Opinión Nacional

Sobre el lanzamiento de la primera piedra

Finalizando 2005, recordamos la llamada telefónica de un periodista aragueño que se dijo militante de muchos años de COPEI, a objeto de felicitarnos por la decisión de no acudir a los comicios parlamentarios, sintonizando como nunca antes con la opinión pública opositora. Se dijo entusiasta y contundentemente decidido a reactivarse como militante de larga data, dispuesto a toda suerte de sacrificios en la difícil lucha emprendida. Sin embargo, fue la primera y última noticia que tuvimos del esclarecido y desprendido ciudadano.

Los partidos concluyeron un natural y complejo proceso de negociación de las candidaturas parlamentarias, incluyendo a sectores e individualidades independientes, por entonces, para – inmediatamente, después – aceptar que se había impuesto la obviamente interesada opinión pública oficialista. No olvidemos que hasta se adelantó una injusta y demoledora campaña de descalificación para la nominación de un dirigente que, no por casualidad, fue nominalmente elegido diputado en medio del auge agobiante auge chapista de 2000.

Por supuesto, las voces que clamaron con suicida terquedad por la abstención más simple que se les podía ocurrir, muy poco o nada hicieron luego del 75% de inasistencia a las máquinas de votación, apenas vanagloriándose de una profecía que les fue ajena, ampliamente televisados el gesto y el verbo que dio la espalda a un proceso político real. Además de la infeliz idea de provocar la automática deslegitimación del régimen por tan elevado porcentaje de lo que se creyó a ciegas una desafección definitiva, como si Miraflores jamás hincara sus codos en el tablero de ajedrez, no hubo las inevitables consecuencias que los Spassky-Fischer del momento supusieron.

Huelga comentar lo que hubiese ocurrido en el caso de ingresar a la Asamblea Nacional un mínimo de dirigentes políticos, conocedores o sabedores del oficio, por todos estos años. Un poco de más destrezas, ideas y habilidades, han hecho falta para sincerar la dramática situación que el chavezato ahoga en la pólvora dineraria y mediática, cuando no se decide por la asimétrica.

De nuevo, a las puertas de un necesario entendimiento para las venideras elecciones parlamentarias, insurge la polémica contra los partidos políticos como si fuesen absolutamente responsables de todos los males y condensaran exclusivamente la peor dirigencia con la que cuenta el país. Es cierto que sufren una crisis terribilísima de descomposición, añadida la organización a la que pertenecemos, abonada también por la indiferencia de una sociedad que no ayuda a detenerla, pero ¿quién lanza la primera piedra?, porque el fenómeno Chávez Frías no fue ni es absolutamente gratuito, como muchos se empeñan en defensa de su cristalina, inmarcesible, por siempre redundante pureza.

Hay un liderazgo en la llamada sociedad civil, como en los partidos, llamado a protagonizar la nueva etapa de confrontación contra el régimen, desde sus honestas credenciales de lucha, agregando a aquellos que el país no conoce, autores verídicos y anónimos de muchas de las iniciativas opositoras que la estridencia mediática oculta. Por lo que respecta a los partidos, radicalizando la situación del liderazgo natural, deben celebrar las elecciones primarias para seleccionar los nombres que concursen en las siguientes primarias de la oposición para el definitivo plantel a decidir.

La consulta a las bases partidistas, como a las gremiales y de cualesquiera otras manifestaciones sociales, resulta indispensable para el saneamiento democrático: el encuentro de todas las fuerzas y corrientes opositoras tendrá una mayor e irrefutable legitimidad. Y permitirá perfilar al parlamentario opositor deseado, de coraje y profundidad, comprometido con un combate que se despliega en todo el horizonte social.

Todos tenemos derecho a señalar a las personas u organizaciones que creemos aptas para tamaña responsabilidad, aunque – suele decirse – no todo lo que brilla es oro. Empero, no lo hay para descalificar, pulverizar o liquidar de antemano a los partidos, ni siquiera aupando a otros, sino ¡a todos los partidos!, como si apenas algunos monopolizaran el dolor, el sufrimiento, los sacrificios de la larga década.

El periodista, cuyo nombre extraviamos, tuvo un momento de delirio cívico como toda la oposición empedernidamente tiradora de piedras, que no dispuesta a la discusión coherente, profunda y articulada. Quizá, en lugar de afrontar uno de los retos como es el de contribuir a la recuperación y relanzamiento del partido, o la fundación de otro mejor, le es más fácil integrarse al coro: ¿gritará otra vez abstención a toda costa?.

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