Opinión Nacional

Serviles rojo-rojitos

El culto a la personalidad es la adulación y adoración exagerada de figuras publicas, de líderes políticos carismáticos, en especial jefes de Estado que alcanza dimensiones religiosas. Este perverso fenómeno es tan antiguo como el hombre mismo, César en el Imperio Romano, Adolfo Hitler en Alemania, y Benito Mussolini en Italia son vivos ejemplos de esta deformación política. Las consecuencias de su promoción fueron siempre nefastas, sembraron desolación, destrucción y muerte. El nazismo y el fascismo durante el siglo pasado construyeron regímenes políticos basados en el culto al líder, y las víctimas fueron millones de personas.. Pero, si bien estos han desaparecido como regímenes, han dejado una impronta de conductas sociales que lamentablemente se preservan en el tiempo. Deplorablemente en nuestras sociedades subyace una cierta cultura que tiende a ubicar a los gobernantes por encima del resto de los ciudadanos, y la misma puede llegar a florecer si encuentra una tierra fértil para hacerlo.

Sin embargo, se ha vuelto a poner en la palestra política esta peligrosa tendencia, que se creía superada con las experiencias nefastas vividas por tantos países en el siglo pasado. Hoy el culto a la personalidad es una realidad y constituye parte de una estrategia para la perpetuación en el poder del tte coronel. A través de los medios de comunicación en manos del Estado (prensa, radio, televisión, estaciones comunitarias, etc.), así como de medios publicitarios (vallas, afiches, pancartas, etc.) el régimen promueve una exagerada devoción hacia el tte coronel (líder único), dotado de una infalibilidad pontificia (preservado de cometer error alguno). En efecto nadie se atreve a discutirle nada y mucho menos aún a criticarle sus afirmaciones por descabelladas que ellas sean. Pero además, este culto al “redentor caribeño” se evidencia por una presencia exagerada de su imagen en todo el país, desde las grandes ciudades, hasta en los más apartados caseríos del territorio nacional, desde las pomposas y cómodas oficinas ministeriales hasta las humildes sedes de los Consejos Comunales. El tte coronel y su socialmilitarismo están como Dios, en todas partes.

Pero este servilismo nauseabundo hacia la figura del “líder del proceso” ha sido posible gracias a la genuflexión intelectual de quienes apoyan a este régimen militarista, repitiendo como loros domesticados todas las pamplinadas y barbaridades que el tte coronel suele decir y lo que es peor, lo justifican, así tengan que torcer la verdad, o simplemente renunciar a principios defendidos en el pasado. Estos serviles de nuevo cuño, con boina y franela roja, deambulan en el estiércol de la política oficial buscando siempre cómo agradar al amo del proceso, cómo lograr su palmadita en el hombro, que hacer para que el comandante Presidente les premie con un ascenso, o con una distinción pública, para sobresalir ante los demás serviles que reptan junto a él y que también hacen lo imposible por destacar. Lo hemos visto en los miembros de la Asamblea Nacional, en el Tribunal Supremo de Justicia, en el CNE, en las gobernaciones y alcaldías, pero en especial en el recién fundado PSUV, entelequia organizativa al servicio del supuesto Mesías. Este es un partido que lejos de funcionar como una organización política, opera como un conglomerado de abyectos dispuestos a repetir textualmente y defender todo lo que dice el tte coronel, aún los más desquiciadas y absurdas ideas (el currículo bolivariano, la ley sapo, etc.). Carlos Marx dijo en cierta ocasión que detestaba el servilismo, esa personalidad típica de quien asume deliberada y gozosamente su destino de criado, de siervo, de rastrero que se humilla y se arrastra ante el poder, que carece que autoestima, orgullo y dignidad.

Es lamentable ver a individualidades y organizaciones políticas (PCV, PPT, Liga Socialista) que consagraron toda una vida a favor de un proyecto emancipador hoy formando parte de esa corte de vasallos rojo-rojitos, postrados, despreciados y reducidos a la más absoluta obediencia ante el jefe máximo, único e insustituible de un proyecto militarista que promueve un detestable capitalismo de Estado.

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