Opinión Nacional

Sobre el filo de la navaja

Hugo Chávez se empeña en caminar sobre el filo de la navaja, y no le importan los peligros que convoca. Y está comprometiendo la paz del país.

Se ha empeñado en dividir y en confrontar a mansalva. Dejó de ser, por propia voluntad, el Presidente de todos los venezolanos, para transformarse en el «talibán» de su partido.

Las amenazas que profiere sobre los medios de comunicación y el emplazamiento que le hace a sus directivos ante el país (recuérdense los casos de Miguel Otero, de los Capriles López, o de Andrés Mata) y como otrora lo hiciera también con la jerarquía de la Iglesia Católica, no solo dejan al descubierto su clara vocación antidemocrática. Antes bien, lo sitúan en un escenario en el que despierta tempestades, que puede conducirnos hacia un estado de violencia general en las calles y que, tarde o temprano, terminará por envolverlo a él mismo.

Que los homicidios producto de la acción delictiva y en su relación con las muertes de 1998 hayan crecido en un 76 por ciento es un dato cruel y emblemático de nuestra realidad. Terminamos el año 2.000 con más de 8.000 muertos. Un número equivalente a los de las Torres de Manhattan y bastante lejano al producido por el terrorismo «etarra» o por la lucha fratricida entre palestinos e israelitas.

Y el verbo de Chávez está en los orígenes de esta maléfica y metastásica tendencia. Y a lo mejor cree él, como alguna vez lo creyó el Embajador americano John Maisto, que las palabras se las lleva el viento y que, al fin y al cabo, son los hechos los que cuentan.

Pero olvida Chávez que es el mismo viento, lo repito, el que provoca las tempestades. Y la tierra está abonada, como nunca antes. Y la pobreza y el desempleo crítico le han hecho cuna a la desesperación.

Así que, cuando el ahora jefe del MVR – en reciente discurso para arengar a sus seguidores y para atacar a Globovisión y a su director – dice a voz en cuello que «el pueblo tiene que saber donde están sus enemigos y uno de ellos es Ravell»; y cuando se aprecia que la incitación que hace a los odios es sistemática contra los medios como grupo social, contra sus adversarios por razones políticas, y contra la Iglesia por regatearle su condición de «pastor» revolucionario, no puede menos que concluirse en lo elemental: Chávez se conduce como un terrorista de Estado. Así de simple.

Ojalá aprecie a tiempo que la realidad internacional, gústele o no, es otra después del 11 de septiembre. Y no son los americanos quienes lo observan u observarán. Es la comunidad internacional civilizada la que mantiene desde ya los ojos abiertos para purgar las intolerancias y las negaciones sobre las que levantó el terrorismo fundamentalista.

Quizá él, en sus atropelladas lecturas, no se ha detenido a revisar cuidadosamente los tratados sobre derechos humanos. Y quizá, por lo mismo, no advierte que toda apología del odio y las amenazas o la incitación a la violencia contra cualquier persona o grupo, por razones políticas y no solo raciales, es castigada severamente. Y en este plano cuentan las palabras, por que el verbo de los líderes, como el de todo pedagogo, es de suyo acción realizada.

La incitación al odio es un crimen de lesa humanidad. No prescribe, como lo recuerda la propia Constitución Bolivariana. Y tiene un rango similar a los crímenes por los que se persigue al señor Osama Bin Lahden y que asimismo permiten el enjuiciamiento actual del Presidente Milosevic, por el Tribunal Penal Internacional de La Haya. Nada menos, nada más.

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