Opinión Nacional

Sabotaje

Asistimos a la desnaturalización del Estado en Venezuela. Entre los escombros que van quedando de la arquitectura institucional, se perfilan al menos, tres razones (o sin razones), de dicha situación.

En el peculiar juego del poder, intereses y desintereses, usos y abusos en que ha devenido la política patria, la personalización avanza indetenible en el espacio de lo público, consolidando las bases del nuevo Estado-Gobierno-Caudillo, atado paulatinamente no a proyectos ni a planes de desarrollo, sino al humor, arrebatos, caprichos, elucubraciones y delirios del ciudadano Presidente de la República.

El secular presidencialismo históricamente característico de América Latina, es hoy el terreno fértil para el ejercicio de un gobierno que responde a una sola voz, a un solo silencio y a la voluntad de un individuo.

La desnaturalización se cuela también, entre las rendijas de la intolerancia y la exclusión, asumiendo ribetes fascistas teñidos de rojo, como rasgos de una “revolución” que olvidó, que más allá de cualquier cambio o transformación societal deseada, un país es un pacto de convivencia, un proyecto compartido, un contrato social convenido y aceptado, no impuesto, no decretado o a juro y porque sí. Hoy el Estado-Gobierno-Caudillo, no sólo ha olvidado su razón de ser y hacer constitucional, sino que crea y refuerza cada día ghettos, reductos de perseguidos, espacios de ciudadanos acorralados y criminalizados por el solo hecho de disentir del proyecto “revolucionario”.

El tercer argumento percibido, que ni es el último ni el definitivo pero si el más novedoso, dentro de la desnaturalización del Estado venezolano, confiere a la lógica actual del ejercicio del poder en el país un matiz delincuencial, rayano en el terrorismo de Estado, y en el más grande contrasentido de cualquier sistema político que aspire a la categoría de “democrático”.

Detenido en el avance de su proyecto político por la presencia de sectores críticos, alternativos u opositores en gobernaciones y alcaldías, el Estado-Gobierno-Caudillo, en el marco de un creciente cuadro confrontacional, incorpora en su caja de herramientas políticas el sabotaje.

La “revolución” desprecia a todos los venezolanos, obviamente seres inferiores y desechables, que votaron por opciones diferentes a las oficialistas, en las pasadas elecciones regionales, asumiendo el triunfo del 15-F como una patente de corso para “vengar” la afrenta de quienes se oponen o disienten de su proyecto.

La voluntad popular, expresada en la lectura de los resultados electorales, revela así la existencia de dos países, cada vez más irreconciliables a medida que aumenta la radicalización de quienes hoy detentan el poder y que, sencillamente, no admiten ni reconocen ninguna voz en contrario, mucho menos la legitimidad de gobernadores o alcaldes de signo distinto al del Presidente.

Para materializar el anhelado “socialismo del siglo XXI”, recurre la élite gobernante al sabotaje, al cerco judicial y presupuestario a administraciones regionales y locales, a una re-centralización que hace añicos la letra constitucional según la cual Venezuela es un Estado Federal y descentralizado, convirtiendo en cascarones vacíos a Gobernaciones y Alcaldías, despedazando el valioso experimento social y democrático representado por la descentralización.

Las víctimas del sabotaje que como estrategia anti-natura y de manera irracional lleva a cabo el Jefe del Estado en contra de algunos mandatarios regionales y locales, no son en modo alguno ellos, sino los habitantes de cada ciudad, de cada entidad federal que sólo aspiran a vivir en paz y ver mejoras en las condiciones de vida, y en la infraestructura de servicios públicos de su comunidad y entorno inmediato.

Navegamos en aguas polarizadas, y habitamos islas del miedo. Ojala no naufraguemos, salpicados de tanto sabotaje a la razón, en el sueño hecho travesía de una sociedad medianamente democrática y civilizada.

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