Opinión Nacional

Reserva pretoriana

El país sigue discutiendo la desproporción del anhelo presidencial de integrar y poner a tono una reserva de entre 1,5 y 2 millones de hombres y mujeres, en este modesto país de apenas veintitrés millones de habitantes. Es decir, un contingente cercano a las fuerzas armadas regulares de la República Popular China que cuenta con 1.300 millones de habitantes. No sé si le queda algo de “la lumpia” que dijo Aristóbulo Istúriz, que el presidente Hugo Chávez Frías se había fumado en 2002. Nuestro presidente nos tiene acostumbrados a ese tipo de formulaciones disparatadas, que sus fanáticos aplauden y su entorno militar y civil acepta y dice impulsar, sabiendo perfectamente que se trata de metas inalcanzables.

Tales desbarajustes mentales van acompañados de la botija petrolera y, entonces, comienzan los negocios, aunque no se cumplan las metas, y las cosas se vayan quedando en el camino. Para eso cuentan, también, con la más horrenda impunidad, no sólo garantizada sino ejercida institucionalmente desde la Contraloría General, la Fiscalía General y la Asamblea Nacional. Todos andan muy dispuestos a pasar por debajo de la mesa, ni ven, ni oyen, ni se atreven a chistar. En un país serio, ello sería materia de un análisis sesudo, sobrio, inteligente, de su significación, exigencias o disponibilidades de recursos financieros y logísticos. Con oficiales militares de alto rango presentando proyectos e informes ante la Asamblea Nacional y un Presidente de la República, respetuoso hacia ella, dispuesto a aceptar la crítica o recomendaciones. Pero, para Chávez –como todo lo que existe a su alrededor- la A. N. no es más que un recurso a su disposición. Él manda y los demás acatan, así en el fondo –y en la realidad- no cumplan los planes ni puedan llevar a la práctica sus delirios petrodolarizados.

El fortalecimiento de nuestros mecanismos de seguridad y defensa –no sólo necesarios sino indispensables- comienza en la doctrina y la fortaleza ética de la Fuerza Armada Nacional y de los organismos de seguridad, los cuales forman parte de las competencias de los ministerios de Interior y Justicia, y Defensa, y deben contar con el apoyo crítico y el control democrático por parte de la representación popular nacional (Poder Legislativo). ¿De qué sirve una reserva militar –muy numerosa o modesta- si el vórtice del cuerpo militar y de inteligencia muestra inconsistencias palmarias? ¿A quién van a apoyar, a quién van a proteger esos centenares de miles (Chavez dixit) de elementos de la reserva?
Con una dirección de identificación y extranjería colapsada y semi-podrida, o parte de la Guardia Nacional martillando en carreteras y autopistas, u oficiales militares activos y retirados haciendo negocios con los dineros públicos rodeados de testaferros, y un apresto militar realmente limitado, raquítico, no habrá reserva que valga. No importa su tamaño.

GUARDIA PRETORIANA

Al presidente no le basta con su Casa Militar, todavía adscrita al ministerio de la Defensa. Se trata de un cuerpo élite de trayectoria impecable, eficiente y suficiente en el resguardo del presidente de turno y su familia. Su única misión.

Chávez sueña una guardia pretoriana bajo su control directo –y absoluto-, sin interferencia de los mandos militares orgánicos, por si acaso. Se imagina a la cabeza de una fuerza demoledora capaz de quebrar ejércitos y plantar banderas, de acuerdo con el guión épico que lo gobierna.

La reserva de los 1,5 a 2 millones de hombres y mujeres que nos anuncia el presidente Chávez, está inscrita en una siniestra política internacional que proclama la lucha “contra el imperialismo y el capitalismo”, mientras su gobierno ha realizado la entrega energética más estrafalaria de nuestra historia, desde los tiempos de Juan Vicente Gómez, general torturador, asesino y ladrón hasta más no poder. Un gobierno que se la pasa dizque “luchando contra el neoliberalismo”, pero mantiene un voraz y ultra-liberal IVA (Impuesto al Valor Agregado) de 15% por ciento, cuyo base de excepciones está amenaza de extinción.

La Fuerza Armada Nacional, que bien discute una nueva doctrina militar por iniciativa del propio presidente Chávez –he ahí lo contradictorio-, tiene que replantearse la realidad del asunto. ¿Puede existir en Venezuela una fuerza militar –como la queremos- profesional, eficiente y con espíritu democrático en cuanto al respeto de las instituciones emanadas de la limpia voluntad popular, capaz de enfrentar estratégicamente los embates de una potencia expansionista y guerrerista como Estados Unidos de América? Debe existir, sin duda, pero dentro de un marco estratégico que la haga posible, como fuerza con capacidad disuasiva. Y ese marco o contexto sólo lo garantiza un gobierno y demás instituciones del Estado capaces de articular políticas públicas coherentes y eficientes, desde salud, educación y desarrollo económico
y social hasta la política internacional y el resguardo de nuestros espacios fronterizos. Y eso no existe, hoy.

Frente al poderío militar, político, tecnológico y económico de Estados Unidos de América, no cabe la ridiculez ni el alboroto mediático. Su poder es tan descomunal, ante Venezuela, que suena fatuo plantearse una hipótesis de invasión o la idea de exportar petróleo hacia otras latitudes en situación de conflicto con el gigante imperialista del norte. Recuérdese sólo, los despropósitos de la camarilla militar argentina, en 1982, cuando “la invasión” de las islas Malvinas, mero ejercicio de desembarco frente a catorce policías ingleses; pero luego fueron barridos por el poderío militar inglés, apoyado abiertamente por USA en desacato terminante al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR).

¿Guerra asimétrica? Lo único pertinente ante los desvaríos de dominación de la rancia derecha estadounidense actual, es una política interna y externa que evite, inteligentemente, los aspavientos belicistas de USA. Provocar –incluso con insultos contra el presidente George W. Bush y su secretaria de Estado, Condolessa Rice- a la maquinaria imperialista norteamericana es una irresponsabilidad histórica sin precedentes. Bastantes aristas de fricción existen, como para inventarnos algunas peores.

Los ilusos hablan de la “Guerra de Vietnam”, aquella epopeya del pueblo de Ho Chi Min, líder de la independencia, y Vo Nguyen Giap, estratega militar de la derrota de los invasores franceses en 1954, y jefe de la guerra contra la ocupación estadounidense, entre 1964 y 1975. La verdad es que el pueblo vietnamita, heroico y ejemplar, contó con el masivo y decisivo apoyo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), China y la Europa del Este, bajo dominio soviético. Ello permitió contener la brutal y criminal embestida de la maquinaria de guerra estadounidense, con sus quinientos cincuenta mil hombres y la más avanzada tecnología militar de la época. En la etapa final de la guerra, fue decisiva también la campaña mundial de opinión pública contra la devastación bélica de USA en Vietnam, por la paz y la independencia de su oprimido pueblo.

En el caso venezolano, no existen posibilidades de guerra, al menos en el corto plazo. Si bien tenemos en el costado occidental el poderío militar colombiano –por todo lo que implica el Plan Colombia-, conocido es el grado de descomposición de la sociedad colombiana y los enormes recursos dedicados a su seguridad interior. Desde la base militar de Manta, en el pacífico ecuatoriano, y los puntos de apoyo en Aruba y Curazao, el Comando Sur de Estado Unidos tiene perfecto control del territorio venezolano, aparte de su potencial despliegue a través de Colombia o el desplazamiento de portaviones y demás naves de guerra, el dispositivo satelital que nos observa, día y noche, o la penetración aerotransportada de tropas sobre puntos estratégicos en suelo venezolano. Cualquier militar serio entiende lo que estoy planteando. Y cualquiera que fuera valiente estaría alertando sobre esa locura, irresponsable locura, en la que nos puede meter el presidente Hugo Chávez, si continúa por el camino demagógico que está marcando.

La discusión sobre la reserva militar de hasta dos millones de hombres y mujeres, no es cualquier cosa. Es un tema serio y trascendente, muy aparte de la politiquería desatada entre “chavismo” y “antichavismo”. Pero de lo que sí estoy persuadido es de que el presidente Chávez –como cualquiera que lo fuera- no puede seguir manejando casuística y autocráticamente, los delicados asuntos militares.

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