Opinión Nacional

Sismicidad

Nuestro país es de una alta sismicidad. Lo importante es tomar las previsiones del caso. Pertenezco de los filmes estadounidenses son las visitas policiales a los vecinos más ruidosos y las prácticas escolares ante las emergencias. Y de éstas poco se sabe en nuestro país. Empero, valgan dos acotaciones adicionales: la una, gracias a la red de redes, el conocimiento de los detalles del sismo, intensidad y localización del epicentro, divulgados a una generación que supo muy tempranamente de terremotos, como el de Caracas en 1967, sin que la muchachada de ahora haya sido aleccionada con la sensatez y la eficacia que merecen fenómenos tan naturales. Incluso, lo hemos comprobado en nuestra artesanal encuesta entre amigos, lo que llama la atención regularmente la atención casi simultáneamente por los servicios interneteanos y las redes sociales, dispensándonos de la tardía versión oficial; y, la otra, la profunda sensibilidad demostrada hacia la suerte de los sectores más vulnerables de la población, empinados en áreas de elevado riesgo y a pesar de los diez largos años de un gobierno que todavía dice redimirlos.

ABRAMOS ESTA HISTORIA

El debate histórico ha de abrirse en torno a aquellas etapas que ya no dan más rendimientos para la actualidad política, bien diría don Perogrullo. Y lo ejemplifica “Abramos esta historia. Conversaciones políticas con Juvencio Pulgar”, de Miguel Márquez (Fondo Editorial El Perro y La Rana, Caracas, Bs. F. 3,oo).

Entrevistado en la sede de la Biblioteca Nacional, significativamente en los tiempos de Fernando Báez, Pulgar es un protagonista que ha sido relativamente soslayado al considerar las décadas más inmediatas. Por fortuna, Márquez ha recogido su testimonio aunque consideramos, por una parte, que la institución bibliotecaria ha de intensificar, patrocinar y orientar directamente, la recolección testimonial de la irreprimible pluralidad que somos; y, por otra, la obra en cuestión mereció una mayor extensión y profundidad orientada a la discusión histórica, pues, sospechando de las posturas políticas de ambos, por la misma selección que hizo el fondo editorial, tenemos una entrega demasiado sesgada.

El género cuenta con precedentes importantes, llamándonos la atención las entregas editoriales de las entrevistas realizadas por Alicia Freilich, Alfredo Peña, Ramón Hernández, Agustín Blanco Muñoz, Alfredo Angulo, Iván Loscher, Alonso Moleiro o Leonardo Padrón, quienes nos dan pistas en torno a cada estrategia, estructuración, orientación u objetivo perseguido. Sentimos que Márquez formula preguntas más parecidas a una tesis, como lo observó el entrevistado, probando el ensayo (150, 203 ss.), en un vuelo rasante de los acontecimientos donde priva más la emoción política, aunque no supimos si deseó una precisión o – simplemente – desconocía el contenido del celebérrimo artículo quinto de la ley nacionalizadota del petróleo, en los setenta (159).

Pulgar exhibe una espléndida, puntillosa y también peligrosa memoria, cuyos detalles exigen más del entrevistador, dando una versión muy propia de los acontecimientos, especialmente los relacionados con el mundo universitario, avistando temas para una futura consideración de los tesistas hoy ociosos, como el del exilio no orgánico en México durante el perezjimenato, el papel jugado por Miguel Angel Capriles, o lo que fue y significó de “atractiva y novedosa” la vida política por 1958 (54, 73, 100). Sin embargo, llama poderosamente la atención el persistente empeño de victimización de los que hicieron la guerra de guerrillas en los sesenta, a pesar de reconocer tanto los méritos como el ajusticiamiento de Nicolás Beltrán en un frente insurreccional (95).

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