Opinión Nacional

Regresión o modernidad: La encrucijada del Futuro

1 – La encrucijada entre dictadura o democracia a la que nos enfrentamos en este comienzo de siglo recubre una aún más profunda y determinante: la alternativa entre regresión o modernidad. No es, por cierto, privativa de Venezuela: es la encrucijada ante la que se debate toda la región y pronto se hará sentir en todas aquellas sociedades ancladas en el pasado que deberán responder exitosamente al desafío de modernizarse, acoplándose al proceso de globalización que hoy rige las relaciones entre las naciones y sus economías, o sucumbir bajo el caos del totalitarismo o de las turbulencias provocadas por gobiernos demagógicos y populistas. Sin otra consecuencia que retrasar la satisfacción de las necesidades y anhelos de sus pueblos y empujar hacia salidas ilusorias, traumáticas e insensatas, como el integrismo religioso, el indigenismo y el populismo en cualquiera de sus formas, de entre las cuales las más perversas: el totalitarismo neopopulista, el terrorismo y la guerra. Dichas formas de arcaísmo retrógrado y conservador provocarán convulsiones tanto más graves, cuanto mayor es la hegemonía de la modernización en las sociedades más evolucionadas. Son las que establecen los parámetros de las nuevas formas de vida a que terminan aspirando todos los pueblos.

Contrariamente a lo que sucedía hasta la segunda guerra mundial y los sucesivos procesos de descolonización, el enfrentamiento entre modernidad y regresión ha sido internalizado por las propias sociedades. No se cumple, como en el pasado, por la división internacional del trabajo entre centro y periferia, mediante el cual los países centrales y hegemónicos se reservaban el derecho al progreso, la industrialización y el consumo privilegiado, condenando a los países subordinados a suplir de materia prima y mano de obra barata, en una perversa dialéctica de progreso = regresión. Los avances científicos y tecnológicos han terminado por tejer una red simbiótica de interdependencias que antes exige y promueve el desarrollo de las sociedades subdesarrolladas. El efecto cultural sobre estas últimas termina siendo devastador. Imponen la resolución inmediata de un grave dilema: o se modernizan o se estabilizan en una situación de semi barbarie. O recurren a un expediente hoy inverosímil: encapsularse en si mismas cortando todo vínculo con la modernidad predominante en el mundo. Es el trágico caso de la Cuba castrista.

Pocos advierten que antes que el sistemático enfrentamiento entre el bloque soviético y los Estados Unidos provocado por la guerra fría y los ingentes costos que demandaba mantener el control imperial de la URSS sobre los países satélites, la Unión Soviética y todos los países bajo su hegemonía colapsaron por su incapacidad estructural de responder a las demandas por modernización, convertidas en un acicate del desarrollo de la sociedad global desde los tempranos años 70. Pues tal modernización, para cumplirse a cabalidad, exige la supresión de los controles totalitarios y el desarrollo de sociedades dinámicas, pujantes y altamente preparadas para triunfar en la guerra por la competitividad. Y todas esas características se acoplan con sistemas democráticos de libre mercado y libertades plenas, no con el pesado instrumental político de la represión, el centralismo dictatorial, el autoritarismo de sociedades fuertemente estatizadas. Es más: sin la intervención creadora del individuo, liberado del lastre del sometimiento por aparatos burocráticos y militarizados, tal modernización es prácticamente imposible.

De allí la correspondencia entre modernización y democracia. Y la indisoluble del totalitarismo y la regresión, su antinomia. He allí la encrucijada que deberemos resolver. Ese, el desafío del futuro. ¿Chile o Cuba? Esos son los paradigmas de orientación en la región. Esa es la alternativa.

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Venezuela tuvo la histórica oportunidad de anticiparse hace ya quince años a todos los países de la región adelantando sus planes de modernización sin mayores traumas y fracturas. Resguardando incluso y hasta mejorando los planes de asistencia social heredados de los anteriores gobiernos fuertemente marcados por lo que se ha dado en llamar “el rentismo petrolero”. Y con resultados inicialmente halagüeños. La resistencia de los sectores más conservadores y retardatarios de su clase política, así como la inexistencia de un sector social – empresarios y/o trabajadores – capaz de asumir el liderazgo de dicho proyecto como asunto de vida o muerte, no sólo lo hizo abortar: empujó a la desestabilización social y política del país, contribuyó a desencajar todo el aparato político institucional y le abrió las puertas al caudillismo autocrático del chavismo, imponiendo el retroceso de nuestra sociedad en décadas y décadas. Hoy, nuestro país ha retrocedido a etapas ultra pasadas de nuestro desarrollo como nación y se hunde inexorablemente en manos de una aventura descabellada y mutiladora.

Lo cierto, sin embargo, fue que el proyecto de modernización puesto en práctica por un equipo altamente profesional y capacitado falló en su centro neurálgico: la incapacidad operativa del propio presidente de la república, un caudillo bien intencionado pero estructuralmente impedido para comprender el giro histórico que casi sin querer estaba implementando y por lo mismo imposibilitado para convocar las necesarias alianzas que requería para hacerlo viable. Así, la política implementada por Carlos Andrés Pérez durante su segundo gobierno – inspirada por ideas ubicadas en la antípoda del primero – careció de los tres ingredientes esenciales para llevar adelante un nuevo proyecto político: una fuerza social de apoyo, un partido político y un líder acorde con el proyecto que se pretendía echar a andar.

Los resultados están a la vista. A poco de haber obtenido un clamoroso triunfo electoral y aglutinar una soberbia mayoría ciudadana sufrió un motín popular de incalculables dimensiones, su partido le dio vuelta la espalda y la clase política decidió revocarle el mandato, abriendo de par en par las puertas al asalto al poder por parte de quienes carecían de toda solidaridad con el sistema democrático. Más allá de las buenas intenciones, la acción disolvente de la burocracia que lo defenestrara, coaligada con una sorprendente alianza heterogénea e ideológicamente difusa, compuesta por residuos de la extrema izquierda y la extrema derecha más un centro conservador, se hizo inicialmente con la estructura de gobierno bajo Rafael Caldera, preparando el ascenso al Poder de Hugo Chávez Frías.

Pueda que los protagonistas de esta auténtica conspiración contra la modernidad ni siquiera estén conscientes del verdadero rol que cumplieran. El resultado objetivo de su acción ha sido impedirla o retrasarla, contribuyendo en cambio al establecimiento de este interregno de caos y disolución, cuyas consecuencias y duración aún nos son impredecibles.

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Los procesos de modernización no pueden ser acometidos por un estado omnipresente y totalitario, al margen de la anuencia de los propios sujetos. No sucedía así en el pasado, en que tales procesos pudieron ser asumidos y controlados por estados totalitarios, como fuera el caso de la Unión Soviética y su proceso de industrialización y electrificación impuesto dictatorialmente por Stalin. O el del actual desarrollo del capitalismo de Estado en China. En otros casos más cercanos, – vease la sangrienta dictadura de Augusto Pinochet, en Chile – la acción dictatorial coadyuvó a imponer transformaciones en la estructura política y social que terminaron por facilitarle a los actores económicos, políticos y sociales que le sucedieran el llevar adelante proyectos propiamente modernizadores. Se trata de graves procesos históricos que al remover a fondo e incluso destruir las viejas estructuras de dominación, facilitan la modernización de sus sociedades, como sucediera con los efectos de la segunda guerra mundial sobre la Alemania derrotada.

Este último es un efecto colateral, aunque de enorme significado, así no sea advertido suficientemente. La remoción de las viejas estructuras, de los viejos hábitos culturales y de los compromisos clientelares que entraban la acción modernizadora, se hace evidentemente más fácil bajo gobiernos autoritarios y dictatoriales que dentro de normas de funcionamiento de consenso. Venezuela tuvo el privilegio de asumir el proceso de modernización de sus estructuras, dentro de un marco político y jurídico estrictamente democrático. E incluso, la dictadura de Marcos Pérez Jiménez que precediera dicho proceso estuvo signada asimismo por una vocación modernizadora. Es evidente que dicho proceso de modernización no hubiera podido llevarse adelante sin la nacionalización de la industria petrolera – hasta entonces factor esencial de la modernización en nuestro país -, que permitió tanto la modernización misma como la satisfacción de las necesidades de los diversos sectores de presión de la sociedad venezolana que hubieran podido oponerse a ella. Otro factor fundamental que facilitó nuestra modernización fue el concurso de una ingente mano de obra especializada introducida masivamente al país desde Europa durante los años cincuenta.

Al margen de los condicionamientos políticos, es evidente que sin el concurso de un empresariado moderno y ambicioso, auténticamente comprometido con el país y decidido a asumir la competencia en los mercados internacionales con una actitud renovadora y agresiva, es imposible llevar a cabo un proceso modernizador. Tampoco lo es sin una clase política liberada de las viejas taras clientelares, crecida a la sombra benefactora de un Estado rentista y dadivoso y proclive a retardar todas las decisiones trascendentes si implican riesgos de pérdida de legitimación. En otras palabras: habituada a proceder bajo el paraguas del populismo.

Se trata, pues, de una aventura que compromete al conjunto social y que requiere del consenso mayoritario de todos sus actores, decididos a romper el círculo vicioso del estatismo filantrópico y populista y las ataduras que nos anclan al pasado. Aún más: se trata de un proyecto que requiere de imaginación, talento y coraje. De ese proceso de modernización política y las tareas del futuro hablaremos en nuestra próxima entrega.

(Continúa)

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