Opinión Nacional

Socialismo con Rolls Royce

En el debate sobre el socialismo hay mucha hipocresía. Quienes dicen no temerle al socialismo son incapaces de compartir su carro. Porque de eso se trata, de la abolición de la propiedad privada. Sí, ya sé, vendrán quienes dirán que exagero. Que hasta desconozco el desarrollo de la historia de las ideas socialistas y demás zarandajas.

Pero es que no conozco al primer socialista que en su vida privada aplique la solidaridad sin miramientos. Algunos se escudan en que si viven en un sistema capitalista no pueden practicar el socialismo. Dicen que es un asunto parecido a la legalización de las drogas: para que sea operativa, debería aplicarse en todo el mundo, sin excepción. Así hablan estos socialistas: para poder compartir sus bienes, deberíamos todos desprendernos de los nuestros.

Otros vivos dirán: “Ah, pero usted habla es de comunismo. Desconoce que el socialismo es una etapa anterior al comunismo que es el que elimina la propiedad privada. Todavía ningún Estado se ha proclamado comunista, porque –siguiendo la teoría marxista- cuando se llegue al comunismo, el Estado se habrá extinguido.” Es decir, sería un oximoron: Estado comunista.

Los partidos comunistas existieron y existen para alcanzar el comunismo, es decir la desaparición del Estado. Y no se pare usted en pequeñas contradicciones como las del Estado-partido, que hubo en la fenecida Unión Soviética y hay en la actual China posmaoísta capitalista o en la hermética Corea del Norte y la casi-posfidelista Cuba.

Una de esas contradicciones era la que permitía que los partidos comunistas fueran financiados por los Estados (burgueses o no). Así, el partido que destruiría (haciéndolo más grande y controlador) al Estado era alimentado por las arcas estatales. Y ese financiamiento incluía los privilegios que disfrutaban los gobernantes.

En la Unión Soviética, arrasada por la historia y el desastre económico, a esa clase en el poder se le llamó Nomenklatura. De acuerdo al nivel en el que se encontraba cada funcionario, disponía de automóviles, viajes, casas de veraneo (dachas) y demás comodidades.

La vecina Cuba no escapa a tales aberraciones (si hablamos desde los deseos del “Hombre Nuevo” proferidos por el Che Guevara). Recuerdo cómo en La Habana una linda cubanita fue a recoger a mi hotel una encomienda que yo le llevaba. Al preguntarle por el lujo de su Mercedes con chofer, me respondió tranquilamente: -Es que mi papá es miembro del Comité Central del Partido (Comunista, por supuesto).

Ese privilegio de aquella muchacha que fue a buscar una carta de su novio, era mucho más grosero en aquél ambiente de miseria general de Cuba. En una ciudad de casas derruidas, con hacinamiento en las viviendas pero de calles y avenidas sin automóviles ni buses, ella se movía en un auto importado de lujo y de última generación.

Ese es el socialismo que se está imponiendo en Venezuela. Mientras la compañía Rolls Royce anuncia que abrirá agencias en el país, para atender a sus potenciales clientes (¿serán rojos-rojitos?), cuyo modelo más económico tiene un precio de más de 750 millones de bolívares (sin impuestos), Chávez le pide a quien posee tres televisores que regale dos y a los niños que tienen cuatro juguetes que obsequien alguno a los pobres.

Pero es que él no da el ejemplo. Como todo socialista, no muestra con su proceder cómo hay que actuar. ¿Cómo puede ser socialista alguien que tiene asignados 12 millones de bolívares mensuales para calzado? Es decir, Chávez puede comprarse (le compramos los venezolanos) cada mes 24 pares de zapatos de medio millón de bolos cada uno -que es un precio bastante alto, para no hablar de zapatos baratos que son los que usamos los simples mortales-. Agréguele usted lo que tiene asignado para viajes en su jet de 65 millones de dólares, vestido y alimentación y creo que puede igualarse a los gastos de representación de la Reina de Inglaterra o de cualquier jeque árabe.

Mientras Chávez peroraba la noche del pasado 17 sobre el socialismo y los sacrificios inherentes a éste, ante el aburrimiento del público arreado del Teresa Carreño y la solicitud del Mujiquita mayor que apuntaba todas las ocurrencias del caudillo, lucía unas yuntas de oro en los puños de su camisa, dejaba ver uno de los tantos relojes lujosos de su colección y estaba enfundado en un traje Armani con su correspondiente corbata de seda italiana.

Algunos dirán que hablar así es demagogia. Pero mientras el demagogo paradigmático vista así (viaje así y regale dinero en el exterior así), el socialismo es para los pendejos. O, como dice el obispo de Coro, monseñor Luckert, las palabras de Chávez en contra del lujo y el despilfarro y el no actuar en consecuencia, lo convierten en un payaso.

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