Opinión Nacional

Rompiendo el Hechizo (II)

PRIMERA PARTE

ABRIENDO LA CAJA DE PANDORA

CAPÍTULO PRIMERO

¿Rompiendo Cuál Hechizo?

¿Qué está Pasando?

Y él habló muchas cosas a ellos en parábolas; diciendo, Entérense, un agricultor salió a sembrar, Y cuando sembró, algunas semillas cayeron al lado del camino, y las aves vinieron y las devoraron—Mateo 13: 3-4

Si “supervivencia del más apto” tiene alguna validez como eslogan, entonces la Biblia parece un candidato justo para la distinción honoraria del más apto de los textos

—Hugh Pyper. “El Texto Egoísta: La Biblia y la Memética”

Usted observa a una hormiga en un prado, escalando laboriosamente una hoja de pasto, más alto y más alto hasta que cae, entonces sube de nuevo, y de nuevo, como Sísifus rodando su roca; siempre esforzándose por alcanzar la cima. ¿Porqué está la hormiga haciendo esto? ¿Qué beneficio está buscando para sí misma con esta extenuante e improbable actividad? Pregunta equivocada; como resulta ser. Ningún beneficio biológico es obtenido por la hormiga. Ella no está tratando de obtener un mejor punto de vista del territorio ni buscando alimento ni mostrándose a una pareja potencial, por ejemplo. Su cerebro ha sido comandado por un minúsculo parásito; un bisturí plano (Dicrocelium dendriticum), que necesita llegar él mismo al interior del estómago de una oveja o vaca para poder completar su ciclo reproductivo.

Bisturí Plano (Dicrocelium dendriticum)

Este pequeño gusano cerebral está conduciendo a la hormiga para que se ubique en un lugar para el beneficio de su prole, no para el beneficio de la hormiga. Éste no es un fenómeno aislado. Parásitos manipuladores infectan similarmente a peces y ratones; entre otras especies. Estos pasajeros provocan que sus anfitriones se comporten en formas improbables—y hasta suicidas, todo por el beneficio del invitado, no del anfitrión 1

¿Ocurre alguna cosa como ésta alguna vez a los seres humanos? Sí; de hecho. Nosotros hallamos a menudo a seres humanos echando a un lado sus intereses personales; su salud; sus oportunidades de tener hijos, y dedicando su vida entera a hacer avanzar los intereses de una idea que se ha alojado en sus cerebros.

La palabra árabe Islam significa “sumisión” y todo buen musulmán es testigo de ello; reza cinco veces al día; da limosnas, ayuna durante el Ramadán, y trata de hacer la peregrinación, o hajj, hasta la Meca, todo en beneficio de Alá, y Mojámed, el Mensajero de Alá.

Los cristianos y los judíos hacen algo similar; por supuesto, dedicando sus vidas a divulgar La Palabra, haciendo enormes sacrificios, sufriendo valientemente, arriesgando sus vidas por una idea. Lo mismo hacen los Sikhs, los Hindúes y los Budistas. Y no olviden a los muchos miles de humanistas seculares que han dado sus vidas por la Democracia, la Justicia, o simplemente por la Verdad. Existen muchas ideas por las cuales morir.

Nuestra capacidad para dedicar nuestras vidas a algo que consideramos más importante que nuestro bienestar personal—o nuestro propio imperativo biológico de tener hijos—es una de las cosas que nos coloca aparte del resto del mundo animal. Una madre oso defenderá valientemente una parcela de alimentos, y ferozmente protegerá a su cachorro, o hasta su cubil vacío; pero probablemente muchas más personas han muerto en el valiente intento de proteger lugares y textos sagrados, que en cualquier intento para proteger almacenes de alimentos o sus propios hijos u hogares.

Al igual que otros animales; nosotros tenemos deseos implantados para reproducirnos y hacer casi cualquier cosa que sea necesaria para lograr este objetivo, pero también tenemos credos, y la capacidad para trascender nuestros imperativos genéticos. Éste hecho nos hace diferentes; pero es en sí mismo un hecho biológico, visible a la ciencia natural, y algo que requiere de una explicación de la ciencia natural.

¿Cómo llegó específicamente nuestra especie Homo sapiens, a esta extraordinaria perspectiva de su propia vida? Difícilmente alguien diría que la cosa más importante en la vida es tener más nietos que nuestros rivales, pero este es el summum bonum estándar de todo animal silvestre. Ellos no conocen nada mejor. No pueden. Ellos simplemente son animales. Existe una interesante excepción: el perro. ¿No puede “el mejor amigo del hombre” exhibir una devoción que rivaliza con la de un amigo humano? ¿Hasta no moriría un perro si es necesario para proteger a su amo? Sí; y no es una coincidencia hallar esta admirable característica en una especie domesticada. Los perros de hoy son los descendientes de los perros más queridos y admirados por nuestros antepasados; sin siquiera tratar de criarlos por su lealtad, ellos se las arreglaron para hacerlo; sacando lo mejor (en su entendimiento, en nuestro entendimiento) de nuestros compañeros animales 2.

¿Modelamos nosotros inconscientemente esta devoción hacia un amo en nuestra devoción hacia Dios? ¿Estábamos nosotros moldeando a los perros a nuestra propia imagen? Quizás, pero entonces ¿De dónde obtuvimos nuestra devoción hacia Dios?

La comparación con la que comencé; entre un gusano parásito invadiendo el cerebro de una hormiga y una idea invadiendo un cerebro humano; probablemente parece ambos; sacada de los pelos e inaceptable. A diferencia de los gusanos, las ideas no están vivas, y no invaden cerebros; ellas son creadas por mentes. Cierto en ambos casos; pero éstas no son claras objeciones como parece a primera vista. Las ideas no están vivas; ellas no pueden ver por donde van y no tienen miembros con los cuales manejar a un cerebro anfitrión; aún si pudiesen ver.

Cierto; pero un bisturí plano tampoco es exactamente un científico de cohetes. Realmente, no es más inteligente que una zanahoria, porque ni siquiera tiene cerebro. Lo que tiene es la buena fortuna de haber sido dotado de características que afectan a los cerebros de las hormigas en esta útil forma cuandoquiera que entran en contacto con ellas. (Éstas características son como los diseños de ojos en las alas de las mariposas que algunas veces engañan a los pájaros predadores y los hace creer que un gran animal los está viendo. Los pájaros son asustados y se van, y las mariposas son las beneficiarias; pero no son más sabias por ello).

Una idea inerte, si fuese diseñada en forma exactamente correcta, podría tener un efecto beneficioso en un cerebro ¡sin tener que saber que lo estaba haciendo! Y si lo hizo, podría prosperar porque tenía ese diseño.

La comparación de la Palabra de Dios con un bisturí plano es desconcertante; pero la idea de compararla con un ser vivo no es nueva. Yo tengo una partitura musical escrita en pergamino a mediados del siglo dieciséis que hallé hace medio siglo en un estante para libros en París. El texto (en latín) relata la moral de la parábola del sembrador (Mateo 13): Semen est verbum Dei; sator autem Cristus. La Palabra de Dios es una semilla; y el sembrador de la semilla es Cristo. Estas semillas echan raíces en seres humanos individuales; así parece, y hacen que los seres humanos las diseminen, lejos y ampliamente (y a cambio, el anfitrión humano obtiene la vida eterna—eum qui audit manebit in eternum).

¿Cómo son creadas las ideas por las mentes? Podría ser por milagrosa inspiración; o podría ser por medios más naturales. A medida que las ideas se diseminan de mente a mente; sobreviviendo a las traducciones entre idiomas diferentes, cabalgando en canciones, iconos, estatuas y rituales, juntándose en improbables combinaciones en las cabezas particulares de las personas, donde dan origen a adicionales nuevas “creaciones”, portando una semejanza familiar a las ideas que las inspiraron, pero añadiendo nuevas características, nuevos poderes, a su paso. Y quizás algunas de las ideas “silvestres” que invadieron nuestras mentes en primer lugar han producido descendencia que ha sido domesticada y amansada, mientras hemos intentado convertirnos en sus amos, o por lo menos en sus gerentes, en sus pastores.

¿Cuáles son los antepasados de las ideas domesticadas que se diseminan hoy? ¿Dónde se originaron y por qué? Y una vez que nuestros antepasados asumieron el objetivo de diseminar estas ideas; no sólo manteniéndolas, sino queriéndolas, ¿Cómo esta creencia en la creencia transforma a las ideas que se están diseminando?

Las grandes ideas de la religión nos han mantenido cautivos a nosotros, los seres humanos, durante miles de años, durante más tiempo que la historia escrita, pero aún así sólo por un breve instante del tiempo biológico. Si nosotros queremos entender la naturaleza de la religión de hoy, como fenómeno natural, tenemos que mirar no sólo a lo que es hoy, sino también a lo que era.

Un recuento de los orígenes de la religión; en los próximos siete capítulos, nos proporcionará una nueva perspectiva desde la cual observar—en los tres últimos capítulos—a lo que es la religión hoy, porqué significa tanto para tanta gente; y porqué ellos podrían tener la razón y estar equivocados en su propio entendimiento como personas religiosas. Después podremos ver mejor hacia donde la religión puede estar dirigiéndose en el futuro cercano; nuestro futuro en este planeta. Yo no puedo pensar en un tópico más importante para investigar.

CAPÍTULO SEGUNDO

Una Definición de Trabajo de Religión

Los filósofos estiran los significados de las palabras hasta que ellas retienen escasamente algo de su sentido original; al llamar “Dios” a una vaga abstracción que ellos han creado para ellos mismos, posan como deístas, como creyentes, ante el mundo; ellos hasta pueden sentirse orgullosos de haber alcanzado una más elevada y pura idea de Dios, aunque su Dios no es nada más que una sombra insustancial y no más la poderosa personalidad de la doctrina religiosa. —Sigmund Freud: El Futuro de una Ilusión.

¿Cómo defino yo a la religión? No importa exactamente como la defina, porque planeo examinar y discutir los vecinos fenómenos que (probablemente) no son religiosos—la espiritualidad; estar comprometido con instituciones seculares; la devoción fanática hacia grupos étnicos (o equipos deportivos); la superstición….Así que, dondequiera que “trace la raya”, me pasaré de la raya en cualquier caso. Como ustedes verán, lo que nosotros usualmente llamamos religión, está compuesta de una variedad de fenómenos completamente diferentes, que se originan de diferentes circunstancias y que tienen diferentes implicaciones, formando una familia débilmente unida de fenómenos; no de un “tipo natural” como un elemento químico o una especie.

¿Cuál es la esencia de la religión? Esta pregunta debe ser considerada sospechosa. Aún si existe una profunda e importante afinidad entre muchas o hasta la mayoría de las religiones del mundo; existirán con toda seguridad variantes que comparten algunas características típicas mientras carecen de una u otra característica “esencial”.

A medida que la biología evolucionaria avanzó durante el siglo pasado, llegamos a apreciar gradualmente las profundas razones para agrupar a los seres vivientes en la forma en que lo hacemos—las esponjas son animales; y las aves están más cercanamente relacionadas con los dinosaurios de lo que lo están los sapos—y nuevas sorpresas están todavía siendo descubiertas cada año. Así que debemos esperar—y tolerar—alguna dificultad en llegar a una prueba de ejemplo en contrario que defina algo tan diverso y complejo como la religión. Los tiburones y los delfines son muy parecidos y se comportan en muchas formas similares; pero ellos no son el mismo tipo de cosa en lo absoluto. Quizás, una vez que entendamos mejor a todo el campo, veremos que el Budismo y el Islam; con todas sus similitudes, merecen ser considerados como dos especies enteramente diferentes de fenómeno cultural.

Podemos comenzar con el sentido común y la tradición y considerarlos a ambos como religiones; pero no debemos cegarnos a nosotros mismos ante el prospecto de que nuestro sorteo inicial tenga que ser ajustado a medida que aprendemos más. ¿Porqué es amamantar a nuestras crías más fundamental que vivir en el océano? ¿Porqué tener una columna vertebral es más fundamental que tener alas? Puede ser obvio ahora; pero no era obvio en el amanecer de la biología.

En el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, la ley relacionada con la crueldad hacia los animales establece un importante límite moral, si el animal es un vertebrado: conforme a esa ley, usted puede hacerle lo que quiera a un gusano vivo, mosca o camarón; pero no a un ave viva, rana o ratón. Es un muy buen lugar para establecer un límite; pero las leyes pueden ser enmendadas, y ésta lo fue. Los cefalópodos—pulpos, calamares, jibias—recientemente fueron designados como vertebrados honorarios; en efecto, porque ellos, a diferencia de sus primos cercanos, las almejas y las ostras, tienen un sistema nervioso asombrosamente sofisticado. Esto me parece a mí un sabio ajuste político, porque las similitudes que importaban para la ley y la moralidad no se alineaba perfectamente con los profundos principios de la biología.

Pulpo Calamar Jibia

Almeja Ostra

Nosotros podríamos encontrar que trazar un límite entre religión y sus más cercanos vecinos entre los fenómenos culturales, está rodeado de problemas similares, pero más molestos. Por ejemplo, debido a que la ley (en los Estados Unidos de América) selecciona individualmente a la religión para otorgarle un estatus especial, declarar que algo que ha sido considerado como religión es realmente otra cosa, está destinado a tener más que un interés académico para los involucrados. La Wicca (brujería) y otros fenómenos de la Nueva Era han sido promovidos como religiones por sus adherentes, precisamente para elevarlos al estatus social y legal que tradicionalmente han disfrutado las religiones. Y, viniendo de la otra dirección, existen aquellos que han afirmado que la biología evolucionaria es realmente “simplemente otra religión”, y en consecuencia, no tiene lugar en los curricula de las escuelas públicas.

La protección legal; el honor; el prestigio, una tradicional excepción de ciertos tipos de análisis y críticas—algo de mucho peso, está unida por una bisagra a cómo definimos religión. ¿Cómo debo manejar este delicado asunto?

Tentativamente; propongo definir religión como sistema social cuyos participantes declaran abierta y sinceramente creer en un agente o agentes sobrenaturales cuya aprobación debe buscarse. Esta es; por supuesto, una forma indirecta y circular de articular la idea de que una religión sin Dios o dioses, es como un vertebrado sin columna vertebral 3

Algunas de las razones para este rodeo de palabras son razonablemente obvias; otras surgirán con el tiempo—y la definición está sujeta a revisión; porque es un lugar para empezar, no algo tallado en piedra para ser defendido hasta la muerte.

Conforme a esta definición, un devoto Club de Fanáticos de Elvis Presley, no es una religión; porque, aunque los miembros puedan, en un sentido razonablemente obvio, adorar a Elvis, él no es considerado por ellos como literalmente sobrenatural, sino sólo como haber sido un ser humano particularmente superior. (y si algún club de fanáticos decide que Elvis es realmente inmortal y divino, entonces ellos están; de hecho, en camino a comenzar una nueva religión).

Un agente sobrenatural no necesita ser muy antropomórfico. El Jehová del Viejo Testamento es definitivamente una especie de hombre divino (no una mujer), que ve a través de ojos y escucha a través de oídos—y habla y actúa en tiempo real. (Dios esperó para ver lo que haría Job, y después le habló).

Muchos cristianos, judíos y musulmanes contemporáneos insisten en que Dios o Alá, siendo omnisciente, no tiene necesidad de nada parecido a los órganos de los sentidos; y siendo eterno, no actúa en tiempo real. Esto es desconcertante debido a que muchos de ellos continúan rezándole a Dios, para tener esperanzas de que Dios responda a sus plegarias mañana; para darle gracias a Dios por crear el universo; y para usar tales expresiones como: “Que sea lo que Dios quiera” y “Que Dios tenga piedad”. Actos que parecen estar en total contradicción a su insistencia de que su Dios no es en lo absoluto antropomórfico.

Conforme a una tradición de larga data, esta tensión entre Dios como agente y Dios como un ser eterno e inmutable, es una de esas cosas que simplemente están más allá de la comprensión humana; y sería tonto y arrogante tratar de entenderlo. Eso es como podría ser, y este tópico será cuidadosamente tratado más adelante en el libro, pero no podemos proceder con mi definición de religión (o cualquier otra definición, realmente) hasta que (tentativamente, pendiente de nueva iluminación) tengamos un poquito más claro el espectro de puntos de vista que es discernible a través de esta piadosa niebla de modesta incomprensión. Necesitamos buscar interpretaciones adicionales antes de que podamos decidir como clasificar a las doctrinas que estas personas sustentan.

Para algunas personas; rezar no es literalmente hablar con Dios sino más bien, una actividad “simbólica”; una forma de hablar consigo mismo sobre las más profundas preocupaciones de uno, expresadas metafóricamente. Es más bien parecido a comenzar un diario con “Querido diario”. Si lo que ellos llaman Dios no es realmente ante sus ojos, un agente que puede responder a las plegarias; aprobar, desaprobar y recibir sacrificios, y administrar castigos o perdones; entonces, aunque ellos puedan llamar Dios a este ser, y sentir una abrumadora reverencia por esto (no él), su credo, cualquiera que sea, no es realmente una religión conforme a mi definición. Es, quizás, un maravilloso (o terrible) sustituto de la religión, o una antigua religión, una cría de una religión genuina que porta muchas semblanzas de religión, pero que es; completamente, otra especie. 4

Para poder estar claros sobre lo que las religiones son, tendremos que permitir que algunas religiones puedan haberse convertido en cosas que ya no son religiones. Esto ciertamente ha ocurrido a prácticas y tradiciones particulares que acostumbraban ser partes de religiones genuinas. Los rituales de Halloween ya no son rituales religiosos; por lo menos en los Estados Unidos de América. Las personas que realizan grandes esfuerzos e incurren en gastos para participar en éste, no están, por ello, practicando una religión, aunque sus actividades pueden ser ubicadas en una clara línea de descendientes de prácticas religiosas. La creencia en Santa Claus también ha perdido su estatus de creencia religiosa.

Jack o’ Lantern (Calabaza hueca, y tallada, con una vela o luz artificial en su interior)
Un símbolo clásico de las actividades de Halloween

[Acotación del Traductor: Halloween es una tradición celebrada la noche del 31 de octubre, más notablemente por niños trajeados con disfraces que van de puerta en puerta exigiéndole a los residentes dulces, frutas y otros obsequios para niños so pena de hacerles una travesura, diciendo “trick or treat” (trato o travesura). Aparte de esto existen muchas otras tradicionales actividades de Halloween. Algunas incluyen fiestas de disfraces, mirar películas de horror, asistir a casas “embrujadas”, y tradicionales actividades de Otoño como paseos de placer; usualmente de noche, por un grupo de personas sobre un vagón o camión parcialmente lleno de pasto; algunos

de éstos también “embrujados”. Halloween se originó bajo un nombre diferente como un festival religioso pagano de los Celtas de Irlanda y Gran Bretaña; y los irlandeses, escoceses y galeses, y otros inmigrantes transportaron diferentes versiones de la tradición hasta América del Norte durante el siglo diecinueve. La mayoría de los otros países occidentales aceptó al Halloween como una parte de la cultura pop estadounidense a finales del siglo veinte. Fuente: http://en.wikipedia.org/wiki/Halloween ]

Santa Claus

Para otros, rezar es realmente hablar con Dios, quién (no lo que) realmente sí escucha y perdona. Su credo es una religión, conforme a mi definición, debido a que es parte de un mayor sistema social o comunidad, no una congregación de uno. En este sentido, mi definición está profundamente en contradicción con la de William James, quien definió a la religión como: “los sentimientos, actos y experiencias de los hombres individualmente en su soledad, siempre y cuando ellos conscientemente defiendan su relación con cualquier cosa que ellos puedan considerar divina” (1902, Pág. 31). Él no hubiera tenido dificultad en identificar a un creyente solitario como a una persona con una religión; él mismo era aparentemente uno de ellos.

William James
(1842-1910) Fue un pionero estadounidense en los campos de la sicología y la filosofía. Escribió libros influyentes sobre la incipiente ciencia de la sicología; la sicología educacional, la sicología de la experiencia religiosa y el misticismo; y la filosofía del pragmatismo. Fuente: http://en.wikipedia.org/wiki/William_James

Esta concentración en la experiencia religiosa individual y privada fue una escogencia táctica de James; él pensaba que los credos, los rituales, las vestimentas ornamentales, y las jerarquías políticas de la religión “organizada” eran una distracción del fenómeno raíz, y su camino táctico produjo maravillosos frutos, pero él difícilmente podía negar que esos factores sociales y culturales afectan enormemente el contenido y la estructura de la experiencia individual.

Hoy, existen razones para cambiar el microscopio psicológico de James por un telescopio social gran-angular, para observar a los factores a lo largo de grandes expansiones tanto de tiempo como de espacio, que le dan forma a las experiencias y a las acciones de las personas religiosas individualmente.

Pero, exactamente a como James podía difícilmente negar los factores sociales y culturales, yo difícilmente podría negar la existencia de individuos quienes muy sincera y devotamente, se consideran a sí mismos como solitarios comunicadores de lo que podríamos llamar religiones privadas. Típicamente, estas personas han tenido considerable experiencia con una o más de las religiones del mundo y han decidido no unírseles. Sin querer ignorarlas, pero necesitando distinguirlas a ellas de las muchas, mucho más típicas personas religiosas que se identifican a sí mismas con un credo o iglesia en particular, que tiene muchos otros miembros, debo llamarlas personas espirituales, pero no religiosas. Ellas son; si se quiere, como los vertebrados honorarios.

Existen muchas otras variantes a ser consideradas a su debido tiempo—por ejemplo, personas que rezan; y creen en la eficacia de la plegaria, pero no creen que esta eficacia es canalizada a través de un Dios agente que literalmente escucha la plegaria. Quiero posponer la consideración de todos estos asuntos hasta que tengamos un sentido más claro de donde surgieron estas doctrinas. El meollo del fenómeno de la religión; estoy proponiendo, invoca a dioses que son agentes efectivos en tiempo real, y quienes juegan un papel central en la forma en la cual los participantes piensan sobre lo que ellos deben hacer. Yo uso aquí la evasiva palabra “invoca” porque, como veremos en un posterior capítulo, la palabra estándar “creencia” tiende a distorsionar y a camuflar algunas de las características más interesantes de la religión.

Para ponerlo provocativamente, la creencia religiosa no siempre es creencia. ¿Y por qué debe buscarse la aprobación del agente o agentes sobrenaturales? Esta cláusula es incluida para distinguir a la religión de la “magia negra” de distintos tipos. Existen personas—muy pocas, realmente, aunque las jugosas leyendas urbanas sobre “cultos satánicos” nos llevarían a pensar lo contrario—que se consideran a sí mismas como capaces de comandar demonios con quienes ellas forman una especie de alianza non sancta. Estos (escasamente existentes) sistemas sociales están en los límites exteriores de la religión; pero yo pienso que es apropiado dejarlos afuera, debido a que nuestra intuición rechaza la idea de que las personas que se involucren en este tipo de falsedades sin valor merezcan el estatus especial de devotas. Lo que aparentemente sostiene el amplio respeto que se le otorga a las religiones de todos los tipos, es el sentido de que aquellos que son religiosos son bien intencionados, tratando de conducir vidas moralmente buenas, serias en su intención y deseo de no hacer maldad, y hacer enmiendas por sus trasgresiones. Alguien que sea ambos, tan egoísta y crédulo como para tratar de hacer un pacto con los agentes sobrenaturales de la maldad para hacer su camino en el mundo, vive en un mundo de caricaturas sobre superstición y no merece ese respeto. 5

CAPÍTULO TERCERO

Romper o No Romper

La Ciencia es como un indiscreto bocón que arruina una película al decirte como termina

—Ned Flanders (Personaje ficticio de la serie televisiva Los Simpsons)

Ned Flanders

Usted está en un concierto y sin aliento, escuchando a sus músicos favoritos en su gira de despedida, y la dulce música lo está elevando a usted, transportándolo lejos a otro lugar…y entonces el teléfono celular de alguien ¡comienza a repicar! Rompiendo el hechizo. Odioso, vil, inexcusable. Este desconsiderado idiota le ha arruinado a usted el concierto; le ha robado un precioso momento que nunca puede ser recuperado. ¡Cuán malvado es romper el hechizo de alguien! Yo no quiero ser esa persona con el teléfono celular, y estoy bien consciente de que para mucha gente pareceré estar cortejando precisamente ese destino al embarcarme en este libro.

El problema es que existen buenos hechizos y malos hechizos. ¡Si sólo una oportuna llamada telefónica pudiese haber interrumpido los procedimientos en Johannestown, Guyana en 1978, cuando el lunático reverendo Jim Jones le estaba ordenando a sus cientos de hechizados seguidores a cometer suicidio! ¡Si sólo nosotros pudiésemos haber roto el hechizo que incitó al culto japonés Aum Shinrikyo a difuminar gas Sarín en un metro de Tokio, asesinando a docenas de personas e hiriendo miles más! ¡Si sólo pudiésemos averiguar alguna forma de romper el hechizo que seduce a miles de pobres muchachos musulmanes a asistir a las fanáticas madrazas [escuelas religiosas musulmanas] donde son preparados para una vida de martirio asesino en vez de ser enseñados sobre el mundo moderno, sobre democracia, historia y ciencia! ¡Si sólo pudiésemos romper el hechizo que convence a algunos de nuestros compañeros ciudadanos que a ellos les manda Dios ponerle bombas a las clínicas abortivas!

Los cultos religiosos y los fanáticos políticos no son los únicos que lanzan hechizos malvados hoy. Piense en las personas que son adictas a las drogas; o al juego, o al alcohol, o a la pornografía infantil. Ellos necesitan toda la ayuda que puedan obtener, pero dudo que alguien sea partidario de cubrir a estos infatuados con un manto protector y regañarnos diciendo: “!Chitón! No rompas el hechizo!

Y la mejor forma de romper estos malos hechizos podría ser la de presentarle al hechizado un buen hechizo, un hechizo de dios, un evangelio. Puede que sí, y puede que no. Debemos tratar de averiguarlo. Quizás estamos en eso. Debemos inquirir si el mundo sería un mejor lugar si pudiésemos tronar nuestros dedos y curar también a los adictos al trabajo—pero ahora estoy entrando en aguas controversiales. Muchos adictos al trabajo afirmarán que la suya es una adicción benigna; útil a la sociedad y a sus seres queridos, y, de paso, insistirían ellos, es su derecho en una sociedad libre, seguir sus corazones a dondequiera que ellos los conduzcan, mientras no le hagan daño a nadie más.

El principio es inderrotable: los otros no tenemos derecho a entrometernos en sus prácticas privadas mientras estemos completamente seguros de que ellos no le están causando daño a otros. Pero se está haciendo más difícil y más difícil estar seguros de cuando ése es el caso.

Las personas se hacen a sí mismas dependientes de muchas cosas. Algunos piensan que no pueden vivir sin periódicos diarios y una prensa libre; mientras que otros piensan que no pueden vivir sin cigarrillos.

Algunos piensan que una vida sin música no valdría la pena vivirla; y otros piensan que una vida sin religión no valdría la pena vivirla. ¿Son todas éstas adicciones? ¿O son necesidades genuinas que debemos esforzarnos por preservar, a casi cualquier costo?

Eventualmente estamos obligados a llegar a preguntas sobre valores definitivos y ninguna investigación fáctica podría responderlas. En vez, no podemos hacer algo mejor que sentarnos y razonar juntos, un proceso político de persuasión mutua y educación que podemos tratar de conducir de buena fe.

Pero para poder hacer eso tenemos que saber entre cuales opciones estamos escogiendo, y necesitamos tener un claro recuento de las razones que pueden ser ofrecidas a favor y en contra de los diferentes puntos de vista de los participantes. Aquellos que se rehúsen a participar (porque ellos ya saben las respuestas en sus corazones) son; desde el punto de vista del resto de nosotros, una parte del problema. En vez de ser participantes en nuestro esfuerzo democrático de encontrar acuerdos entre nuestros compañeros seres humanos, ellos se colocan a sí mismos en el inventario de obstáculos a vencer; de una manera u otra.

Como con El Niño y el calentamiento global; no existen razones para tratar de discutir con ellos, y todas las razones para estudiarlos asiduamente; aunque a ellos les guste o no. Ellos podrían cambiar de parecer y reintegrase a nuestra congregación política, y asistirnos en la exploración de los fundamentos para sus actitudes y prácticas, pero sin importar que ellos lo hagan o no, es moralmente imperativo para nosotros, aprender todo lo que podamos sobre ellos, porque ellos ponen en riesgo lo que es más querido por nosotros.

Es el momento apropiado para que sometamos a la religión; como fenómeno global, a la más intensa de las investigaciones multidisciplinarias que podamos ensamblar, llamando a las mejores mentes del planeta. ¿Porqué? Porque la religión es demasiado importante para que permanezcamos ignorantes sobre ella. Ella afecta no sólo a nuestros conflictos sociales, políticos y económicos, sino también a los mismísimos significados que hallamos en nuestras vidas. Para muchas personas; probablemente para una mayoría de las personas de la Tierra, nada importa más que la religión. Por esta específica razón, es imperativo que aprendamos tanto como podamos sobre ella. Eso; en una cáscara de nuez, es el argumento de este libro.

¿Un examen exhaustivo e invasivo como ese, no dañaría al mismísimo fenómeno? ¿No podría éste romper el hechizo? Estas son buenas preguntas, y yo no se las respuestas. Nadie conoce las respuestas. Por eso es que hago las preguntas; para explorarlas cuidadosamente ahora, para que (1) no nos lancemos de cabeza hacia investigaciones que para todos nosotros sería mejor no llevar a cabo; y, sin olvidar eso (2) no escondamos los hechos a nosotros mismos, que podrían guiarnos hacia mejores vidas para todos.

La gente de este planeta se enfrenta a una terrible variedad de problemas—pobreza, hambre, enfermedad, opresión, la violencia de la guerra y el delito, y muchos más—y en el siglo veintiuno tenemos poderes sin paralelo para hacer algo sobre todos esos problemas. Pero ¿Qué debemos hacer?

Las buenas intenciones no bastan. Si aprendimos algo durante el siglo veinte; fue eso. Porque cometimos errores colosales con las mejores de nuestras intenciones. En las primeras décadas del siglo, el comunismo le parecía a millones de personas pensantes y bien intencionadas, como una bella y hasta obvia solución a la terrible injusticia que todos podemos ver, pero ellos estaban equivocados. Un error obscenamente costoso. La prohibición [de fabricar, comercializar y consumir alcohol en los Estados Unidos de América entre 1920 y 1933] también parecía una buena idea en la época; no sólo al intento de los puritanos hambrientos de poder, de imponerle sus gustos a sus compañeros ciudadanos, sino también para mucha gente decente que podía ver las terribles consecuencias del alcoholismo y se imaginaba que nada distinto a una prohibición absoluta sería suficiente. Se comprobó que ellos estaban equivocados; y nosotros todavía no nos hemos recuperado de todos los malos efectos que esa bien intencionada política puso en movimiento.

Hubo un tiempo; no hace mucho tiempo, cuando la idea de mantener a los negros y a los blancos en comunidades separadas; con servicios públicos separados, parecía como una solución razonable; para mucha gente sincera, del problema de discordia inter-racial. Se necesitó al Movimiento a Favor de los Derechos Civiles de los Estados Unidos de América y dolorosas y humillantes experiencias de Apartheid y su eventual desmantelamiento en Sudáfrica, para demostrar cuan equivocadas estaban esas bien intencionadas personas en haber creído en eso alguna vez.

Vergüenza para ellos; podría decir usted. Ellos deberían haber sabido mejor. Y ese es mi punto. Nosotros podemos llegar a saber mejor si hacemos nuestro mejor esfuerzo para averiguarlo; y no tenemos ninguna excusa para no intentarlo. ¿O sí la tenemos? ¿Existen algunos tópicos prohibidos; sin importar las consecuencias?

Hoy; miles de millones de personas oran por la paz; y a mí no me sorprendería si la mayoría de ellas creen con todo su corazón que el mejor camino para seguir hacia la paz en todo el mundo es un camino que pasa a través se su particular institución religiosa; ya sea el cristianismo, el judaísmo, el Islam, el hinduismo, el budismo, o alguno de los otros cientos de sistemas de religión. De hecho; muchas personas piensan que la mejor esperanza para la humanidad es que nosotros podamos unir a todas las religiones del mundo en una conversación mutuamente respetuosa y finalizar un acuerdo sobre como tratar la una a la otra. Ellos podrían tener razón; pero ellos no lo saben. El fervor de su creencia no es sustituto para una buena y firme evidencia; y la evidencia a favor de esta bella esperanza es difícilmente abrumadora.

De hecho, no es persuasiva en lo absoluto, ya que precisamente una equivalente cantidad de personas; aparentemente, cree sinceramente, que la paz mundial es menos importante, tanto en el corto como en el largo plazo, que el triunfo global sobre la competencia, de su religión particular.

Algunos ven a la religión, como la mejor esperanza para la paz, como a un bote salvavidas que no nos atrevemos a sacudir por miedo a volcarlo y a que todos perezcamos; y otros ven a la auto-identificación religiosa como la principal fuente de conflictos y violencia en el mundo, y creen tan fervientemente que las convicciones religiosas son un terrible sustituto para un razonamiento calmado e informado. Las buenas intenciones pavimentan ambos caminos.

¿Quién tiene la razón? Yo no lo se. Tampoco lo saben los miles de millones de personas con apasionadas convicciones religiosas. Tampoco aquellos ateos que están seguros de que el mundo sería un mejor lugar si se extinguieran todas las religiones.

Existe una asimetría: los ateos en general le dan la bienvenida al más intenso y objetivo examen de sus puntos de vista, prácticas y razones. (De hecho, su incesante demanda de auto-examen puede llegar a ser tediosa). Los religiosos; en contraste, se erizan a menudo ante esta impertinencia; la ausencia de respeto, el sacrilegio implicado por alguien que quiera investigar sus puntos de vista. Yo respetuosamente objeto: existe; de hecho, una antigua tradición a la cual ellos están apelando aquí, pero está equivocada y no debe permitirse que continúe. Éste hechizo debe ser roto, y roto ahora.

Aquellos que son religiosos y creen que la religión es la mejor esperanza para la humanidad, no pueden razonablemente esperar que aquellos de nosotros que somos escépticos nos refrenemos de expresar nuestras dudas si ellos no están dispuestos a colocar sus convicciones bajo el microscopio. Si ellos tienen la razón—especialmente si ellos tienen la razón obviamente, sobre reflexiones adicionales—nosotros los escépticos no sólo concederíamos eso, sino que nos uniríamos a su causa con entusiasmo.

Nosotros queremos que ellos (principalmente) digan que quieren: una paz mundial, con tan poco sufrimiento como podamos arreglar, con libertad, justicia, bienestar y significado para todos. Si el caso para su camino no puede ser construido, esto es algo que ellos mismos deberían querer saber. Es tan simple como eso. Ellos claman el terreno de la elevada moral; quizás ellos se lo merecen y quizás no. Averigüémoslo.

CAPÍTULO CUARTO

Mirando Profundamente Dentro del Abismo

La filosofía son preguntas que puede que nunca sean respondidas. La religión son respuestas que puede que nunca sean cuestionadas. —anónimo

El hechizo que yo digo que estamos obligados a romper, es el tabú en contra de una franca investigación científica sin restricciones de la religión como uno entre los muchos fenómenos naturales.

Pero ciertamente, una de las razones más urgentes y plausibles para resistirse a esta exigencia es el miedo a que si el hechizo es roto—si la religión es colocada bajo luces brillantes y bajo un microscopio—exista un serio riesgo de romper un hechizo diferente y más importante: el encantamiento enriquecedor de la vida de la religión en sí misma.

Si la interferencia causada por la investigación científica incapacita a las personas en alguna forma; convirtiéndolas en incapaces de los estados mentales que son los trampolines para las experiencias o convicciones religiosas, esto podría ser una terrible calamidad. Usted puede perder su virginidad sólo una vez; y algunos tienen miedo a que la imposición de demasiado conocimiento sobre algunos tópicos podría robarle su inocencia a la gente, incapacitando sus corazones mediante la expansión de sus mentes.

Para ver el problema, uno sólo tiene que reflexionar sobre el reciente abrumador ataque global de la tecnología y cultura secular occidental, barriendo a cientos de idiomas y culturas hasta la extinción en unas pocas generaciones. ¿No podría pasarle lo mismo a su religión? ¿No deberíamos alejarnos nosotros solos, por si acaso?.

Cuán arrogante sin sentido; dirían otros burlándose. La Palabra de Dios es invulnerable a las insignificantes incursiones de científicos entrometidos. La presunción de que infieles curiosos necesitan andar en puntillas para evitar molestar a los fieles, es risible; dicen ellos. Pero en este caso, no existiría ningún daño en mirar, ¿No es así? Y podríamos aprender algo importante.

El primer hechizo—el tabú—y el segundo hechizo—la religión en sí misma—están unidos en un curioso abrazo. Parte de la fortaleza del segundo podría ser—podría ser—la protección que recibe del primero.

Pero ¿Quién lo sabe? Si somos obligados por el primer hechizo a no investigar la posible unión causal, entonces el segundo hechizo tiene un conveniente escudo; ya sea que lo necesite o no.

La relación entre estos dos hechizos es vívidamente ilustrada en la encantadora fábula de Christian Andersen: “El Nuevo Traje del Emperador”. Algunas veces las falsedades y los mitos que son “sabiduría convencional”, pueden sobrevivir indefinidamente simplemente porque el prospecto de exponerlos es en sí mismo convertido en inconcebible o absurdo por un tabú. Una indefendible presunción mutua puede ser mantenida vigente durante años o siglos porque cada persona asume que alguien más tiene buenas razones para mantenerla y nadie se atreve a desafiarla.

[Acotación del traductor: El Nuevo Traje del Emperador es un cuento danés escrito por Hans Christian Andersen, publicado en 1837. El cuento es una fábula que transmite una advertencia moral: Simplemente porque todos crean que algo es cierto, no significa que lo es. Alternativamente, uno podría decirlo de esta otra manera: No existe tal cosa como una pregunta estúpida. Un resumen del cuento es el siguiente: “Hace muchos años vivió un Emperador que en promedio era un gobernante justo; con una excepción: a él le importaban demasiado sus vestimentas. Un día él escuchó de dos estafadores llamados Guido y Luigi Farabutto que ellos podían hacer los más finos trajes con la más bella de las telas. La tela; decían ellos, también tenía una capacidad especial: era invisible a cualquiera que fuese estúpido o no apto para su posición. Poniéndose un poco nervioso sobre si él no sería capaz de ver la tela, el Emperador primero envió a dos de sus hombres de confianza a verla. Por supuesto; ninguno de ellos admitió que no podía ver la tela, y la alabaron. Toda la gente del pueblo también había escuchado sobre la tela, y estaban interesados en saber cuán estúpidos eran sus vecinos. El Emperador entonces permitió que lo vistiesen con el traje para una procesión a través del pueblo; nunca admitiendo que él era demasiado inepto y estúpido para ver lo que estaba usando. Porque tenía miedo de que la gente del pueblo pensase que él era estúpido. Por supuesto, toda la gente del pueblo alabó con entusiasmo el magnífico traje del Emperador, por miedo a admitir que ellos no podían verlo, hasta que un niño pequeño dijo: “!Pero él no tiene nada puesto!”. Esto fue susurrado de persona a persona hasta que todos en la multitud gritaban que el Emperador no tenía nada puesto. El Emperador lo escuchó y sintió que ellos tenían la razón, pero mantuvo su cabeza en alto y finalizó la procesión” Fuente: http://en.wikipedia.org/wiki/The_Emperor%27s_New_Clothes ]

El Emperador en la procesión.

Hasta ahora, ha existido un acuerdo mutuo, largamente inescrutado, de que los científicos y otros investigadores dejarán tranquila a la religión, o restringirse a sí mismos a unas pocas miradas por el rabo del ojo; porque la gente se disgusta mucho ante el mero pensamiento de una indagación más intensa. Yo propongo interrumpir esa presunción, y que la examinemos.

Si nosotros no deberíamos estudiar en lo absoluto las entradas y salidas de la religión, quiero saber porqué, y quiero ver buenas razones apoyadas por hechos, no una apelación a la tradición que estoy rechazando. Si el tradicional manto de privacidad o “santuario” debe quedar en pie, debemos saber porqué lo estamos haciendo, porque un contundente caso puede ser demostrado, que prueba que estamos pagando un terrible precio por nuestra ignorancia.

Esto establece el orden del asunto: Primero, estamos obligados a mirar el asunto de si el primer hechizo—el tabú—debe ser roto. Por supuesto, al escribir y publicar este libro, estoy montando la pistola, saltando y tratando de romper el primer hechizo, porque alguien tiene que comenzar en alguna parte. Antes de continuar más allá, y posiblemente hacer peor las cosas, voy a hacer una pausa para defender mi decisión de tratar de romper el hechizo.

Habiendo montado mi defensa para comenzar el proyecto, ¡Voy a comenzar el proyecto! No respondiendo a las grandes preguntas que motivaron toda esta empresa, sino preguntándoles a ellos; tan cuidadosamente como puedo; señalando que nosotros ya sabemos como responderles, y demostrándoles porqué nosotros necesitamos responderles.

Yo soy un filósofo; no un biólogo, antropólogo, sociólogo, historiador o teólogo. Nosotros los filósofos somos mejores en hacer preguntas que en responderlas, y esto podría parecerle a algunas personas como una cómica admisión de futilidad—“Él dice que su especialidad es hacer preguntas, no responderlas. ¡Qué trabajo tan insignificante! y ¿Le pagan por eso?”, pero cualquiera que haya alguna vez atacado un problema verdaderamente duro, sabe que la tarea más difícil es hallar las preguntas correctas, y el orden correcto de hacerlas.

Usted tiene que averiguar no sólo lo que usted no sabe; sino también lo que necesita saber y lo que no necesita saber; y lo que necesita saber para poder averiguar lo que necesita saber, y así.

La forma que toman nuestras preguntas abren algunas avenidas y cierran otras; y no queremos malgastar tiempo ladrándole al árbol equivocado. Los filósofos; algunas veces, pueden ayudar en esta tarea, pero, por supuesto, ellos a menudo se atraviesan en la vía también. Entonces algún otro filósofo tiene que llegar a tratar de limpiar el desorden. A mí siempre me ha gustado la forma en que John Locke lo pone, en “Epístola al Lector”, al comienzo de su: Ensayo Concerniente al Entendimiento Humano (1690):

…ya es suficientemente ambicioso estar empleado como jornalero para aclarar el campo un poco, y remover algo de la basura que yace en el camino hacia el conocimiento—lo que ciertamente hubiese avanzado mucho más en el mundo, si las ocupaciones de los hombres ingeniosos e industriosos no hubiesen sido obstaculizadas por el ilustrado pero frívolo uso de términos torpes, no naturales e ininteligibles, incorporados a las ciencias, y de los cuales hicieron un arte, hasta el grado de que la Filosofía; que no es nada más que el verdadero conocimiento de las cosas, se pensó que era inadecuada o incapaz para ser tratada en la compañía de personas bien nacidas y en conversaciones decentes.

John Locke (1632-1704) Filósofo Británico

Otro de mis héroes filosóficos; William James, reconoció tan bien como cualquier otro filósofo, la importancia de enriquecer nuestra dieta de abstracciones filosóficas y de argumentos lógicos con grandes porciones de hechos comprobados, y exactamente hace cien años, él publicó su investigación clásica, Las Variedades de Experiencia Religiosa, que será citada a menudo en este libro, porque es un tesoro de valiosos argumentos y observaciones visionarias, pasados por alto demasiado a menudo en tiempos recientes, y comenzaré dándole un nuevo uso a un viejo relato que él recuenta:

Una historia que los predicadores revivalistas cuentan a menudo es aquella de un hombre que se halló a sí mismo una noche deslizándose hacia abajo por un lado de un precipicio. Finalmente él agarró una rama que detuvo su caída, y permaneció guindando de ella miserablemente durante horas. Pero finalmente sus dedos tuvieron que soltar su agarre, y con una desesperada despedida a la vida, él se dejó caer. Él cayó sólo seis pulgadas (15 centímetros) Si él hubiese renunciado antes a la lucha, hubiese evitado su agonía [James, 1902, p. 111]

Al igual que el predicador revivalista, Yo les digo a vuestras mercedes, ¡OH paisanos religiosos que temen romper el tabú: Suéltense! Suéltense! Ustedes ni siquiera notarán la caída! Mientras más pronto nos dispongamos a estudiar a la religión científicamente, más pronto vuestros profundos miedos serán apaciguados. Pero eso es solamente una petición, no un argumento, así que debo persistir con mi caso.

Yo solo les pido que traten de mantener una mente abierta y refrenarse de prejuzgar lo que digo porque soy un filósofo sin dios; mientras yo hago lo mejor que puedo para entenderlos a ustedes. (yo soy un bright. Mi ensayo “The Bright Stuff” (“El Brillante Asunto”) publicado en The New York Times el 12 de julio de 2003, llamó la atención hacia los esfuerzos de algunos agnósticos, ateos, y otros partidarios del naturalismo para acuñar un nuevo término para designarnos a nosotros; los no creyentes, y la enorme respuesta positiva a ese ensayo ayudó a persuadirme a escribir este libro.

También hubo respuestas negativas, mayormente objetando el término que había sido escogido [no por mí]: bright (brillante), que pareció implicar que los otros eran dim (opacos) o estúpidos. Pero el término, modelado en base al altamente exitoso secuestro de la ordinaria palabra gay (alegre) por los homosexuales, no tiene porqué tener esa implicación. Aquellos que no son gays (homosexuales) no son necesariamente glum (melancólicos); ellos son straight (derechos, rectos). Aquellos que no son brights (no creyentes) no son necesariamente dim (opacos).

Ellos podrían querer escoger un nombre para ellos mismos. Debido a que, a diferencia de nosotros los brights, ellos creen en lo sobrenatural, quizás ellos querrían llamarse a sí mismos supers (muy buenos; de primera clase, excelentes). Es una palabra simpática con connotaciones positivas. Algunas personas no se asociarían voluntariamente con alguien que fuese genuinamente gay, y otras no leerían voluntariamente un libro escrito por alguien que fuese abiertamente bright . Pero siempre hay una primera vez para todo. Inténtelo. Usted siempre puede retractarse si se hace muy ofensivo).

[Acotación del traductor: La palabra inglesa super tiene muchos otros significados adicionales a “muy bueno; de primera clase y excelente”, también es usada muy comúnmente en los Estados Unidos de América, para decir: “Conserje”, en este caso super abrevia a la palabra superintendent (Conserje)]

Como usted puede ver ya, esto va a ser algo parecido a un paseo en una montaña rusa para ambos. He entrevistado a muchas personas profundamente religiosas en los últimos años, y la mayoría de estos voluntarios nunca había conversado con alguien como yo sobre tales tópicos (y yo; ciertamente, nunca antes había intentado mencionar tópicos tan delicados a personas tan distintas a mí), así que ocurrieron más de una sorpresa extraña y embarazosas mal interpretaciones. Aprendí un montón; pero a pesar de mis mejores esfuerzos, sin duda enfureceré a mis lectores, mostraré mi ignorancia en asuntos que ellos consideran de la mayor importancia.

Esto les proporcionará a ellos una conveniente razón para descartar mi libro sin considerar en cuales puntos específicamente de éste, ellos no están de acuerdo ni porqué.

Les pido que resistan escondidos tras esta razón y que se mantengan vigilantes. Ellos aprenderán algo, y quizás entonces puedan ser capaces de enseñarnos algo a todos nosotros.

Algunas personas piensan que es profundamente inmoral hasta ¡considerar leer un libro como éste! Para ellos, preguntarse si ellos deberían leerlo sería tan vergonzoso como preguntarse si deberían ver una cinta de video pornográfica. El psicólogo Philip Tetlock (1999, 2003, 2004) identifica valores como sagrado cuando ellos son tan importantes para aquellos que los mantienen, que el mismísimo acto de considerar indagar sobre ellos, es ofensivo.

El comediante Jack Benny fue famosamente pichirre—o por lo menos así se presentaba él en radio y televisión—y una de sus mejores piezas era el chiste en el cual un atracador le coloca un arma en su espalda y ruge: “!Tú dinero o tu vida!”. Benny se mantiene en silencio. “!Tú dinero o tu vida!”, repite el atracador con creciente impaciencia. “Estoy pensando, estoy pensando”, responde Benny.

Esto es chistoso porque la mayoría de nosotros—religiosos o no—piensa que nadie ni siquiera debería pensar tal intercambio. Nadie tendría que pensar sobre tal intercambio. Debería ser impensable. Algo para lo cual no se necesita tener cerebro. La vida es sagrada; y ninguna cantidad de dinero sería un intercambio justo por una vida, y si usted todavía no sabe eso, ¿Qué le pasa a usted?. “Transgredir este límite; asignarle un valor monetario a las amistades, o a los hijos de uno; o a la lealtad a nuestro país, es descalificarse uno mismo para los roles sociales acompañantes” (Tetlock, et al., 2004, p. 5) Eso es lo que hace a la vida un valor sagrado.

Tetlock y sus colegas han conducido experimentos ingeniosos (y algunas veces preocupantes) en los cuales los sujetos son obligados a considerar “intercambios tabú” como comprar o no partes humanas vivas para alguna finalidad valiosa. O pagarle a alguien para que tenga un bebé que usted criará después; o pagarle a alguien para que haga el servicio militar por usted.

Como predice su modelo, muchos sujetos exhiben un “efecto meramente contemplativo”: ellos se sienten culpables ante tan atrevidas opciones; aún cuando toman las decisiones correctas. Cuando los experimentadores les proporcionan la oportunidad de involucrarse en “limpieza moral” (presentarse como voluntario para algún servicio comunitario relevante; por ejemplo), los sujetos que tuvieron que pensar sobre intercambios tabú fueron más probables de ofrecerse como voluntarios que los sujetos de control—en la vida real—para tales buenas acciones. (a los sujetos de control se les había pedido que pensaran sólo en intercambios seculares, como si debían darle empleo a una persona de limpieza; o comprar alimentos a cambio de algo más).

Así que este libro podría hacer algún bien simplemente incrementando el nivel caritativo ¡en aquellos que se sientan culpables por leerlo!. Si usted se siente contaminado por leer este libro; quizás se sienta resentido, pero también más ansioso de lo que estaría de otra forma, para deshacerse de ese resentimiento involucrándose en alguna forma de limpieza moral. Y yo espero que sí, ¡y usted no necesita agradecerme por haberlo inspirado!.

A pesar de las connotaciones religiosas del término; hasta los ateos y agnósticos pueden tener valores sagrados; valores que simplemente no pueden ser reevaluados en lo absoluto. Yo tengo valores sagrados—en el sentido en que me siento vagamente culpable hasta por pensar si son defendibles y nunca consideraría abandonarlos (¡pienso yo!) en el transcurso de resolver un dilema.

Mis valores sagrados son obvios y completamente ecuménicos: democracia, justicia, vida, amor, y verdad (en orden alfabético—en inglés—). Pero debido a que soy un filósofo, he aprendido a echar a un lado el vértigo y la vergüenza y a preguntarme a mí mismo, qué los soporta; aún a ellos, al final y en qué debe cederse cuando entran en conflicto, y ellos lo hacen a menudo trágicamente; y si existen mejores alternativas.

Es esta tradicional mente abierta de los filósofos hacia toda idea, lo que algunas personas encuentran como inmoral en sí misma. Ellas piensan que ellos deberían ser de mente cerrada en cuanto a ciertos tópicos. Ellas saben que comparten el planeta con otros que no están de acuerdo con ellas, pero ellas no quieren entrar en un diálogo con esos otros. Ellas quieren desacreditar, suprimir, o hasta matar a esos otros. Mientras yo reconozco que muchas personas religiosas nunca podrían atreverse a leer un libro como éste—ese es parte del problema que este libro quiere ilustrar—intento llegar a una audiencia de creyentes tan amplia como sea posible. Otros autores han escrito recientemente excelentes libros y artículos sobre el análisis científico de la religión que están dirigidos primariamente a sus compañeros académicos. Mi objetivo aquí es desempeñar el papel de embajador; presentando (y distinguiendo, criticando y defendiendo) las ideas principales de esa literatura. Esto pone a trabajar mis valores sagrados:

Quiero que las soluciones a los problemas mundiales sean tan democráticas y justas como sea posible; y tanto la democracia como la justicia dependen de llegar a la mesa [de diálogo] para que todos vean tanto de la verdad como sea posible; manteniendo en mente, que algunas veces la verdad hiere, y en consecuencia algunas veces debe ocultarse por amor a aquellos que sufrirían si fuese revelada. Pero estoy preparado para considerar alternativas y a reconsiderar las prioridades que encuentro entre las propias.

CAPÍTULO QUINTO

La Religión Como Fenómeno Natural

Cómo en toda indagación que considera que la religión es de la máxima importancia, existen dos preguntas en particular que demandan nuestra atención, ellas son, la concerniente a su fundamentación en la razón y la concerniente a su origen en la naturaleza humana.

—David Hume: La Historia Natural de la Religión

David Hume (1711-1776)
Filósofo, Economista e Historiador Escocés
Una de las figuras más importantes de la Filosofía Occidental

¿Qué quiero decir yo cuando hablo de la religión como un fenómeno natural?
Podría querer decir que es como los alimentos naturales—no tan sabrosa pero saludable, inalterada, “orgánica”. (ese, por lo menos, es el mito). Así que: ¿Quiero decir yo: “!La religión es saludable; es buena para usted!? Esto podría ser cierto, pero no es lo que yo quiero decir.

Podría querer decir que la religión no es un artefacto, que no es un producto de la actividad intelectual humana. Estornudar y eructar son naturales; recitar sonetos no lo es; andar desnudo—au naturel—es natural; andar vestido no lo es.

Pero es obviamente falso que la religión sea natural en este sentido. Las religiones son trasmitidas culturalmente, a través del lenguaje y el simbolismo, no a través de los genes.

Usted puede heredar la nariz de su padre y la habilidad musical de su madre a través de los genes; pero si usted hereda su religión de sus padres, la hereda en la forma en la que hereda el idioma, durante la crianza. Así que; por supuesto, eso no es lo que yo quiero decir con natural.

Con un énfasis ligeramente diferente, yo podría significar que la religión está haciendo lo que ocurre naturalmente; no un gusto adquirido ni un gusto sofisticado o educado. En este sentido, hablar es natural pero escribir no lo es; tomar leche es natural pero tomar un Martini Seco no lo es; escuchar música entonada es natural pero escuchar música desentonada no lo es; observar las puestas del sol es natural pero observar una de las últimas pinturas de Picasso no lo es. Existe algo de verdad en esto: la religión no es un acto innatural, y éste será un tópico explorado en este libro. Pero eso no es lo que quiero decir.

Martini Seco clásico
5 partes de Ginebra Pablo Picasso
1 parte de Vermouth
y una aceituna

Guernica de Pablo Picasso

Yo quiero decir que la religión es natural en oposición a sobrenatural, que es un fenómeno humano compuesto de eventos, organismos, objetos, estructuras, patrones, y lo parecido, todos obedeciendo las leyes de la física o la biología; y en consecuencia no involucra a los milagros.

Y eso es lo que quiero decir.

Note que podría ser cierto que Dios exista, que Dios de hecho sea el amoroso, inteligente y consciente creador de todos nosotros, y aún así todavía la religión en sí misma; como un complejo conjunto de fenómenos, es perfectamente un fenómeno natural. Nadie pensaría que esta presuponiendo el ateísmo para escribir un libro subtitulado Los Deportes como un Fenómeno Natural, o El Cáncer como un Fenómeno Natural.

Tanto los deportes como el cáncer son ampliamente reconocidos como fenómenos naturales, no sobrenaturales; a pesar de las bien conocidas exageraciones de varios promotores. (estoy pensando; por ejemplo, en dos famosos pases de touchdown, respectivamente conocidos como Salve María y la Inmaculada Recepción, para no decir nada de los trompeteos semanales de investigadores y clínicas de todo el mundo sobre una u otra cura “milagrosa” del cáncer).

[Acotación del Traductor: Touchdown: Se denomina así en el Fútbol estadounidense al acto o instancia de anotar seis puntos por estar en posesión del balón sobre o detrás de la línea de gol del oponente. Fuente: http://dictionary.reference.com/browse/touchdown ]

Los deportes y el cáncer son sujetos a intenso escrutinio científico por parte de investigadores de muchas disciplinas y que mantienen diferentes puntos de vista religiosos.

El Capitán (Quarterback) de Los Cuernos Largos de Texas; Vince Young (al centro de la foto—agarrando el balón contra su pecho—) carga hacia delante para un touchdown en contra de Colorado en la Gran 12a Conferencia del Campeonato de Fútbol Universitario Estadounidense de 2005. El poste amarillo es una parte de la línea de gol. Fuente: http://en.wikipedia.org/wiki/Touchdown ]

Todos ellos asumen; tentativamente, y a favor de la ciencia, que los fenómenos que ellos están estudiando son todos fenómenos naturales. Esto no prejuzga el veredicto de que ellos lo sean. Quizás existan milagros deportivos que realmente desafíen las leyes de la naturaleza. Quizás algunas curas del cáncer son milagros. Si es así; la única esperanza de demostrarle eso alguna vez, a un mundo que duda, sería adoptando el método científico; con sus asunciones de que los milagros no existen, y demostrando que la ciencia fue ultimadamente incapaz de explicar el fenómeno. Los cazadores de milagros están obligados a ser científicos escrupulosos; porque si no lo son, ellos están perdiendo su tiempo—un punto largamente reconocido por la Iglesia Católica Romana; la que por lo menos pasa por las acciones de someter a las afirmaciones sobre milagros hechas en nombre de los candidatos a la santidad, a objetivas investigaciones científicas.

Así que; ninguna persona profundamente religiosa debería objetar el estudio científico de la religión, con la presunción de que es un fenómeno enteramente natural. Si no es enteramente natural, si realmente hay milagros involucrados, la mejor forma—de hecho, para demostrarle eso a quienes dudan sería demostrarlo científicamente. Rehusarse a jugar bajo estas reglas solo crea las sospechas que uno realmente no cree que la religión sea sobrenatural, después de todo.

Al asumir que la religión es un fenómeno natural, no estoy prejuzgando su valor para la vida humana, en una forma u otra. La religión; al igual que el amor y la música, es natural. Pero también lo son fumar, la guerra y la muerte. En este sentido de natural, todo lo que es artificial ¡es natural!. La Represa de Aswan no es menos natural que la represa de un castor; y la belleza de un rascacielos, no es menos natural que una puesta del Sol.

Represa de Aswan (Río Nilo) Represa construida por un castor Castor
Foto satelital de la NASA

Rascacielos Puesta del Sol

Las ciencias naturales toman como su campo, todo lo que está en la naturaleza; y eso incluye tanto a las selvas como a las ciudades; las aves y los aeroplanos, lo bueno y lo malo, lo feo, lo insignificante, y a lo más importante también.

Hace más de doscientos años, David Hume, escribió dos libros sobre religión. Uno fue sobre la religión como fenómeno natural, y la oración de apertura es el epígrafe de esta sección. El otro fue sobre la “fundamentación en la razón” de la religión; su famoso Diálogos Concernientes a la Religión Natural (1779). Hume quería considerar si existía una buena razón—cualquier razón científica, podemos decir—para creer en Dios. La religión natural para Hume, sería un credo que estuviese tan bien soportado por evidencias y argumentos, como la teoría de gravedad de Newton o la geometría plana. Él la contrastó con la religión revelada, que dependía de revelaciones de experiencias místicas u otros caminos extra-científicos hacia la convicción.

Yo le di a los Diálogos de Hume, un lugar de honor en mi libro de 1995 La Peligrosa Idea de Darwin—Hume es todavía uno de mis héroes—por lo que usted puede pensar que intento seguir este asunto más adelante en este libro; pero, de hecho, esa no es mi intención. Esta vez estoy usando el otro camino de Hume.

Los filósofos han gastado dos milenios y más diseñando y criticando argumentos a favor de la existencia de Dios, como el Argumento del Diseño y el Argumento Ontológico; y argumentos en contra de la existencia de Dios, como el Argumento de la Maldad.

La mayoría de nosotros; los brights, hemos dedicado tiempo y energía considerables en algún momento de nuestras vidas para mirar los argumentos a favor y en contra de la existencia de Dios, y muchos brights continúan estudiando estos asuntos golpeando fuertemente a los argumentos de los creyentes como si ellos estuviesen tratando de refutar una teoría científica rival, pero yo no.

Yo decidí hace algún tiempo que las ganancias decrecientes se habían instalado en los argumentos sobre la existencia de Dios, y dudo que algún extraordinario progreso esté en puerta; de cualquiera de los lados. Además, muchas personas profundamente religiosas insisten en que todos esos argumentos pasan por alto totalmente el punto de la religión; y su demostrada falta de interés en los argumentos me persuade a mí sobre su sinceridad. Bien. Así que; entones, ¿Cuál es el punto de la religión?.

[Acotación del Traductor: Cuando el Autor menciona a las ganancias decrecientes, se refiere al concepto económico del mismo nombre. Es la abreviatura de Ganancias Marginales Decrecientes; y quiere decir que en un sistema de producción que posea ingresos fijos y variables, mantener constantes a los ingresos fijos mientras se aumentan los ingresos variables, cada unidad adicional de ingreso produce menos y menos egresos (ganancias). Este concepto también es conocido como la Ley del Creciente Costo de Oportunidad o como la Ley De Ganancias Decrecientes. Aunque es ostensiblemente un concepto puramente económico, la disminución de las ganancias marginales aparece en alguna forma en otros y en la mayoría de los campos de actividad humana; especialmente en los campos de las ciencias físicas y en ingeniería. Como tal, es probablemente, el principio económico mejor conocido. Fuente:
http://en.wikipedia.org/wiki/Diminishing_returns ]

¿Qué es este fenómeno o conjunto de fenómenos que significa tanto para tantas personas; y porqué—y cómo—comanda adherencia y le da forma a tantas vidas tan fuertemente?.

Esta es la principal pregunta a la que me referiré aquí; y una vez que hayamos sorteado y clarificado (no establecido) algunas de las conflictivas respuestas a esta pregunta; esto nos proporcionará una novedosa perspectiva desde la cual mirar; brevemente, al tradicional asunto filosófico que algunas personas insisten que es el único asunto: si existen o no buenas razones para creer en Dios.

Aquellos que insisten en que ellos saben que Dios existe y que pueden probarlo tendrán su oportunidad en el tribunal. 6

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