Opinión Nacional

Tarantino el sucio

El último héroe de Tarantino se llama Django, nombre que además da título al filme; toda una declaración de intenciones que -tanto ha dado el cántaro-, se resuelve en un western cuyas consecuencias visuales y dialéctica, no hacen más que atrincherar al realizador en su ideario estético de violencia y sangre que le definen ya como uno de los autores más importantes del momento.

Claro que su incursión en el género viene desde muy atrás. Kill Bill (2003, 2004) por ejemplo, es también en toda regla un western. En general, y es ya sabido, su filmografía es producto de un universo en el que se mezclan –quién sabe en qué proporciones- el spaghetti western, las artes marciales el cómic y otras extravagancias que solo él mismo conoce y entiende. Los duelos de Kill Bill no son ni mucho menos diferentes a los de Río Bravo (H. Hawks, 1959).

Pulp fiction (1994), además de un rompimiento de las estructuras narrativas clásicas, es también una representación de la lucha entre el civismo y la anarquía. Django sin cadena está situada en medio de una confrontación en la que se oponen dos modelos distintos de civilización, una esclavista y otra antiesclavista. El héroe negro de un país al borde de la secesión, cruza montañas nevadas y desiertos para recuperar a su amada; de nuevo una referencia al que probablemente sea el western más importante de todos los tiempos, Centauros del desierto (J. Ford, 1956).

La hazaña de Tarantino, no radica solamente en combinar elementos de aquel o este cine. Todo su cine es una inmensa intertextualidad y eso es lo que menos interesa. Su transgresión radica más en el hecho de saber hacer estas combinaciones del modo adecuado, y, al mismo tiempo impregnarlas de su enfermiza suciedad, de su estética de la sangre y de colores saturados. La violencia de Tarantino, aunque resulte ya redundante, es hiperreal y raya claramente en lo grotesco.

Además, en Django sin cadena, se incorporan una serie de formalidades que contribuyen a que el filme tenga cierto aspecto de película de artes marciales de Serie B, de telefilms o de westerns muy primitivos: Hay un uso reiterado del zoom en el cambio de planos, normalmente de un plano muy pequeño a otro muy grande y/o viceversa, reencuadres que, sin embargo, son pulcros y refinados y ubican a Tarantino en una modernidad conservadora. Y por otra parte, el montaje juega a ser a ratos lento, a ratos muy dinámico.

La banda sonora complementa ese aspecto spaghetti tan inconfundible y remarcado: La sola inclusión del tema Django de Luis Bacalov, las composiciones de Ennio Morricone o canciones tan barrocas como Ancora Quide Elisa Toffoli, son parte de ese discurso. Por su parte, la inclusión de ritmos modernos como el hip hop, sirve para recordarnos que, al fin y al cabo estamos ante una película moderna y no ante una película de género.

Existen también varias lecturas morales, como la ridiculización con la que se reconstruyen fenómenos como el racismo sureño a finales de siglo XIX, la esclavitud o la segregación racial entre los mismos negros esclavos del entonces. Puede que incluso exista un guiño-replica a El nacimiento de una nación (D. W. Griffith, 1915) –aunque a estas alturas ya para qué- y puede que también nos esté tratando de decir que, a final de cuentas su opinión de poco sirve (el mismo Tarantino protagoniza una secuencia en la que acaba explotando y volando por los aires), que al fin y al cabo lo interesante del relato es la perspectiva con la que se ha abordado tan recurrida temática (sobre todo en Estados Unidos), y claro, la belleza visual de cada plano, el rompimiento de las formalidades, la exquisita fotografía y una historia de amor entrañable que yace muy al fondo al principio, pero que a minutos va adquiriendo una relevancia decisiva.

Django… toma lo mejor de los géneros y de la modernidad, para hacer de la sangre y de la violencia, un discurso poético que habla de la barbarie humana y de los prejuicios raciales. Lo hace incomodando, corrompiendo y conmoviendo al mismo tiempo.

 

@gvargaszapata

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