Opinión Nacional

Religión y Política

El día en que cayó el Muro de Berlín, una visión parcial del mundo, mal llamada “liberal” ganaba una batalla.

Pero no la guerra.

En los pocos años que han transcurrido desde entonces hemos visto reaparecer el fantasma – supuestamente exterminado para siempre- de los izquierdismos y extremismos de toda índole , que se concentran en el extraño y pernicioso cóctel del vandalismo o el terrorismo, pero que se manifiestan también en formas más diluidas con los populismos de América Latina, los movimientos anti-globalización, el anti-imperialismo casi oficial de la mayoría de los países de occidente y una variada gama de subproductos.

En todos, o casi todos, un ingrediente más – supuestamente exterminado también- resucita para asombro de ingenuos: la religión.

La cosa no es tan oscura como parece, si pensamos bien en términos humanos. Negar las respuestas marxistas al problema social no resuelve ni elimina el problema social. De igual manera, negar las respuestas de una u otra doctrina religiosa al problema espiritual – para llamarlo de algún modo- no elimina los problemas de la muerte, de la ética y del sentido de la vida.

Esos “liberales” habían pensado, en efecto, que se podía gobernar como si los problemas de la pobreza y de la infelicidad no existieran.

Encerrados en el anti-ghetto de las urbes súper-civilizadas , los especialistas del poder mundial habían terminado por creerse ellos mismos la mentira que propagandizaban: que todos tenemos las mismas oportunidades de ser felices.

No eran ni son ellos mismos felices, desde luego, porque no es posible para nadie ser feliz rodeado de miseria y horror, pero sí es posible mentirse con tanto ahínco y tozudez como para creérselo un rato.

Y disponiendo de fondos suficientes, es posible también hacer que otros se lo crean.

En esa campaña masiva y mundial para vender la idea de la felicidad post-moderna, los especialistas crearon ersatz a los productos prohibidos de la revolución y la solidaridad: el mundo se llenó de ongs con militantes light que reemplazaban a los incómodos seguidores del Ché Guevara y que vestían y olían bien… y se llenó también de quiromantes, astrólogos, videntes y “espiritualistas” que sustituían a los intolerantes curas, rabinos e imames de todas las iglesias con una visión de “divinidad” personal prêt-à-porter más conveniente para las estanterías de supermercados y librerías y menos costosa en materia de templos y catedrales.

Olvidaban dos pequeños detalles: guerra y miseria. El “ruido y el furor” de la anti-civilización globalizada y amplificada por los mass media nunca antes fue tan estridente. Nadie puede dormir en Bagdad, pero tampoco se duerme en Londres ni en Washington: no se duerme tampoco en Francia con la “normalidad” de 8.000 coches quemados en un par de meses.

2.

El falaz , pueril y puritano “sueño americano” fue la última gran Utopía social y mundial, que tuvo como contraparte al no menos mentiroso “comunismo soviético” , que no fue nunca soviético , ya que nació aplastando a los “soviets” o consejos de base , y que nunca fue “comunista” en la medida en que lo único que convirtió en bien “común” fue el despotismo y la traición.

Ambas fórmulas reemplazaban con terminología moderna el Paraíso Perdido de las religiones: los líderes se convertían en dioses y las ideologías sustituían a los catecismos.

Todo parecía cambiar para que nada cambiara: los individuos y las comunidades seguían igual de apartados del control sobre sus vidas como lo estaban en los tiempos en que las deidades grecorromanas dominaban a su capricho el destino de los hombres. La esclavitud se rebautizaba con los nombres de “democracia” y de “dictadura del proletariado” pero seguía siendo la misma y vieja dominación: unos pocos- generalmente los peores- mandaban y todos los demás obedecían.

3.

Las tiranías no producen otra cosa que desobediencia y rebelión; las rebeliones nunca han producido otra cosa que represión y nuevas tiranías. Pero en ese juego de aparentes opuestos aparentemente irreconciliables, pre-existe y persiste la semilla y el germen de algo que por haber nacido no tiene más remedio que crecer.

No tiene marca de fábrica porque no es un producto de consumo masivo ni tiene denominación religiosa o ideológica porque es a-nónimo por vocación y por esencia. Nombres y apellidos tiene tantos como personas con deseo y vocación de libertad y paz. No se produce escandalosa ni masivamente, sino lenta, íntima, apaciblemente.

“Golpe a golpe, verso a verso” (Serrat)

Pero terminará difundiéndose y contagiando con su energía a los individuos y las comunidades ( no de manera doctrinaria sino libre, no de forma “liberal” sino armónica, no con nuevos líderes sino con nuevos acuerdos entre semejantes ) hasta que los seres humanos cobren conciencia de especie ( hay una sola tribu , la tribu humana: hay una sola patria, el planeta ) y descubran que su único capital es la creatividad, su única divinidad la capacidad de amar y que la verdad “es aquello de lo que estamos tan convencidos como para poder decírselo a un niño” (G.K. Chesterton)

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