Opinión Nacional

Salmon Noruego con Jon-Kare Schultz

No todas las llaves abren puertas. Pero las verbales sí y son prodigiosas. La situación de parquedad y lejanía se vuelve trizas en un instante que podríamos calificar de mágico, esa otra palabra clave a la que atribuimos toda suerte de milagro cotidiano. Me pasó con frecuencia durante las últimas vacaciones en países donde los tópicos tradicionales, los de toda la vida, indicaban lo contrario de lo que experimenté recientemente. Por ejemplo, los franceses, concretamente los parisinos, gozan de fama de mal encarados, poco comunicativos, malos administradores del estrés cotidiano. Me pregunto ¿en cual urbe de varios millones de personas se controlará mejor esa enfermedad contemporánea? Esta vez detecté cambios considerables que sin duda irán actualizando las ideas y los clichés que justa o injustamente nos hacemos de los “otros”. Y aunque lo duden, aún subsiste en algunas mentes la imagen del mexicano durmiendo la siesta más prolongada del planeta, enfundado en un jorongo colorido y con la cabeza hundida en un enorme sombrero. Claro que irrita sobremanera que nos pinten como haraganes. Pasan cosas similares con cada pueblo, pero sobre todo con culturas emblemáticas. No lo tengo a la mano para referirlo en detalle, pero en alguna parte de mi biblioteca descansa un estudio que juega con los lugares comunes que los europeos han cultivado entre sí y que no solo exhiben ejercicios de mala fe con los vecinos sino que muestran como han propiciado odios tribales capaces de desencadenar algunos de los conflictos más sangrientos de la humanidad.

En la edad media los italianos llamaban a una particular enfermedad venérea “el mal francés”, mientras que los galos bautizaron a la misma dolencia, propagada por la pasión mediterránea, como la afección italiana, y así por delante con el mito de las salsas, los perfumes, la higiene, los hábitos alimenticios, la fama de casquivanos o puritanos de pueblos enfrentados por cismas de religión o de fronteras. Y aquí entra la peculiar definición de Albión y el calificativo de pérfido dedicado a los pueblos británicos.

Regreso de mi último viaje de vacaciones entusiasmado con cambios de conducta que denotan mayor convivencia y deseos de comunicación, a niveles tan nimios pero significativos como los que nos deparan los encuentros fortuitos en restaurantes y cafés. Ya el año pasado tuve la oportunidad de conocer a vecinos de mesa con los que el diálogo brotaba fácilmente, a partir de cualquier pretexto, casi siempre fundamentado en la diferencia de acentos o en el uso de lenguajes diversos que llamaban la atención. Así, pude intercambiar tarjetas de visita, lo que ya es bastante, con el diseñador principal de la centenaria casa Bacarat; con una compositora que litigaba con su enamorado mientras leía a Baudelaire y con un joven cantante, prometedores ambos en el panorama de la música popular francesa, y hasta con un célebre arquitecto seguidor del budismo que ha diseñado las estupas del territorio francés. Este año no fue diferente. Y la crónica de lo acontecido pasa por recomendaciones de índole gastronómico. Es el caso de un bistrot enclavado en el conjunto de boutiques, bares y restaurantes que se localiza entre la magnificente iglesia de Sant Sulpice y la abadía de Saint Germain, en la parte noble de lo que aún podríamos llamar de barrio latino. “Le Chez Henrri” (16, Rue Princesse, 75006, teléfono 01 46 33 51 12) se encuentra frente a “Le Castel”, uno de los más célebres centros nocturnos de París, concentrado en apenas cincuenta metros cuadrados. Es un negocio familiar que continúan dos jóvenes hermanos con una disciplina espartana. Basta decir que se pasan la vida entre los mercados y los muros de sus dos casas de comidas (la otra, “Chez Julian”, edificando su buen nombre, a pocos pasos de la casa original). Como siempre, aunque los menús sean similares, no me aventuro a buscar sucursales y pago el inevitable precio de la espera o de plano, de la imposibilidad de reservaciones por fidelidad al sitio original. Ya veo las sonrisas de algún lector más pragmático, calificando la manía de superstición. Ni modo, esas minucias forman parte del gran juego que creadores como Julio Cortázar ha cultivado hasta los extremos literarios más bellos. Instancias que hacen posible, precisamente, las ocasiones de los encuentros más significativos, los que echan semillas de nuevas alianzas fraternales, para no hablar de las amorosas, de las que se nutre abundantemente la poesía y los relatos.

Mientras comía con mi esposa en “Le Chez Henrri” hojeaba un volumen sobre los atelieres de Francis Bacon en el que reparó nuestro vecino de mesa, profiriendo un elogio a la edición y dando pié para hablar de la magna exposición que por estos días se dedica al portentoso pintor inglés en la “Tate Gallery” de Londres. De eso a que Jon-Kåre Schultz terminara compartiendo el Saint Emilion, fue cosa de segundos. A los pocos ya sabíamos que se trataba de un arquitecto noruego residenciado en París y que guardaba una particular fascinación por la arquitectura mexicana, desde los prodigiosos vestigios mayas, a los predios de Barragán. A la media hora del diálogo ya nos había invitado a una cena en su piso de la calle del Dragón, a espaldas de la Brasserie Lilas. Jon-Kåre cultiva tanto su pasión por los vinos acaba de convertirse en caballero de la cofradía de los “Tastevin”, y a los dos días ya destapaba para nosotros unas botellas de blancos excepcionales que acompañaron un tesoro gastronómico: un salmón pescado 24 horas antes en Oslo y ahumado entre leña de ginebro; huelga decir que ha sido el más extraordinario plato del género. Todo ello rematado por quesos y panes de antología. Jon y su compañera invitaron a compartir la ocasión a una ministra consejera de una embajada nórdica y a una ex enviada cultural, Sonja Uppman, que desempeñó un importante papel solidario durante el golpe de estado en Chile, junto a su esposo, también arquitecto y hombre de extrema sensibilidad, Ragnar Uppman, quien fue revelando su brillante conversación a partir de una marcada discreción inicial. La noche terminó sobre la alfombra. Allí desdobló Jon-Kåre Schultz un mapa gigantesco de Europa y de África para detallarnos una bellísima aventura que llevó a cabo al concluir sus estudios de arquitectura entre octubre de 1969 y abril de 1970. En dos carros ya míticos del diseño contemporáneo, los llamados “dos caballos” de Peugeot (2CV) dos parejas recorrieron 30,000 kilómetros en busca de la tribu Dogon en Mali. El grupo de exploradores, sin saberlo, abría camino a Miquel Barceló; el célebre artista mallorquín estableció allí, 20 años más tarde, un taller en el que se retira seis meses al año del mundanal ruido de sus estudios en Paris y Nueva York.

El arriesgado viaje de estudios de nuestro admirado nuevo amigo lo llevó a recorrer con espíritu Vikingo el periplo Noruega-Suecia-Dinamarca-Alemania-Francia-España-Marruecos-Argelia-Mali-Volta Superior-Niger-Túnez-Libya-Italia-Austria-Alemania-Dinamarca-Suecia-Noruega, recogiendo testimonios valiosos que agrupó bajo el nombre de algo muy parecido a una fórmula de alquimia: “½ AR PA 2 m2” . Algunas revistas de la época reseñaron la odisea y he visto un reportaje que se antoja un montaje: en el aparece el espejismo de dos hermosas mujeres entre las dunas perfectas, a la sombra de palmeras de un oasis en medio de ninguna parte…

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