Opinión Nacional

Sobre la fuerza armada nacional

Cuando sostengo que la Fuerza Armada Nacional (FAN) será escenario de una trascendental batalla política en Venezuela quiero decir que sólo existen dos opciones para los cuadros de esa Fuerza: o incorporarse activamente al proyecto estratégico que propone el Presidente Chávez, o desaparecer institucionalmente.

En otras palabras. No existen dos proyectos militares. Existe uno solo, porque el otro está orientado a la destrucción de la Fuerza Armada, tal como ya ha ocurrido en la mayoría de los países «democratizados» y «liberalizados» de la América Meridional. Es esa experiencia la que nos señala que la eliminación de las instituciones militares es el prólogo para el ingreso al patio trasero de la globalidad. Es el sello inequívoco de la colonización en estos tiempos de «igualamiento» forzado, en el que los hombres se transforman en «chips», y las patrias en mercados. Al día de hoy sigo pensando como el gran filósofo alemán: «Sé por la experiencia y la historia humanas que todo lo esencial y grande sólo ha podido surgir cuando el hombre tenía una patria y estaba arraigado a una tradición» (Martin Heidegger, «Der Spiegel», 28 de marzo de 1967).

Esto significa que la búsqueda de la Fuerza Armada como escenario o campo de una confrontación política no es algo que dependa de la voluntad de los actores (Chávez, Arias u otros), no es en absoluto una arbitrariedad ni mucho menos un capricho. La fuerza armada es, por el contrario, el marco estratégico dentro del cual se resolverá el destino de Venezuela. Para simplificar al extremo esta cuestión, sin desvirtuar los términos en los que está planteada, es lícito afirmar que sin Fuerza Armada, no habrá Venezuela. Y es sabido que las versiones pos-modernas de la «democracia» exigen, todas ellas, la desaparición de esas Fuerzas, como paso previo a la desaparición de las naciones que las albergan.

No existen dos proyectos militares. Sólo el Presidente Chávez dispone de una concepción estratégica dentro de la cual la institucionalidad militar asume una importancia hegemónica en estos tiempos de eliminación de fronteras, de exclusiones, y de brutales empobrecimientos materiales y espirituales. Se trata de que los cuadros comprendan a fondo esta situación. Fuera del proyecto del Presidente les está esperando un destino horroroso: como ya ha ocurrido en toda la América Meridional; una parte de los oficiales se convertirán más o menos en buhoneros, y la otra en Legión Extranjera Policial especializada en controlar disturbios internacionales (en este caso, más próximos que lejanos). Ambas se encontrarán dentro y fuera de una patria que por entonces ya será inexistente. Por lo tanto, el campo de batalla político militar no es una opción libremente elegida, sino una cuestión de supervivencia nacional. Mientras el proyecto del Presidente, por su propia lógica, tiende a mantener e incrementar la cohesión institucional de la Fuerza (porque ello es vitalmente necesario), la «democracia» marginal – geopolíticamente subsidiaria – que propone Arias, es necesariamente fraccional y faccional. Necesita romper la cohesión institucional de la Fuerza para llevar a una minoría dentro de ella a ser la Gendarmería de lo políticamente correcto. Este es el núcleo de la violencia que oferta Arias. Nada nuevo: ya ha ocurrido muchas veces en nuestra América Meridional. Siempre se bombardea «preventivamente» a los pueblos en nombre de una «libertad» que, para ellos, nunca llega.

La «democracia» que viene es de nuevo tipo; lejos de los presupuestos del Enciclopedismo, ya no importa cuántos votos tenga un líder. Lo que importa es saber si esos votos llevan el ADN «democrático», según lo han definido los herederos occidentales de los vencedores de Segunda Guerra Mundial (que fue donde y cuando se pulverizó a Europa desde el Norte bárbaro de América y desde las «primitivas y salvajes» estepas asiáticas). En esta Europa ya fracturada, la doctrina se aplicó y se aplica en casos extremadamente distintos, como la Serbia (¡un Estado cristiano, siempre fronterizo con el Islam, destruido para introducir en los Balcanes dos Estados musulmanes bajo administración turca!) de Milosevic y la Austria católica de Haider (recordemos a Viena, que por siglos fue un Alcázar antiotomano, desde una «Unión Europea» con una Turquía aliada de Israel como futuro Estado-miembro); por ello, tal vez, Vladimir Putin acaba de exhortar al pueblo ruso (¿será la Moscú ortodoxa-bizantina, finalmente, la verdadera Roma, luego de la humillación papal en una Jerusalén judaizada?) a agruparse en torno a sus fuerzas armadas, con moral de victoria y (muy) rearmadas.

Sólo con la Fuerza ubicada en ese plano de decisiones estratégicas se podrá pensar en explotar las líneas de fractura de la política mundial. Con el Presidente Chávez, y con el tiempo, la Fuerza se convertirá en el eje de un vasto proceso de desarrollo económico, tecnológico y social (seleccionando tecnologías en áreas hasta ahora prohibidas – ¿Rusia? – y construyendo industrias militares propias, por ejemplo); y en el núcleo de una geopolítica en primer lugar regional, orientada a producir honor, poder y bienestar para nuestros pueblos de nuestra Patria Grande. Es decir, aquello de lo que carecen los excluidos, los fracturados y los marginales.

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