Opinión Nacional

Sus hijos son nuestros hijos

Querida Señora Faddoul:

Aunque usted no me conoce, me permitirá el abuso de tratarla con familiaridad y decirle «querida». Me identifico: soy una de tantas millones de madres venezolanas que nos hemos preocupado, desvelado, y que hoy lloramos la muerte de sus hijitos.

Yo no sé qué se dice en estos momentos, querida Señora Faddoul, porque mi mente y mi corazón no están preparados, y jamás lo estarán, para vivir estos momentos. No sé si tampoco sirva ofrecerle mi hombro para que apoye su cabeza y lloremos juntas, y mis brazos para abrazarla fuerte. ¿Sabe? … Cuando uno está triste reconforta saber que se cuenta con hombros que mojar con nuestras lágrimas y brazos que nos abracen hasta dormirnos de tanto llorar. Me consta que hombros para llorar y brazos que la abracen le sobran en estos momentos, porque el país está con usted, y todos queremos ofrecerle nuestros hombros y nuestros brazos. Pero el dolor es y será infinito, y yo, como todos, me siento impotente al no poder decir o hacer algo por usted.

La mañana de la noticia, cuando llegué a mi trabajo en Radio Caracas Radio, todos mis compañeros estaban en schock, conmocionados, tristes, llorosos. Como está todo el país. No nos dimos abasto para darle cabida a tantas llamadas de personas que querían expresar su dolor, su frustración, su rabia.

¿Sabe? Usted se convirtió en un símbolo. De la Venezuela que en su día fue el paraíso de la gente trabajadora que deseaba prosperar. De la Venezuela honesta. De la Venezuela buena. No sabe usted cuánto sentí que la quise cuando usted habló de señor Miguel Rivas como un excelente amigo de su familia. No sabe usted cuánto sentí que la admiraba cuando en la carta que le dirigió a los secuestradores, y aún pensado que Dios los había escogido «para finalizar con la misión de esas criaturas», les dijo que los perdonaba. Yo me considero una buena persona, querida Señora Faddoul, pero hoy me siento a años luz de distancia de usted, porque siento que no puedo perdonar lo que hicieron con sus hijos y el señor Rivas. Y ciertamente no quisiera albergar este tipo de sentimientos en mi corazón. ¡Querida Señora Faddoul, tiene usted la misión de enseñarnos a perdonar a los asesinos de sus hijos y de su amigo!

Tenga usted la certeza de que el amor que recibieron sus hijos fue el escudo que los blindó y los ayudó a que su subida al cielo «fuera rápida y hermosa». Esos ángeles a los que usted les rezó tanto se encargaron de ello.

El Cardenal Urosa en la Misa que celebró el domingo 2 de abril en la Iglesia de La Chiquinquirá, dijo: «No al secuestro, no a la delincuencia, no al crimen». Ese tiene que ser el clamor de todos los venezolanos de bien, en homenaje y en justicia a quienes han muerto en manos del hampa.

Que Dios la bendiga y le dé fuerzas, querida Señora Faddoul. Sus hijos son hoy los hijos de todos.

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