Opinión Nacional

Renacimiento democrático

Lo peor que puede sucederle a Venezuela es acostumbrarse a vivir con la libertad restringida y adecuarse a un régimen que reduce al mínimo la vigencia de los derechos humanos y de los principios generales del estado democrático. Es cierto que los pueblos son libres de escoger su destino. No pueden desviar la responsabilidad por sus penurias hacia terceros. Pero, también es cierto que cuando las instituciones desaparecen, cuando el derecho deja de ser el instrumento para la convivencia en sociedad y para regular las relaciones del individuo con el estado, siendo sustituido por otras jerarquías en beneficio exclusivo de quien gobierna, la encrucijada se convierte en angustioso desafío para quienes rechazan el orden existente. El tiempo normalmente es aliado de quien ejerce el poder sobre la base de la injusticia. Contribuye a sembrar temor en la gente y, con ella, crece la resignación pesimista que debemos impedir antes de que se convierta en su mejor aliado. Quienes viven al lado de las aguas negras terminan por no percibir el mal olor. Hay que reaccionar a tiempo.

El deterioro material y moral de la República avanza. Por bastante menos de lo reflejado por las últimas actuaciones nacionales e internacionales del señor Chávez, por el enorme daño que generan con relación a Venezuela, al continente y al mundo, tendríamos que exigirle que abandone el cargo u organizarnos de manera eficiente para sustituirlo. Pero, lamentablemente, hemos llegado a un estado de cosas en el que se dicen respetar unos valores que, estando en las raíces de nuestra nacionalidad, son burlados conscientemente por un liderazgo público y privado que no respeta nada, ni a nadie, con tal de mantener privilegios y ventajas aún cuando cada día más reducidos y condicionados. Como en todo, hay excepciones honorables y conocidas, pero la generalización ayuda a exponer con claridad meridiana lo que pensamos. Vivimos en un insoportable clima de hipocresía y de cinismo. Muchos de los que hablan en nombre de la libertad, de la justicia, de la familia y de la paz, en el fondo solo están con el poder y el dinero, dispuestos a negociar principios a cambio de una seguridad circunstancial y siempre transitoria. Algunos denigran en privado de lo que saludan en público, y otros, cuestionan severamente en público lo que en privado respaldan. Confieso que estamos hartos de tanta farsa, de ver como con ardides y trucos se traiciona a un pueblo infinitamente más claro que quienes lo dirigen o pretenden liderizarlo. Estos hipócritas no aman a la patria, se aman a sí mismos. La sola mención de valores y principios fundamentales les molesta, desearían borrarlos de un plumazo pensando que quedarían borradas sus deslealtades. Cuando Venezuela termine de perder la democracia y la libertad, su decadencia y fin como república soberana estará muy próxima. Quien no lo comprenda o está ciego, o debería estarlo. Trabajar por el renacimiento de Venezuela es un deber imperativo.

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