Opinión Nacional

¿Revolucionarios incompetentes?

Uno de los aspectos que más recurrentemente se critican a nuestra revolución es su incompetencia. Uso el término en forma amplia, también podría llamarse incapacidad, ineficacia o ineficiencia. Se repite que no tapan los huecos y que la vialidad en general da pena, que no pueden organizar la dotación de los hospitales y han aumentado los casos de las enfermedades endémicas, que no han logrado mejorar el nivel de la educación pública, que son nulos combatiendo la inseguridad y la delincuencia, que ni siquiera saben organizar la venta de entradas para la Copa América y así sucesivamente se podría ampliar la lista. De acuerdo con estas críticas pareciera que opera en la revolución un proceso de selección deliberado para colocar en las posiciones de gobierno a los más incapaces, que hay una identidad entre ser revolucionario y ser incompetente ¿Será realmente así?

Debo confesar que no creo que este sea el caso, pienso que el tema de la capacidad no es un asunto de personas. De hecho siempre se pueden conseguir casos aislados en los que lo hacen razonablemente bien. Así la revolución argumenta apelando a hechos puntuales: Nosotros por fin vamos a terminar la autopista Caracas-Higuerote, nosotros hicimos el segundo puente sobre el Orinoco, hemos alfabetizado sopotocientas personas. En esta discusión la revolución se defiende cacareando sus logros a través de los medios, que es lo que mejor sabe hacer.

No creo que el problema sea la incapacidad de los afectos al régimen, es más, creo que la misma es la consecuencia de una causa mucho más profunda, insertada en la raíz del proceso revolucionario. Esa causa es el carácter totalitario y hegemónico de la revolución. El objetivo es acabar con el sistema capitalista, con la propiedad privada de los medios de producción, y eso requiere combatir, segregar, excluir y derrotar a muchos compatriotas. Por supuesto que la capacidad gerencial pasa a un segundo plano, lo que se prioriza es el compromiso, la identificación con el proceso. Si se va a elegir a una empresa para que preste un servicio al estado o para que construya una obra, la capacidad de la misma deja de ser la variable principal. Por eso han desvirtuado los procesos licitatorios, para que no ganen los más competitivos sino los más comprometidos. Así se va construyendo el mecanismo que selecciona la incapacidad.

Pero hay algo más, el carácter totalitario y hegemónico no acepta la consulta ni el sometimiento a la crítica, especialmente si vienen de grupos que se consideran externos a la revolución. Todo el que esté afuera de la misma se considera contrarrevolucionario y su opinión es despreciada. Por eso la revolución es refractaria a la rendición de cuentas. Los estados financieros son herramientas del neoliberalismo y nuestros jerarcas no tienen porque utilizarlos. De esta forma todo es gris, opaco, nunca se sabrá a ciencia cierta cuánto costó el segundo puente, ni cuánto cuesta producir un barril de petróleo, ni cuál es el subsidio de Mercal. Es suficiente que alguien pregunte para que sea tachado de contrarrevolucionario y en consecuencia descalificado.

De esta forma se abona el terreno para que germine la incompetencia y la mediocridad. Los funcionarios se callan, sean o no afectos al proceso, exponer un punto de vista es peligroso, es preferible pasar agachado y seguir medrando de los dineros públicos, mucho más en una revolución rentista cuyos recursos no provienen de nuestro trabajo sino del crecimiento de economías ajenas que mantiene altos los precios del petróleo.

Por eso creo que la incompetencia revolucionaria va mucho más allá de una gestión de gobierno y se inserta en las propias entrañas del proceso, cosa que muy bien demostraron los socialismos del siglo pasado.

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