Opinión Nacional

¡Somos y seremos militantes de la vida!

Tal vez el mundo no ha tenido razón humana desde sus propios inicios, cuando, por motivos que aún tendremos que explicar de manera más real y menos ‘religiosa’, lo que ascendía como especie nueva de un orden natural profundamente complejo y extraordinario, dejó de cumplir las funciones esenciales para las cuales se formó su estructura e ingeniería interior, para dar paso a una total negación de lo humano y hacer de la muerte el valor mayor que el hombre ha estampado en este planeta. Por ello, aún no hemos dado inicio a la era de la vida.

De modo que sólo partiendo de esta premisa se podrá rescatar lo que es nuestra esencia, nuestra potencialidad, nuestra función primaria y original, del permanente ejercicio de destrucción, devastación, perversión y destrozo al que hemos sometido lo que somos.

Pero es evidente que esta óptica no encaja dentro del actual ordenamiento de un mundo dispuesto para la destrucción. Y todo pensamiento verdadero queda como solitario, aislado en medio del gran ruido de quienes se disputan el derecho a decidir sobre el residuo de lo que muchos consideran humanidad.

De allí que al reflexionar, lo hacemos conscientes de que el nuestro es un lenguaje que no se constituye en mercancía apetecible para ninguno de los bandos, que no es admitido como científico y que al mismo tiempo carece del necesario arraigo oscurantista, metafísico o religioso, para formar parte de la larga lista de credos habilitados para distraer. Tampoco es lo suficientemente edulcorante para adormecer, mentir o complacer a nadie.

Y está evidentemente al margen de los discursos político-ideológicos, que se enfrentan con las palabras pero en cuyas acciones y base manejan, para el logro de sus fines propios, que no los del individuo-colectivo, los mismos procedimientos y mecanismos de crimen y horror que dicen adversar.

Y por ello hoy, en este inicio de otro año, que bien puede ser cualquier día o fecha, tomada al azar, continuamos con el mismo y grave dilema. ¿Seguiremos malgastando nuestro escaso tiempo y condición de humanos en esta tierra hablando el lenguaje que otros nos imponen o insistiremos en deletrear una lengua que alcance alguna huella-humanidad? En lo particular, hemos decidido lo segundo. En forma irrenunciable.

En este sentido dejemos hoy a los sepultureros disputarse las razones de una u otra forma de destrucción y a los asesinos decidir cual crimen debe ser salvado y cuál condenado. Dejemos a los invasores de hoy, ayer y mañana, seguir elaborando sus estatutos de perversión. Dejemos que quienes se reparten el mundo entre ofertas de una misma liquidación, sigan esgrimiendo sus argumentos, para alcanzar más dominios. No avalamos ni avalaremos ni a unos ni a otros.

En el escaso lenguaje humano del hombre decimos simple y llanamente: que en un plano de auténtica humanidad no tiene cabida el asesinato, cualquiera sea su procedencia. Ni la destrucción en defensa o ataque. No tiene cabida la utilización, manipulación, domesticación, represión, fustigación, perversión del hombre, para unos u otros fines.

Sostenemos con el poeta Juan Ramón Jiménez que el hombre es una unidad colectiva individual, con una potencialidad creadora que jamás hemos ni siquiera soñado con alcanzar, con un instrumental bioquímico, físico, molecular, estructural, genético, que nos enlaza con todas las formas de vida anteriores y nos vincula con las que habrán de existir o coexisten hoy en el universo, que nos capacita para hazañas de dimensión humana, que no podemos siquiera imaginar.

Estamos hechos, constituidos, formados con una capacidad ilimitada para la creación, el asombro, la invención, la trascendencia, el futuro. Pero hemos sido destinados a la negación de lo que somos, como individuos y como colectivo de hermanos en tareas comunes de vida y porvenir. Y hoy, más que nunca, es necesario marcar un deslinde, una barrera, señalar una condición y una conciencia, cualesquiera sean las consecuencias que éstas acarreen.

El mundo hoy está disputado entre imperios, cada cual con sus mensajes, teorías, calificativos, razones y vías. Ambos coinciden en su capacidad para aniquilar y destruir. Y para ello se han valido de todos los subterfugios mediante los cuales el hombre deja de ser una entidad sustentada en su propia condición para pasar a ser fiel seguidor de ideas, pensamientos o credos distantes y ajenos.

Como si gigantescas manos pudieran tirar de los hilos de infinitas marionetas para mover al hombre que aún habita estas tierras, a actuar de acuerdo a quien tenga en sus manos las cuerdas.

En ese juego macabro, especulativo, despreciable, se nos quiere obligar a situarnos en bandos a objeto de defender posiciones que ni siquiera reconocemos. Nos negamos y nos negaremos sistemáticamente a pertenecer a ningún bando que se aliste en la muerte que no en la vida.

E invocamos una acción, un lenguaje, una historia, individual y colectiva, que comience a espantar la muerte, e imponerle al hombre la capacidad de mirar, de escuchar, de percibir y de crear, en cualquiera condición o circunstancia, como los infinitos y múltiples productos de un tronco común en explosión de su esencia humana.

A estas alturas discutir quién es más criminal, si el señor Bush o el señor Hussein es un juego grotesco e inaceptable. O tratar de definir los límites que designan que un crimen es o de no de ‘lesa humanidad’ es una verdadera barbarie. Todo crimen es de ‘lesa humanidad’, pero no en el ordenamiento jurídico de quienes inventan las leyes para proteger sus propias masacres, sino en el contexto de la vida humana que es indisoluble, indivisible, unívoca.

De modo que en este tiempo de profundas conmociones, en las que el planeta ha llegado a sus niveles más altos de horror y degradación, de complicidad y negociación, de mutua asistencia e indiferencia ante el crimen, la única militancia que habremos de aceptar es la vida.

La creación, el porvenir, sustentados en la capacidad espiritual, física, intelectual, genética, molecular, de la cual cada ser humano está dotado, aún a su pesar, como gigantesca maquinaria para la conformación de una historia humana, de un código humano, de una huella humana, capaz de dar el salto fuera del horror de estos siglos, para iniciar la difícil, traumática, travesía hacia el porvenir.

http://historiactual.blogspot.com/2006/12/somos-y-seremos-militantes-de-la-vida.html

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