Opinión Nacional

Se fue Julián Marías y con él la estatua de Ortega y Gasset

José Ortega y Gasset (1883-1955), fue un filósofo y ensayista español, reconocido por su crítica humanista de la civilización contemporánea. Uno de sus más significativos discípulos fue Julián Marías (1914-2005), nacido en Valladolid y quien estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid; ese discípulo no sólo ha representado la academia y la pedagogía en los estudios filosóficos, sino un aliciente para quienes desde el ámbito de la escritura compleja y profunda, hemos intentado seguir pasos, caminos, rutas desconocidas hacia una mayor comprensión del hombre. Hoy le despedimos ante su última batalla, la cual no pensamos que ha perdido, porque como él mismo lo expresó una vez: “la muerte sólo es un nuevo estadio en este laberinto de vitalidad que es la condición humana”.

Conocí a Julián Marías al llegar a mis doce años de edad, por allá a comienzos de los ochenta, cuando tomé de una caja llena de peroles y libros, el texto de su autoría “Historia de la Filosofía”. Una obra sinóptica y crítica que de inmediato me cautivó y marcó como un lector consecuente con los temas filosóficos. Puedo decir que en esa influencia positiva que me han dejado los grandes maestros, Marías marcó mi camino hacia el conocimiento de las “causas primeras” y hacia un mejor entendimiento del papel de la filosofía en su interacción con las cosas reales.

Marías participó en la Guerra Civil en el bando republicano, por lo que fue vetado por el régimen franquista; mantuvo en todo momento su fortaleza de hombre de ideas y principios democráticos, lo que le hizo ser más sensible con los temas sociales y por ende con el futuro de su entrañable España a la que aprendió a conocer a través de su mentor Ortega y Gasset. La “Historia de la filosofía”, que fue su primera obra, apareció en 1941, y en muchos de sus apartes hay una influencia evidente de Xavier Zubiri, Manuel García Morente y, por supuesto, de José Ortega y Gasset, con quien fundó en 1948 el Instituto de Humanidades de Madrid.

Sus conferencias fueron afamadas en universidades e instituciones de toda Europa y América, alcanzando en 1965 su ingresó en la Real Academia Española. Fue senador por designación real entre 1977 y 1979; recibió en vida muchos galardones entre los que destacan el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades (1996) y el Premio Menéndez Pelayo (2002).

De sus trabajos filosóficos, aparte de ser un compilador y un pedagogo de los temas históricos y conceptuales que han rodeado a la filosofía desde los tiempos de la Grecia de Pericles, mantuvo una posición fundamentada en lo que al tema de la “razón vital» se refiere. Por “razón vital” se ha de entender una razón que se sustenta constantemente en la vida de la que ha surgido; es decir, la vida, como realidad dinámica, que siempre está en proceso de elaboración, es una incesante fuente de problemas y cuestiones relevantes y obliga siempre, a quien la vive, a “saber a qué atenerse”, a orientarse continuamente en sus decisiones. Esta orientación exige una razón que acompañe a la vida y que encuentre en ella su fundamento.

Para Marías la filosofía fue siempre una tarea humana, estaba unida a las circunstancias de la vida real y debía tener un carácter radical. Ante esta visión, Marías expresa que la vida está obligada a no encontrar más certezas que las presentes en la propia actividad filosófica y debe ofrecer razones para entender la realidad.

La filosofía, en percepción de Marías, ha de ser apreciada desde un carácter sistemático, considerando siempre las circunstancias de la vida, percepción que hizo que elaborara importantes aportes a la antropología filosófica, en especial a lo que denominó estructura de la vida humana. La estructura de la vida tiene, desde el argumento de Marías, un carácter empírico que hace referencia a dos elementos que se entrelazan: las experiencias concretas de la vida cotidiana y el carácter circunstancial en el que las experiencias de la vida se desarrollan. Marías se identifica con la metafísica misma, que siempre debe tener un carácter vital y circunstancial.

Otro concepto que evolucionó en el pensamiento de Marías es el de la “perspectiva” y su peculiar relación con la razón, que está unida a la vida y posee una importancia especial. Desde finales de la década de 1920 este concepto fue desarrollado por Ortega y Gasset, pero sería Marías quien le diera un matiz más concreto y práctico. El concepto de “perspectiva” tiene resonancias en la obra de los filósofos alemanes Gottfried Wilhelm Leibniz, Friedrich Nietzsche y Gustav Teichmüller, pero en la obra de Ortega y en los trabajos de Marías, poseyó un tono original: se pensaba que la realidad se ofrece a los individuos en una gran variedad de perspectivas singulares, cada una de ellas es una forma de realidad y, al mismo tiempo, forma una posibilidad de conocimiento de lo real.

De la obra de Julián Marías había que escribir varias cuartillas para poder recogerla en su generalidad, así como en el marco de sus múltiples temarios. Pero se podrían nombrar algunos títulos que muestran el interés y la sapiencia de este autor español: Miguel de Unamuno (1943), Introducción a la filosofía (1947), El método histórico de las generaciones (1949), Ensayos de convivencia (1955), El intelectual y su mundo (1956), El oficio del pensamiento (1958), El tiempo que ni vuelve ni tropieza (1964), Antropología metafísica (1970), La mujer del siglo XX (1980), Breve tratado de la ilusión (1984), España inteligible (1985), La mujer y su sombra (1986), Una vida presente. Memorias (1988-1989), Cervantes, clave española (1990), La educación sentimental (1992), Mapa del mundo personal (1993), España ante la historia y ante sí misma (1996); entre otras; sin duda que el próximo año seguirán apareciendo títulos de él, porque fue un hombre que hasta sus últimos momentos no dejó de pensar en ese lector acucioso que le supo reconocer y admirar, hasta el final de sus días.

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