Opinión Nacional

Semblanza de Oswaldo Padrón Amaré

Tuve la ocasión de conocer a Oswaldo Padrón desde que, en el año 1955, coincidimos en el último año de bachillerato del Liceo de Aplicación. Inmediatamente trabamos una estrecha amistad, que fue determinante para que yo escogiera la carrera de derecho, más que por vocación, porque en ese entonces yo ignoraba las enormes posibilidades que ofrecía la ciencia jurídica, para poder continuar disfrutando de nuestra entrañable camaradería. Estudiamos juntos toda la carrera de derecho y luego de laureados, en el año 1961, ejercí mi profesión durante muchísimo tiempo en sociedad con Oswaldo y puedo decir con orgullo que su constante presencia hacía que nuestro trabajo, más que un esfuerzo, resultara un placer, porque nuestra sociedad siempre giró en torno a su sabiduría, y cuando opinaba sobre asuntos jurídicos, todos los socios sentíamos que formábamos parte de una Academia mientras que, como muy frecuentemente sucedía, lo hacía sobre asuntos de cultura general, nos sentíamos como si estuviéramos en un Ateneo.

La inteligente manera que tenía Oswaldo Padrón de enfocar las cuestiones jurídicas, me hizo comprender cuánta razón tuvo aquel –lamento no recordar ahora si el propio Oswaldo, algún profesor de la facultad o algún autor- quien dijo que “el derecho es la expresión más elaborada de la cultura universal”, aunque, para su desgracia, tuvo que convivir con una judicatura mediatizada, crecientemente ignorante y mayoritariamente venal, lo que impidió que llegara ser la luminaria que estaba llamado a ser en nuestro foro, puesto que era una persona intransigente con la ignorancia e incorruptible en lo moral, porque siempre militó dentro de una ética puritana, no solo en los innumerables asuntos jurídicos que le tocó patrocinar, sino en todos los actos de su vida.

Su extendida fama como jurista determinó que siempre se le consultara sobre problemas novedosos y complicados -jamás sobre temas rutinarios- respecto de los cuales siempre dictaminaba de manera original y enjundiosa lo que, si bien complacía a su ego, impidió que se enriqueciera materialmente en el ejercicio de su profesión, porque se dedicaba con pasión a su estudio, no quedándole tiempo –tampoco le interesaba- para dedicarse a asuntos que para nuestro gremio son más lucrativos.

Además de su profesión de abogado, Oswaldo Padrón ejerció durante muchísimos años la docencia, que también paga poco en nuestro medio, pero su gran retribución fue haber contribuido de manera determinante en la producción de la importante camada de magníficos abogados tributaristas que hoy abundan en nuestro foro, la mayoría de los cuales tiene mucho que agradecerle por los conocimientos y la manera de enfocar el derecho, que en esa materia logró transferirles.

Oswaldo Padrón era un profundo conocedor de la materia tributaria, pero su sabiduría en esos temas no se limitaba a estar al tanto de la abundante doctrina y jurisprudencia que constantemente se producía en el país y en el derecho comparado, así como de los anormales frecuentes cambios que la normativa impositiva sufre siempre en nuestro medio, sino que se extendía a las raíces mismas de la imposición, a los fundamentos filosóficos de la ciencia tributaria.

Oswaldo también dominaba el derecho bancario, el derecho público, el derecho privado, el derecho de la integración. Y en las pocas ramas del derecho en que no era sabio, cuando se proponía estudiarlas, terminaba siendo un profundo conocedor, pues podía discutir de tu a tu con los mejores especialistas en esas materias. Por ello, en su caso, decir que era un “especialista en todo”, no resultaría para nada ser una contradictio in terminis.

De omni re scibili et quibusdam aliis, porque Oswaldo Padrón no solo sabía derecho: sabía de casi todo. Podía terciar con autoridad en cualquier conversación o discusión sobre historia, literatura, filosofía, música y cualquiera de las bellas artes. Discurría con propiedad sobre temas religiosos, porque había leído tanto el Viejo como el Nuevo Testamento, El Corán, el Popol Vuh, y hasta el Ramayana y el Mahabarata. Era, además, una especie de enciclopedia del deporte, no solo por su afición a variados tipos de competencias, sino porque, gracias a su memoria privilegiada, podía recordar triunfos, derrotas y récords en olimpíadas, series mundiales y los más diversos campeonatos en distintas disciplinas deportivas.

Es que Oswaldo Padrón era un lector insaciable, no solo de derecho, sino de literatura, de arte, de cine, de deporte y hasta de sociales. Leía todo cuanto cayera en sus manos, con gran rapidez pero captando todo y tenía la extraña virtud de poder leer mientras veía un partido de fútbol en la televisión y participaba en una conversación, todo al mismo tiempo, y estaba atento a todo, al punto de no perder detalle de lo que estaba percibiendo en cada actividad. Por eso, cuando viajaba por el mundo nada le sorprendía, porque ya conocía de antemano los lugares históricos, los sitios de moda, los landmarks de las ciudades, las obras que era inevitable conocer en cada museo, los buenos restaurantes y hasta el sistema político imperante. Solo se emocionaba con la vivencia que, decía Bergson, se obtiene cuando se está aunque sean cinco minutos en algún lugar.

Estaba dotado de la magia de la palabra. En cualquier peña o reunión social, con conocidos o desconocidos, invariablemente se convertía en el centro de la conversación y todos los participantes aguardaban con avidez sus comentarios y opiniones sobre el tema que se estuviera tratando, aunque sus gestos y su mirada eran de una naturaleza tal, que descartaban cualquier vestigio de pedantería en alguien que hablaba con tanta propiedad, aunque se tratase de asuntos intrascendentes.

Oswaldo era magnífico padre y esposo, pero especialmente gran amigo y aunque detestaba la estupidez y la frivolidad, era tan buena persona que hasta indulgente era con los tontos, a quienes nunca revelaba que se había percatado de su estulticia, a pesar de que, por ser sumamente consciente de su valía intelectual, no se caracterizaba por la falsa modestia.

Oswaldo Padrón escribió mucho, pero publicó poco: le hubiera bastado solo con organizar las ideas, conceptos y opiniones contenidas en sus innumerables dictámenes jurídicos, alegatos y recursos, para haber llenado varios volúmenes con los cuales hubiera enriquecido la bibliografía jurídica. No se trataba de miedo escénico ni de su natural tendencia al bajo perfil. Solo que, a pesar de su elegante estilo, de la profundidad de sus conocimientos, de su vasta cultura jurídica y de la originalidad de sus aportes, consideraba que la actividad de escribir para un público indeterminado era un apostolado, que solo se lograba a dedicación exclusiva.

Al final de su vida, aquejado de una frágil salud y angustiado por la vertiginosa desisnstitucionalización del país al que amaba, había decidido retirarse del ejercicio diario de la profesión con la intención de dedicarse a escribir sobre temas de derecho profundo. No podía convivir con la creciente tendencia de la judicatura a ideologizarse, cada vez más propensa a impartir la “justicia del caso concreto”, mediante una torcida interpretación de la norma constitucional que decreta a nuestra República como un “Estado Social de Derecho y de Justicia”, porque se había percatado de que, so pretexto de impartir “justicia social” desde los tribunales, lo que en definitiva se estaba logrando era que en Venezuela se disociara el derecho de la justicia –que en definitiva no era tal- como si se tratara de dos objetivos distintos. En ese entonces acometió con voracidad el estudio de la Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica y de las notables sentencias que, a lo largo de su existencia, habían pronunciado los jueces de la Corte Suprema de ese país para interpretarla. Desgraciadamente, la muerte lo sorprendió cuando se preparaba para hacerlo y nos privó, no solo del goce de su presencia física, de su amistad, de su generosidad y de sus enseñanzas, sino de haber contado con las invalorables páginas que, de seguro, habrían emanado de su fina y talentosa pluma.

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