Opinión Nacional

¿Se frustraron las expectativas?

No es que yo sea chavista, Dios me libre, pero estoy seguro de que aquí no va a suceder nada. Y no va a suceder nada, porque después de los sucesos del 11 de abril, la trampa o lo que fuera se desarmó. La dirigencia opositora quedó muy mal ante el país. Perdió credibilidad. Más que Chávez.

El país está dividido en tres toletes. No se requería de Consultores 21 para saberlo. Hay por una parte, un 30-35 por ciento que está con el teniente coronel presidente. No tienen nada que perder. Son unos la izquierda irredenta, la que nunca tuvo y, otros, los marginales y los desempleados, que tampoco tienen nada que perder y que están enteramente desilusionados con todas la propuestas de la democracia de partidos o de eso que ahora llaman la sociedad civil organizada, que ellos identifican con los sectores empleados o pudientes y sus enemigos naturales. La derecha suma también un 30-35 por ciento. Entre éstos, quienes gozan todavía de mayor credibilidad son los medios privados de comunicación. Hacia allí enfila el gobierno sus baterías. Y podría tener éxito. Recuerden no más a Velasco Alvarado en Perú y sus cooperativas.

Si bien están parejos en gente, uno controla el gobierno y tiene la legitimidad. La sumatoria de los dos da el 58 por ciento que prefiere una salida institucional. El tercer grupo es el de los que no les interesa para nada la política o al que no les importa lo que sucede y que suma alrededor de un 40 por ciento. De ellos, la mayoría jamás vota, pero algunos podrían ser decisorios en un enfrentamiento electoral y votarían, en las circunstancias actuales por la Oposición. Eso lo sabe el gobierno y, por tanto, todas las vías que impliquen ir al electorado están cerradas por el momento.

¿Cuáles son, entonces, las vías abiertas a la Oposición? En Venezuela, solamente dos: las vías constitucionales y el golpe de Estado. En otros países, como Estados Unidos, habría una tercera.

Las vías constitucionales

Estas vías que la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela prevé son básicamente tres: la renuncia del jefe del Estado; su enjuiciamiento o el referendo revocatorio. Está visto que el teniente coronel no ha pensado en renunciar. Quizás lo tuvo en mente el 11 de abril, pero como se negaron a mandarlo para Cuba con 7 milloncitos de dólares, pues se echó para atrás y ahí lo tenemos. Fue una decisión equivocada del entonces Alto Mando, pero ya no hay marcha atrás.

La segunda vía, el enjuiciamiento, no tiene ninguna posibilidad real. Para eso hay un Tribunal Supremo cuyos magistrados jamás lo apoyarán, porque saben muy bien que les va el cargo, un cargo que podría durarles un largo tiempo, si el actual jefe del Estado se mantiene en su puesto. Ahí, convénzanse, no hay ni chavistas ni miquilenistas. Lo que hay es oportunistas. Y todos saben muy bien a cual son hay que bailar. Ocurre también que hay otras instancias opuestas al cambio de gobierno. Me refiero al Fiscal General, el Contralor General, el Defensor del Puesto y el Consejo Nacional Electoral. Todos se alinean en la misma acera del presidente,

Para la tercera vía, esto es, el referendo revocatorio, habrá que esperar al 2004. Para entonces, el sistema se habrá asentado. Sin embargo, es posible que entonces Chávez salga, pero lo más probable es que para esa fecha, Diosdado Cabello entre, si, como está fijado, las elecciones deben realizarse en el término perentorio de 30 días. “El remedio sería peor que la enfermedad”.

La vía de la violencia

Se abre, pues como única alternativa para desplazar del poder a sus actuales ocupantes, la vía de la violencia. De éstas, la más incruenta es el golpe de Estado militar. La cruenta, la guerra civil. ¿Son posibles, en Venezuela?

Como dicen, “yo conozco el almendrón”. Desde mi más tierna infancia, y perdónenme la cursilería, me he criado en los cuarteles. Conozco mis militares tan bien como el que más. ¿Cuáles son mis conclusiones? Que en la FAN hay los mismísimos tres toletes de la sociedad en general, con el agravante de que el tolete antichavista ha disminuido después de la Carmonada. Además, hoy día, la mayor porción ingresa a los institutos militares sabiendo que en casi doscientos años de historia republicana, Venezuela jamás ha tenido un enfrentamiento serio con nadie, mucho menos con sus vecinos. Esa gran mayoría es, pues, una burocracia cuyo objetivo es una carrera y, para muchos, el ascenso social, que concede el prestigio del uniforme que la gente asocia con el inicio de la nacionalidad y la pléyade de héroes. No quiere decir esto que en el caso de una contienda bélica, no estén dispuestos a pelar en defensa de la patria. Aún en casos como el enfrentamiento guerrillero de los sesenta, o en la actual frontera impidiendo el desborde de bandoleros o narcotraficantes, bastantes han sido los oficiales, especialmente subalternos, que han perdido la vida.

El trampolín

Hay, empero, una minoría distinta. La que usa la carrera con fines políticos. Como un trampolín que les permita escalar posiciones que normalmente les estarían vedadas. Unos conspiran de mentirijillas, haciéndoles creer a los civiles factótums de lo político que otros pueden derrocarlos o amenazando con lo que aquí conocemos como movimientos de sables en épocas de ascensos. De esa minoría, la parte izquierdosa se identifica con el actual estado de cosas. La otra, la de derecha, o bien desapareció con el reventón del 11 o trata por todos los medios de mezclarse con los institucionalistas y esperar mejores tiempos. Saben, además, que la tropa hoy día está consustanciada con el proceso y que un nuevo alzamiento de oficiales de derecha desencadenaría una reacción violenta que podría costarles hasta la vida.

Golpe, pues, tampoco habrá. Queda la llamada guerra civil. Estas guerras, generalmente, las comienzan sectores de izquierda desafectos u ocurren únicamente como producto de un golpe de Estado militar que no logra cuajar en el primer momento, pero que cuenta con la inmensa mayoría de los oficiales y la tropa. Este no es el caso venezolano. Aquí la Fuerza Armada no es ni la española que lideraba Franco, ni tampoco las elitistas del Cono Sur. En cuanto a la izquierda (Y ése es el caso colombiano), está con el proceso.

¿Y los paramilitares?

Se me dirá que la derecha podría sacar a relucir elementos paramilitares, si ven expuestos sus intereses. Les respondería que tal cosa es difícil. Las fuerzas paramilitares tienen solamente dos formas: unas han sido una ayuda extra legal para las fuerzas militares en las luchas en contra de las guerrillas izquierdistas, como es el caso de Colombia, cuando la opinión internacional puso en boga la cuestión de los derechos humanos; las otras, fuerzas guerrilleras de derecha, como los “contra” nicaragüenses en su lucha con los sandinistas o los muyaheidínes afganos en la guerra contra la Unión Soviética. En ambos casos, lo hizo posible el apoyo de Estados Unidos. Es probable que se cuente con esa ayuda, pues el teniente coronel continúa siendo una espinita para Washington.

Sin embargo, en el caso venezolano, habría otros problemas por resolver. ¿De dónde se sacarían los voluntarios para tal ejército? Aquí no hay fanáticos religiosos ni guerrilleros desafectos. Tendría que ser de la clase media. Pero aunque están hastiados de la ineficiencia y de la corrupción que este gobierno ha llevado a límites insospechados, su fuerte no es la violencia. Se pueden armar para defenderse de una poblada, pero una lucha guerrillera larga y costosa no es exactamente su objetivo. Este no es, pues, un camino.

Santiago Ochoa Antich es diplomático de carrera y periodista. Fue Embajador de Venezuela en Austria, Canadá, Jamaica, Paraguay, San Vicente y las Granadinas, El Salvador y Barbados.
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