamos como seres humanos, en plena armonía con lo que nos rodea. Quizá en el fondo estén hablando de lo mismo.

Lo que si es cierto es que, cuando uno es feliz, tiende a hacer feliz a quienes lo rodean, porque la felicidad (así como la infelicidad) es contagiosa. Y el ser feliz le permite al individuo contribuír a la felicidad social.

Entre los dilemas que estos planteamientos teóricos ayudan a resolver se encuentra el de quien no sabe si quedarse en su país, porque piensa que es allí donde debe “luchar” o ausentarse de su país cuando ya no puede ser feliz viviendo en el. DIgo que lo ayuda a resolver porque, si el significado de la vida es prepararse para la vida eterna, que importa donde se prepare uno? Y, si es el logro de la felicidad, cual es el objeto de vivir en un sitio donde uno es infeliz?

A esto se argumentará: quedarse en el país hará feliz a quien encuentra la felicidad en anteponerla a la felicidad de otros.Esta es una posición admirable, que roza el heroismo.

Pero se contra- argumentará: Quien nos asegura que quedarse en el país hace más feliz a otros? Y, si uno es infeliz en el país, como puede ayudar a otros a ser feliz? Compartiendo el peso de la tristeza y de la angustia?

En mi caso personal el dilema de quedarse o irse ya no existe. Me ausenté de mi país hace algunos años y soy feliz viviendo en una sociedad regida por valores similares a los que cultivo , donde tengo la oportunidad de realizarme como ser humano, donde hacerlo depende de mí, no de otros. Ello no era posible en mi país. Pero, hay más, he encontrado que, al hacerlo, puedo ayudar con más efectividad a la sociedad de mi país a re-encontrar el camino de los valores que atesoro. Estoy convencido, a título personal, y sin que ello sea necesariamente applicable a otros, que la presencia física en una sociedad que viola nuestros valores puede ser inefectiva y hasta contraproducente, pués tiende a llevarnos a la frustración crónica o resignados a vivir rodeado de un ambiente de terror y resentimiento.

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