Opinión Nacional

Sobre los hombros de un gigante

Se cumple un siglo del nacimiento de Arturo Uslar Pietri. Es motivo para reflexionar.

Uslar Pietri ha significado muchas cosas para mí, desde mi más tierna infancia.

Mi padre nos recordaba, cada vez que pronunciábamos mal una palabra o dejábamos una frase inconclusa: “escuchen a Uslar Pietri, oigan como se habla correctamente el castellano”.

Otras veces, mi padre dejaba volar un “tal y como dice Uslar Pietri: uno piensa con palabras. Mientras más rico es nuestro vocabulario, más rico será nuestro pensamiento”.

Obviamente, “Valores Humanos” era un programa fijo en casa.

Luego, siendo un joven adulto, seguía con detenimiento lo que hacía Uslar Pietri, sus gestos, sus palabras, eran casi sagrados para mí.

Sus advertencias públicas eran mucho más que un símbolo, se volvían una especie de conciencia alternativa, una referencia de lo que debe ser un hombre, en su universo individual y como ciudadano y como político.

Tuve el inmenso privilegio de entrevistarle para PETROLEO YV pocos meses antes de su muerte. Conversamos durante horas en su acogedora biblioteca.

Ese día percibí a un hombre solo, muy solo, tallada de sabiduría su humanidad entera, con las cuentas saldadas con este mundo, dignamente preparado para nacer en la eternidad.

Cuando salí de su hogar, esa casa de La Florida que tiene la peculiaridad de amarrarle a uno el corazón, me llené de tristeza.

Recuerdo la ambivalencia de las emociones sentidas.

Por un lado, tenía la dicha de haber compartido horas a solas con un gigante del intelecto, cuya alma era un lago apacible, pero por el otro, y esto era lo que me hundía en la depresión, vi retratada en la cara de Uslar el rostro de una Venezuela despreciada, un país que por bajas pasiones, por una maldición del infierno, no somos.

El destino, pienso que también la torpeza y mezquindad de un grupo de políticos que no nombraré, impidió que Uslar Pietri fuera presidente de Venezuela. Lo lógico era que lo hubiese sido.

Fue la figura más influyente y eficiente del gobierno de Medina y, sin lugar a dudas, el hombre más inteligente de su época, no solamente de su generación.

Le tocó, en cambio, un infame destierro, que llevó con dignidad. Los que le calumniaron tuvieron que rectificar, no les quedó alternativa. Pena les debió dar. ¡Tanta mezquindad!
Vivió Uslar tiempos difíciles que le marcaron para bien.

Escribió obras sublimes, en todos los géneros. Cuentos, novelas, teatro, “Pizarrón”… son espejo de un ser humano maravilloso.

Creó una televisión educativa inigualable, sin precedentes.

Sus discursos políticos son simplemente una obra maestra.

Fue receptor de muchos reconocimientos y premios. Cultivó amistades inmortales, fue leído y admirado por centenares de personas, en decenas de países, de casi todas las lenguas conocidas.

Pero ante todo, fue un hombre de su tiempo, de sus circunstancias.

Sufrió muchísimo y amó más. También a él lo amaron. Tuvo suerte.

Le sobrevivió un hombre ejemplar, su vivo retrato, Federico.

Hoy, en un país que se vuelve arena, el hijo lucha por conservar sólida la memoria de su padre. ¡Qué difícil tarea!
Pero quizás no todo se ha perdido. Mientras algunos conservemos un mínimo de conciencia, siempre encontraremos los hombros de un gigante para alzarnos y ver mejor.

Hombros que cumplen 100 años y nunca pudieron ser más necesarios.

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