Opinión Nacional

Robin, Pablo y Hugo

Cualquier consulta a un buscador de Internet señala al homo habilis como el antecesor más antiguo de los seres humanos. Se calcula su presencia en este planeta desde 1900 hasta 1600 millones de años antes de la era cristiana, a principios y hasta mediados del Pleistoceno. Si los especialistas en las mencionadas ciencias pudiesen indagar algo sobre el mayor anhelo de esos precursores de nuestro género, seguramente descubrirían que deseaban poseer lo que para aquellos días se consideraba riqueza. ¿Y que sería lo que más odiaban? Pues que otros homos fueran más habilis que ellos y hubiesen acumulado mayor cantidad de los bienes deseados.

Nada ha cambiado desde entonces, en el fondo de todas las religiones, leyendas y teorías políticas que predican la perversidad de la riqueza existe un trasfondo de envidia. El solo hecho de que alguien sea rico causa, en la mayoría, irritación y rabia. El cómo de la obtención de esa riqueza ajena carece de importancia, igual da que sea producto del trabajo honrado o de las malas mañas. No en balde, desde el siglo XIV hasta nuestros días, millones de personas se han conmovido con la leyenda de Robin Hood, llamado también el “príncipe de los ladrones”. Un alma de dios que robaba a los ricos para distribuir lo robado entre los pobres. Por supuesto que los ricos asaltados por el bandolero eran unos seres infames. Si así no fuera, la leyenda y las películas basadas en ella no habrían sido aptas para niños.

Este domingo 23 de mayo tuvimos la suerte de ver en el canal Discovery un documental del cineasta argentino Nicolás Entel, sobre el conmovedor encuentro de Sebastián Marroquín (Luis Pablo Escobar), el hijo del narcoterrorista colombiano Pablo Escobar; con Rodrigo Lara, hijo del asesinado ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla y con los tres hijos de Luis Carlos Galán, el también asesinado candidato presidencial de Colombia en 1989. Ambos políticos fueron víctimas de Escobar, el hombre más poderoso de su país durante aquellos años de sangre y horror. Su único hijo varón, arquitecto residente en Buenos Aires y con el nombre cambiado por razones obvias, narra el desfile de muy destacadas personalidades de la vida política, social y económica de Colombia, para rendir culto o hacer tratos con su padre. El mismo hombre capaz de los más crueles asesinatos y de actos terroristas, como la voladura de un avión de Avianca, en los que murieron centenares de inocentes; se enternecía ante los pobres. Entre sus obras de caridad figuran: la construcción de viviendas para los indigentes del basurero público de Medellín y la cirugía reconstructiva a decenas de niños con labio leporino. No es difícil entender porqué cuando Pablo Escobar cayó abatido por un equipo élite del ejército, su entierro fue una multitudinaria manifestación de duelo popular y que aún, a dieciséis años de su muerte, su tumba sea la más visitada en el cementerio de Montesacro, en Medellín. ¿Les importó a esos adoradores de Pablo Escobar el origen del dinero con que hacía sus obras de caridad? Por lo visto al dinero no se le pegan el olor ni el color de la sangre.

En los años en que la bonanza petrolera parecía inagotable, Hugo tomaba -para decirlo delicádamente- dineros del patrimonio de todos los venezolanos y decía que los regalaba a los pobres para que votaran por él. Las acusaciones de corrupción siempre le resbalaron porque sabía, igual que Pablo Escobar, que a caballo regalado no le iban a buscar colmillo. Pero el saco tenía fondo, se fue quedando vacío y venía una elección importante; entonces entró en vigencia el método Robin Hood basado en el saqueo. La diferencia con el “príncipe de los ladrones” estriba en que mientras aquel era perseguido por forajido, en el método Hugo el forajido es el gobierno.

Las distintas versiones de Robin Hood ignoran algo muy poco romántico: los efectos de sus robos en la economía inglesa de la época. Pero con los medios de comunicación del siglo XXI, más Internet, Facebook, Twitter, Blackberry, etcétera, es imposible ocultar el impacto del saqueo y el robo practicados por el gobierno de Hugo Chávez contra productores agrícolas, ganaderos, distribuidores de carne, fábricas de harina de maíz, procesadoras de café, empresas lácteas, importadoras de alimentos. Y contra la más odiada por ser la más rica: la Polar, que fabrica el 30% de todo lo que comemos y bebemos los venezolanos.

Lo saqueado va a ser distribuido entre los pobres, es decir las sobras después que los forajidos se repartan el botín. Hugo está seguro de que los pobres le estarán agradecidos por lo que reciben y porque su presidente está golpeando a los ricos. El siempre ha dicho que ser rico es malo, aunque su entorno familiar y político se ha elevado -en once años- desde la pobreza o la clase media más bien baja, hacia estratos de riqueza propios de la revista Forbes. Por supuesto que ser rico es malo cuando los ricos son los otros. Gravísima sentencia cuando ese mismo presidente ha dividido a Venezuela en dos países: él que lo apoya y el otro, y ha decretado que la otredad es un delito. Por ahora pobres de los ricos. Pero muy pronto, cuando se hayan comido todos los huevos de oro y hayan liquidado a la gallina ponedora, pobres de los pobres.

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