Opinión Nacional

Sí, un acto de justicia

El fútbol puede ser un acto humano de injusticias y desigualdades, en el que el inocente resulta culpable, y al revés. Una actividad en la que pocas cosas son lo que parecen, y en el que el villano es perdonado y el inocente llevado al cadalso donde le espera el verdugo.

Sin embargo, el resultado del primer partido en Johannesburgo no respondió a este precepto, porque los acontecimientos del partido Suráfrica México terminaron por conformar un verdadero acto de la más pura justicia.

Los aztecas, con agallas, fueron a buscar los territorios enemigos con ansiedad de amantes, pero su falta de certezas no contribuyó para que consiguieran un rédito mayor.

Los africanos, como pudieron, apelando a la fortuna y al desorden como aliados, salieron del torbellino y comenzaron a estirar sus líneas contragolpeadoras. México tenía más la pelota, pero a Suráfrica no le importaba; para sus hombres bastaba con hacer contacto de vez en cuando con la Jabulani, para meter sus contras fulminantes.

Por eso el gol de Tshabalala, y por eso hicieron caminar a México por el filo del acantilado. Los jugadores de casa interpretaron con mucha propiedad la proclama redactada por su técnico, y a los mexicanos les costó descifrarla. Hasta que Márquez, perdido y sin ganas de ir a la batalla, al fin apareció, y apareció bien, con su categoría de jugador grande para ponerle empate y darle razón a los que aún piensan que en el fútbol aún se puede creer.

El partido tuvo matices y contrastes, horas altas y horas bajas, porque por largos pasajes pareció que a México se le había perdido el horizonte.

Suráfrica desplegaba sus enormes alas amarillas, y aunque nunca mostró un fútbol depurado, un fútbol que no tiene, sí dejó en evidencia la ambición que le correspondía como organizador de la fiesta. Y tuvo recursos. Cuando a Steven Peinar le faltaron las fuerzas y las ideas, apareció ese Tshabalala fino, imaginativo y preciso, para poner orden y enrumbar a su gente.

México parecía naufragar, hasta que llegó Cuauhtémoc Blanco al rescate. Con sus 37 años de edad, con sus piernas veteranas, hizo que su equipo recuperara la fe, la confianza en un fútbol que tiene mucho más clasicismo que el surafricano, y andara por los carriles que lo condujeron al justo armisticio.

Todo quedó pendiente para estas dos selecciones. Un empate que los benefició, o los perjudicó, según como se vea, porque ahora van a depender de los resultados del grupo.

Una victoria para cualquiera hubiera marcado la ruta, una ruta que ahora parece confusa para «bafanas» y «charros». Qué complicación.

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