Opinión Nacional

Salam

Me lo topé por azar en el bufet del Hotel Nacional. A juzgar por su barba a lo Miguel Bosé, su traje gris y su descuidada camisa de vestir, formaba parte de la delegación iraní que acababa de llegar en visita oficial a La Habana procedente, como yo, de Caracas. Ensayando mi mejor sonrisa de turista solidario le pregunté en un inglés más bien macarrónico y percudido: ¿how did you find my country, Venezuela ¡Awfull! me respondió, con esa cara de pocos amigos que conocemos del Ayatola Jomeini en sus peores diatribas contra Salman Rushdie. Too much poor people demasiada miseria, me contestó. Y me dejó con la réplica en la boca, dirigiéndose a una mesa colmada de aparentes facinerosos con ojeras de fanáticos muslimes dedicados a deshuesar una pata de cordero especialmente preparada para ellos, que no comen cochino, según se me disculpó el atento mesonero cubano.

Me avinagró el almuerzo. Como la observación venía de un funcionario gubernamental de un país que no se caracteriza precisamente por su altísimo nivel de desarrollo, a no ser en asuntos de teología y prácticas musulmanas, y tampoco es que en Islamabad no existan pobres de solemnidad, y como además el ingreso per capita del país que se escapó hace un suspiro de la satrapía de Rehza Pavlevi es de 1770 dólares mientras que el nuestro es de 3,500, me sentí cuando menos desorientado. Si la observación hubiera venido de una institutriz danesa o de un pastor protestante londinense me hubiera sentido avergonzado. Pero que un cachicamo persa le espete:¡conchudo! a un tímido morrocoy venezolano me pareció una franca muestra de descortesía. ¿Así son las relaciones diplomáticas entre los hermanos de la OPEP?

Mientras observaba al desaliñado grupo de observantes del Corán despacharse un condumio de cualidades y proporciones más bien modestas sabido es que en La Habana son escasísimos aquellos mortales que han visto en vida un bife de res reflexioné sobre la inutilidad de ser tan espléndidos en la organización y dispensa de nuestras cumbres. ¡Cuánto tequeño no se habrá despachado el avinagrado diplomático iraní comentando la miseria de San Agustín del Sur, allí a pate mingo de la suite del Hilton en que acampaba junto a su caravana! ¡Cuánto abrazo amoscado no habrá recibido del afectuosísimo Hugo Chávez Frías mientras se atragantaba con un pedazo de chivo coriano, suficientemente adobado en leche de coco! ¡Cuánta pierna y nalga deslumbrantes no habrá deseado de soslayo, mientras rechazaba extenderle la mano a las emancipadas y por ello mismo atareadísimas féminas de la cancillería! Pero nuestro buen hermano persa no vio nada de eso: ni la espléndida hospitalidad, ni los loables esfuerzos por fortalecer la OPEP que en excelente lid llevan adelante el presidente y su ministro de energía. De Venezuela sólo vio la miseria. El refranero castellano habla de aquellos con ojos de lince para ver la paja en el ojo ajeno, sorprendentemente ciegos de bola ante la propia viga.

Pero bueno es tener presente la observación de nuestro pequeño ayatola. Hay veces en que más vale la sobriedad y el ascetismo a la esplendidez y el derroche. El próximo encuentro con el integrismo islámico debiera celebrarse en Los Caracas, sin una sola minifalda en rededor y comiendo según los usos de nuestros congéneres de la OPEP, sentados en el suelo y a mano limpia. Además: el integrismo revolucionario no el islámico, sino el nuestro caribeño- está pendiente de los Air Bus del presidente. Fidel jamás llegó a tal derroche, se me dijo en La Habana. Solía arriesgar su vida en un destartalado Iluschin. Es el rollo de ser un César: estamos obligados a parecerlo.

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