Opinión Nacional

Se ruega no enviar flores

Este es el mensaje que nosotros, los judíos, usamos para anunciar la muerte de alguien cercano. Participación que hacemos a quienes no están familiarizados con nuestras costumbres, lacónica rogatoria de que estamos empezando un duelo. Quizás para nosotros la muerte es algo más austera que en otras culturas. Quizás porque necesitamos sentir que es un despojo, una pérdida que no puede ser adornada. El atentado contra la sinagoga de Maripérez el 31 de enero, además de ser un crimen, es señal de una muerte y del consiguiente luto.

No sólo es una profanación abominable, un ataque a un lugar donde se congregan los fieles para sentir la presencia del Creador, sino la materialización de lo peores fantasmas. Es el despertar horrendo a una pesadilla, es la violencia de una realidad inédita y la pérdida de una ilusión.

Los pogroms, las Noches de Cristales Rotos, eran referencias que en Venezuela nos parecían ajenas a nosotros. Eran acontecimientos que iban alejándose para alojarse en el lugar de un pasado. No pocos de nosotros llegamos aquí en un intento de dejar atrás los ataques, las agresiones e insultos de la violencia hecha ideología política. Muchos hicieron de Venezuela su patria, la abrazaron en la esperanza que la Gracia de esta Tierra fuera extensiva para todos. Muchos de los que arribamos a este país experimentamos como se tardaba muy poco tiempo en ser aceptado por el pueblo venezolano. Vivencia que contrastaba radicalmente con otros lugares donde el ser judío era sinónimo de ser sospechoso y blanco de la estupidez de derecha como de izquierda. Aquí, sostuvimos hasta el 31 de enero, no podíamos ser víctimas de esa pasión de ignoracia y odio que es el antisemitismo. Creíamos, ya no lo podemos hacer más, que la esencia de esta tierra estaba en la diversidad y la coexistencia pacífica de todos. Las diferencias, inevitables, podías ser palancas para el aprendizaje y el crecimiento. Las inequidades, nos figurábamos, podrían ser resueltas mediante la colaboración y la noción de compartir un mismo territorio.

Una vez pasado el primer momento de estupefacción, queda iniciar los trabajos del duelo. Duelo por la pérdida de un lugar al que independientemente de sus avatares políticos, consideramos siempre inmune a la intolerancia religiosa. Duelo y amargo despertar a una nueva realidad de un país, que muta horriblemente a un lugar donde la fe y la identidad se declaran “objetivos políticos”. Addenda espantosa que a la inseguridad común se le agregue una dimensión política y religiosa. Duelo por la tristeza y espanto que significa que la violencia se haga ubicua, que no queden recintos ajenos a la entronización de la deshumanización y la locura. Tristeza profunda ante el vejamen perpetrado a los libros sagrados, antesala de las hogueras que acaban con la palabra y la ley. Dolor y miedo por la pérdida del respeto a la diversidad que caracterizaba a Venezuela.

Hoy, se ruega no enviar flores. Estamos en duelo porque hasta ahora, ser judío no era un peligro. No representaba otra cosa que unas señas particulares de identidad. Ahora vertemos ceniza sobre nuestra cabeza, nos dejamos crecer la barba y nos sentamos en el piso porque hemos perdido la certeza de que era posible coexistir en armonía, cada quien orando a su Dios o a su manera. Creíamos que la fe y la política discurrían por cauces distinto. Pensábamos que hasta en el horror había ciertas reglas tácitas. Hemos sido despojados de nuestras ilusiones. Violentamente. Hoy yo lloro por la sinagoga profanada, y porque el país que creía seguro me fue arrebatado.

Se ruega no enviar flores.

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