Opinión Nacional

Talento legislativo probo

Si un hombre –por ejemplo- con un talento extraordinario para jugar beisbol se involucra en negocios sucios para ganar dinero, pretendiendo al mismo tiempo engañar a las autoridades y a la fanaticada, nos da una clara demostración de que no basta tener talento para ostentar de cara a la vida una investidura de dignidad. Obviamente estoy aludiendo la frase de Simón Bolívar que ya todos adivinaron: el talento sin probidad es un azote.

Y es bueno estar al tanto de que el DRAE despacha el término “Probidad”, a la hora de definirlo, con este otro –realmente más digerible-: Honestidad; ese noble vocablo que se yergue como factor de armonía en cualquier entorno de relaciones donde los componentes humanos le dan preponderancia en su cotidiano accionar. Y si esos componentes humanos tienen talento, la armonía es mayor.

Hitler demostró algún talento en el manejo de grandes masas con el que hubiera podido conducir a los alemanes a niveles de bienestar inimaginados, pero la falta de probidad lo encaminó por oscuridades terroríficas que hoy la historia registra como un modelo de lo que no debe ser, un mal ejemplo, un apestoso desperdicio para el museo de lo abyecto. Detrás de la fabricación de misiles, bombas atómicas, estrategias de guerra, y tantas cosas que reivindican el dolor, se encuentra un batallón inconmensurable de hombres y mujeres de talento –no todos, a propósito, comprometidos con el balance criminal que por lo general acompaña la activación de aquellos artefactos o ideas que sus investigaciones y descubrimientos han ayudado a fomentar-.

Escribo estas cosas como una forma de abrir cauce a la cuota de talento literario que me ha tocado administrar, porque recuerdo la sentencia bíblica que pesa sobre quienes esconden esa dádiva con la que se nos permite ejercer determinadas actividades con un poco de ventaja sobre algunos de nuestros congéneres: “al que tiene se le dará más, y al que no tiene hasta lo poco que tiene le será quitado”. Y es que a veces, luego de verter en unas cuantas páginas blancas las inquietudes ideológicas que pululan en nuestras venas, el alma parece resecarse de silencio. Entonces pareciera que dejamos pasar demasiado el tiempo sin que alimentemos con nuestro aporte, la conjunción de afectos y desafectos que se inscriben en el debate cotidiano por el moldeo de una Venezuela arisca, en azarosa rebeldía, a veces de sangre, a veces de muerte, como en el momento actual, porque no se acostumbra a un reposo impuesto a expensas de su propio albedrío, no de habitantes, sino de ente abstracto, de entelequia con un nombre de nueve letras.

Esa Venezuela se prepara para elegir en septiembre un grupo de personas que tienen influencia de gran importancia en todo cuanto tiene que ver con el establecimiento de los deberes y derechos que como ciudadanos debemos ejercer en relación al coexistir dentro de nuestros linderos geográficos: los legisladores de la Asamblea Nacional.

Las leyes, como siempre, nos impondrán a los que no tenemos espíritu anárquico qué debemos hacer y qué no debemos hacer; determinarán a qué tenemos derecho y a qué no tenemos derecho. Durante esas votaciones se nos ofrecerá la gran oportunidad de “hablar ahora o callar para siempre”, a fin de no quedar entrampados como “chacumbele” bajo el imperio de leyes indeseables.

Aspiro podamos encontrar una fórmula que nos garantice a todos la posibilidad de reunir en ese recinto un escuadrón de diputados y diputadas a quienes la providencia haya dotado de inmejorables talentos, y de mucha probidad, para discernir acerca de las más justas normativas que deban aprobarse de acuerdo al interés nacional.

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