Opinión Nacional

Suspendamos las ayudas

Las ayudas económicas no sirven. Acabemos con las ayudas. Al menos con la forma en la que se están aplicando actualmente. Las monstruosas cifras de ayuda dadas a África y a América Latina hasta ahora y el escaso resultado que han tenido hacen necesario que miremos a la ayuda económica de una manera nueva.

Las dádivas sociales son siempre el camino errado como política sistemática. No son la manera de generar crecimiento sostenido. Cada vez son más los pensadores que apoyan la suspensión de las ayudas actuales, como Jagdish Bhagwati, profesor de Economía y de Derecho en la Universidad de Columbia y asesor especial del secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan.

Se trata de un sistema de desarrollo obsoleto y que ha demostrado su falta de eficacia. Un grupo de románticos sigue luchando por el famoso 0.7%, pero este objetivo, además de lejano y casi imposible, ni siquiera es el más conveniente.

Se parte del error de cuanto más dinero mejor, cuanta más comida mejor. De este modo, se crea un sistema asistencialista que, lejos de arreglar el problema, sólo sirve de tirita que oculta la herida sin curarla. Genera un modelo de dependencia que a medio y largo plazo agrava el problema.

El actual sistema de ayudas tiene numerosos puntos débiles. No existe un control de las inversiones y, muchas veces, sólo una parte del dinero se invierte en desarrollo. La otra parte del dinero desaparece en intrincados laberintos burocráticos. La ayuda que entra de golpe tiene el mismo efecto contraproducente que el dinero que genera la venta del petróleo: son millones que nunca llegan a los pobres, se queda en manos del gobierno y las elites.

La “ayuda” alimentaria ha provocado crisis agrícolas en los países receptores que han visto cómo sus cultivos dejaban de ser productivos en comparación con los alimentos “gratuitos” que recibían como ayuda.

Además, el sistema de dependencia que generan acaba convirtiéndose en un arma de doble filo. Hay que olvidarse del concepto romántico de ayuda, porque en realidad esconde una actitud de dominio. Es como ese amigo de la mafia siempre dispuesto a ayudarte, pero siempre preparado para recordarte que te ha hecho un favor.

El ejemplo reciente de Palestina nos debería poner en alerta. Este país vive de las ayudas internacionales desde hace décadas. En cuanto Hamas ganó las elecciones, las voces de los organismos internacionales lo primero que hicieron fue amenazar con suspenderlas. ¿Estamos hablando de ayudas o de armas solapadas de control? Resulta más cómodo enviar toneladas de comida que favorecer un desarrollo real e independiente.

América Latina tiene un problema peculiar con las ayudas. Es una región que tiende a atravesar ciclos económicos de crecimiento elevado acompañados de otros momentos de caída libre. Esto hace que pida demasiado dinero prestado que le facilita el crecimiento; pero, cuando el flujo de capitales se para o cambia de dirección, el crecimiento desaparece. Lo que vuelve a abrir el ciclo y acaba generando inestabilidad política y económica.

Los pobres se beneficiarían más allá de lo inmediato si ese dinero se invirtiera en infraestructura, educación y salud pública, lo que mejoraría la capacidad de obtener trabajos y un mayor ingreso.

La dirección es otra, como apunta Jagdish Bhagwati. La ayuda debe dedicarse a ideas y estrategias específicas: la formación de especialistas en el extranjero y pagarles viajes para que sean ellos los que formen a otros dentro de su país de origen, apoyar la investigación de enfermedades que merman la población… Existen fórmulas que han dado buenos resultados como los microcréditos a mujeres. Crear organismos educativos gratuitos y apoyar económicamente a las familias que manden a sus hijos a estudiar.

La ayuda es necesaria, pero debe partir de un presupuesto de justicia y no de una actitud paternalista, como hoy sucede. Salvando las distancias, es como un niño que anda en bicicleta sin que nadie la haya enseñado a manejarla. Cuando se cae y se despelleja la rodilla, lo único que se le hace es ponerle una tirita e invitarlo a que siga su camino. Nadie se detiene a explicarle su manejo. Total, el bote de tiritas está aún muy lleno. Nadie piensa que las heridas que se reabren cada vez son más difíciles de cerrar.

Fuente:
Centro de Colaboraciones Solidarias

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