Opinión Nacional

Reformular totalmente la lucha

Analizando las últimas intervenciones que con distintos motivos han tenido tanto Chávez como Manuel Rosales, nuestra preocupación por el destino del país se agiganta hasta niveles impensados hasta ahora. Por una parte tenemos a un régimen totalitario, estatista, sectario, amoral, irrespetuoso, comunista a la cubana, con la diferencia de que la enorme mística de aquellos para construir su camino contrasta con la pestilente corrupción que en todos los planos reflejan los revolucionarios chavistas. Entender la verdadera naturaleza del régimen es fundamental para acertar en las políticas a seguir con el objeto de liquidarlo, de que dure lo menos posible.

Por la otra parte, tenemos a un Rosales rodeado de un accidentado equipo que aún debe muchas explicaciones indispensables para que la nación le otorgue un mínimo de credibilidad y ratifique el cheque que, casi en blanco, le dio el pasado 3D-06. Hablan y actúan como si estuviéramos en una democracia formal, representativa, alternativa y plural. La obsesión por la subsistencia los mantiene aferrados a la desviación electoralista que tanto daño ha causado. No entienden, o no quieren entender, que la democracia venezolana se acabó. Dos golpes de gracia así lo ratifican. Uno, la ley habilitante aprobada inconstitucionalmente por una Asamblea elegida con menos del diez por ciento de la población electoral y otro, la ratificación de la doctrina Chávez sobre el golpismo, las rebeliones y el derecho a insurgir en contra de la tiranía, con motivo de los 15 años de los golpes de estado del 4 de febrero y del 27 de noviembre de 1992. Allí está todo. Se trata del corolario de una gestión de ocho años para liquidar la democracia desde la democracia misma y construir un nuevo orden jurídico que acabe definitivamente con las bases del estado de derecho. La doctrina Chávez sobre el golpe a quien mejor se le aplicaría es a él mismo, al régimen que preside y serviría de justificación al replanteamiento integral del combate para ponerle punto final.

Pero aquí nos conocemos todos y no hay secretos eternos. Ya basta de tanta palabrería hueca en nombre de una democracia inexistente. No es legítimo mantener ilusiones electoralistas hacia el futuro cuando estamos perdiendo la patria en el presente. No se trata de sobrevivir flotando, de solo llegar “hasta cierto punto”, unos por oportunismo calculado, otros por miedo y no pocos por pereza ante las grandes tareas. Políticos y empresarios piratas, aunque conserven la buena pinta en medio de algunas bajezas y no pocas negociaciones por debajo de la mesa. El objetivo es uno, solamente uno:
Que el régimen castro-comunista que preside Hugo Chávez dure lo menos posible. La unidad verdadera es con este objetivo o no se dará. Requiere de una estrategia compartida, absolutamente incompatible con la de quienes trabajan para sobrevivir, pensando en cuidar o ampliar espacios parciales tolerados por el régimen. Unidad no es complicidad.

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