Opinión Nacional

Se solicita líder con ética propia

La primera virtud que debe resaltar en quienes pretenden asumir un liderazgo convincente y claro con vista a los tremendos desafíos y cambios que se plantean en la sociedad actual; es sin duda la apertura mental. El clásico dirigente apegado al tradicionalismo de siempre, no tendrá ninguna oportunidad ni espacio ante el competidor dispuesto a experimentar nuevas ideas, a permitir y explorar novedosas y atrevidas oportunidades que puedan introducir verdaderos cambios en lo social, político y económico sin traumas pero con mucha convicción y firmeza. Todo cambio o innovación en una organización de cualquier índole ofrece por lo general resistencia o cuando menos apatía e indiferencia, por lo que siempre será un factor crítico que deberá manejarse con habilidad e inteligencia para aprovecharlos exitosamente. Abrir la mente a la hora de adoptar ideas originales es una premisa básica para impactar convenientemente al objetivo que se persigue y en ello cobra una importancia capital la propia conducta del líder y su capacidad para entender la magnitud de la propuesta de cambios que se plantea. Si solo por un día o una semana por ejemplo, nos dedicamos con paciencia tolerante, más no complaciente, al esfuerzo de un cambio favorable en la familia, en el trabajo o en la misma calle, veremos que al igual que una buena dieta, conciente y posible nos mejorará no sólo el cuerpo; lo hará también al espíritu y ánimo para vencer las dificultades porque no se trata simplemente de una actitud aislada o temporal sino de la estructuración en nuestra mente de un buen hábito que nos ayudará a crecer como mejores seres humanos de manera sólida y con criterio de permanencia. Todo esto debe conformar una suerte de “Padrenuestro” que practique el líder sistemáticamente en su mente así como en sus acciones más comunes y sencillas. Tiene que ser intolerante con la discriminación por cualquier naturaleza, con el resentimiento, la exclusión o el igualitarismo hacia abajo y debe a toda costa y riesgo promover la pluralidad e igualdad dentro de la diversidad. Toda persona debe ser respetada y es una exigencia cada vez mayor que se le hace a los líderes, pues un rasgo característico y habitual en el déspota es la insensibilidad, la autosuficiencia y el desprecio a las necesidades más apremiantes del común de la gente.

Un buen líder debe ajustar su conducta a la verdad y a la ética, debe dar el ejemplo como buen ciudadano y hombre de bien, ser solidario, comprensivo y trabajador, saber delegar y aceptar con humildad que siempre habrá alguien que haga algo mejor que él. Por eso, el líder que yo quiero tiene que ser mejor que yo para emularlo, tiene que ser humano, terrenal, accesible y dejarse entender y hasta adversar; debe tomar muy en serio el tiempo para no perderlo y que por mucha sabiduría o experiencia que tenga, si ésta no es aprovechada o se transmite a los demás, se perderá irremediablemente.

Creo y de ello estoy seguro que éstas características o virtudes solicitadas, abundan en muchos de los ciudadanos que poblan al país a lo largo y ancho y me atrevo a pronosticar que pronto comenzarán a manifestarse con más fuerza en el horizonte de un pueblo trabajador que añora la reconciliación y es amante de la paz. ¡Así será!

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