Opinión Nacional

Ruge, león, ruge…

Si algo sorprende de la política venezolana es la inundación de estupideces,
la catarata de sandeces y necedades, la producción incontinente de
babiecadas. Este régimen que padecemos se destaca por estar dirigido por
personas que definitivamente sufren frecuentes ataques de urticaria
intelectual. Es decir, esta gente razona y actúa como si en sus pensaderas
se anidaran toda suerte de bacterias, bichos y virus que producen
cortocircuitos en sus neuronas. No se trata simplemente de torpezas e
incongruencias más o menos tolerables. No, la cosa es de Ripley. Ahora les
ha dado, nada menos y nada más, que por meterse con el león de Caracas. Y ahí andan los ediles planteando, con cara seria y todo, y como si en esta
ciudad no hubiera abundancia de asuntos graves que atender, que el león, sus patas, su melena y su rugido, sobran en el escudo. Sólo eso faltaba.

Cuestión de querer comerse la historia en caldo de ñame. Porque hay una gran
verdad: la ignorancia es atrevida, y la idiotez no conoce de linderos e
inhibiciones.

Entonces cabe educarlos, incluso al flamante Ministro Istúriz, hoy a cargo
de la cartera de Educación, y que alguna vez fuera Alcalde de esta ciudad.

Lo hago con el respeto de quien sin ser caraqueña, se despierta todos los
días consciente de ser habitante de Santiago de León de Caracas.

Vamos con calma, despacito, a ver si logramos que algo entre en el cacumen
de los ediles revolucionarios. Esta villa que nos hospeda se dice fue
fundada un 25 de julio, por allá por 1567, por un tal Don Diego de Losada.

El santoral ese día marcaba Santiago, el apóstol, el peregrino, el
caminante, quien andaba por ahí con un báculo cargado de conchitas, pero
nunca tuvo ni tan siquiera un gatico doméstico.

La voz «Caracas» se debe a que fue con esta familia de indios con la que
primero se topó Don Diego al arribar al valle, si bien había otras tribus
como los Toromaymas, Aruacos, Teques, Guayqueríes, Meregotos, Mariches,
Taramas, Guarenas, Chagaragatos. Los Caracas deben su nombre al bledo o
amaranto con el que se alimentaban, y que llamaban «caraca».

Lo del felino, el hermoso león de abundante melena, se debe a una cuestión
de cortesía, de gentileza, o quizás de jalabolismo, dirán algunos, ya que
había sido el gobernador de la provincia, don Pedro Ponce de León, quien
ordenó al capitán Diego de Losada que fuera a pacificar a la villa de
Collado y al valle de San Francisco, donde había varios indios alzados. Hace
entonces lo propio y le cambia a Collado el nombre por el de Nuestra Señora
de Caraballeda, y en el valle de San Francisco, dado por Francisco Fajardo,
quien lo había abandonado, funda la población de Santiago de León de
Caracas. Entiendan bien entonces los ediles revolucionarios, los que todo lo
quieren cambiar en un ejercicio contante del maquillaje al que son tan
afectos – que no al trabajo – que la cosa es así: Santiago por el apóstol;
«de León», por la procedente jalada de bola a Ponce de León (visto está que
el jalabolismo lo tenemos en nuestro código genético); «Caracas» por los
indios que andaban por ahí encuerados, más calientes que plancha de chino, y
atragantándose de «caraca». Repito, Santiago andaba con un bastón, le echó
la pata pareja, pero no tenía mascota, y mucho menos un feroz felino. Era un
peregrino, un evangelizador, un hombre de la buena nueva, no un ensayo de
Tarzán.

En el mundo existen muchas ciudades bautizadas en honor a Santiago: ahí
está, por supuesto, Santiago de Compostela; y también Santiago de Cali,
Santiago de Chile, Santiago Chiquinahuitle, Santiago de los Caballeros de
Mérida, Santiago del Estero, Santiago de Querétaro, Santiago de los
Caballeros, Santiago del Teide, Santiago de Cao, Santiago de Cuba, y
muchísimas otras. Pero la única que se llama «Santiago de Léon» es Caracas,
capital de Venezuela. Ah, y apuesto fuertes a morisquetas a que buena parte
de los edilicios no tienen ni la más zorra idea de dónde quedan las
mencionadas villas.

Estas líneas se publican en Notitarde, diario de Valencia del Rey, hogar de
los Navegantes del Magallanes. Los millones de magallaneros comprenderán
entonces que la cosa no es leve, pues segura estoy que sabrán entender que
si los ediles caraqueños proceden a despojar a Caracas de su gatote, ello
sería una afrenta a sus eternos rivales, los Leones del Caracas, a quienes
confrontan pero miran con altura, como debe ser. Bien saben los magallaneros
que la rivalidad seria y profesional implica respeto por el oponente. Pero
voy más allá, si a Caracas le quitan su león, ¿cómo queda el equipo de
béisbol, qué hacemos con los millones de franelas y gorras? ¿Adónde irá
parar el rugido del león que se escucha en cada encuentro? ¿Y la
cancioncita: «León, león, león…»?
A Santiago de León de Caracas la ataca la basura, el desempleo, la
contaminación, la miseria, la indigencia, la inseguridad. En Santiago de
León de Caracas millones de habitantes con estoicidad tratan de sobrevivir a
la falta de servicios públicos, a la delincuencia, al sucio, a la impunidad,
al caos, y a la ausencia de escrúpulos. Y estos tipos apoltronados en las
curules edilicias, en lugar de dedicarse al trabajo para el que fueron
electos, no se les ocurre nada más genial que pretender desmelenar al león
de Caracas. Vaya regalito para la sultana en su cuatrocientos treinta y
cinco aniversario.

Francamente, aquí es donde hay que tener en la punta de la lengua la frase
«¡Reconócelos, pueblo!».

Ruge, león, ruge… que parafraseando el dicho, donde ruge el león no hay
burro con reumatismo.

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