Opinión Nacional

Templar el Acero

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No sé porqué se me ha antojado leer las lecturas de los abuelos. Escribir sobre libros que nadie lee y que a nadie, tal vez, ya importe. No es mi caso. Me refiero al libro de Nicolai Ostrovsky, de quien “elípticamente” tomo prestado el título para este artículo. No voy a cometer la necedad de decir que lo estoy releyendo, pues —aunque lo había escuchado citar en las discusiones de mis “mayores”— nunca lo había hecho; a pesar de tenerlo heredado en mi biblioteca. No escondo que siempre me intrigó su título, pues tiene una convocatoria innegable —diríase, y perdóneseme el machismo, que hasta viril— para el compromiso político.

Sí, es verdad, también tiene el libro una carga de propaganda política del régimen de Stalin: por aquello de “construir al Hombre Nuevo”. Sin embargo, allí se rescata lo esencial, lo ontológico de la militancia política. Es la historia del camarada Korchaguin, que no es otra sino la del autor del libro. Es la tragedia del obrero-niño, quien comenzó de lavador de platos en la fonda de la estación ferroviaria de la aldea de Shepetovka, en la Ucrania que luchaba por ser soviética. Eran los tiempos de la Revolución Socialista de Octubre, ésa que parió a la Unión Soviética. Pavka Korchaguin, también fue fogonero y electricista; pero es de lavador de platos, con apenas 12 años, cuando descubre las iniquidades entre el valor-trabajo y el precio. Sucede cuando contrasta el precio de su salario de apenas 10 rublos por mes, contra los 40 rublos por día que reciben en propinas los camareros de la estación. Propinas que se gastaban en juegos de cartas y borracheras. Es el trabajo lacayo bien remunerado contra el trabajo sudado mal pagado. También el precio de la degradación en la condición humana. Podemos decir que es el nacimiento de la conciencia revolucionaria de Korchaguin y el primer paso a su militancia política; consecuencia, ambas, de la constatación de la injusticia que se abate sobre la clase obrera de su país.

La militancia política se manifiesta en dos pasajes de la vida del camarada Korchaguin. En el primero, se da cuenta del sacrificio del militante cuando éste tiene claro el camino para acabar con las injusticias sociales. Allí se narra la lucha contra “el sabotaje de la leña”. Ocurría que, una vez terminada la guerra civil, algunas unidades del Ejército Rojo se convertían en los llamados “ejércitos del trabajo”. Korchaguin hacía parte de éstos, a título de miembro de las Juventudes Comunistas o Komsomoles. En esta circunstancia debió afrontar la traición de los taladores del bosque, quienes comprometidos en aportar la leña para el invierno, que estaba en puertas, comenzaron la tala en dirección opuesta a la estación del ferrocarril, de donde sería transportada hacia la ciudad. Esta situación obligaba a construir una vía férrea de 6.000 metros desde la estación hacia el bosque, donde se encontraba la leña. Y había que hacerlo en menos de tres meses, antes del invierno y a “pico y pala”. Esto lo hicieron muchachos de entre 16 y 18 años de edad, mal abrigados y peor calzados, durmiendo en esterillas en el piso y asediados por bandoleros contrarevolucionarios que aún quedaban, a pesar de haber terminado la guerra civil. Es decir, paleaban y peleaban; siempre con el fusil al alcance de la mano. Muchos de ellos perdieron la vida por las balas y por el tifus, incluido Korchaguin; a quien se dio, erróneamente, por muerto a causa del tifus ocasionado por el esfuerzo sobrehumano autoimpuesto en el trabajo. El otro pasaje tiene también que ver con este episodio del sabotaje de la leña, pero muestra el rompimiento con los patrones burgueses de la mujer. Sucedió en el encuentro fortuito con Tonia Tumanova, la novia emperifollada que había dejado en su pueblo al enrolarse en el Ejército Rojo. Ésta había llegado en el tren de pasajeros que tuvo que hacer parada, a causa de la nieve, en la estación donde paleaban los komsomoles de Korchaguin. Éste fue encargado de reclutar, entre los pasajeros, paleadores para despejar la vía del tren. Fue cuando se encontró con su antigua novia y su marido, quienes se negaban al “trabajo manual”. Tonia le reconoció y le reprendió por su mala suerte al encontrarlo como un simple obrero “pico y pala”, sin siquiera darle la mano. Entonces Korchaguin respondió: “Hace dos años eras mejor, no te avergonzabas de darle la mano a un obrero, ahora hueles a naftalina”. Dándose vuelta con la pala al hombro. No volvió a pensar en ella.

El último tramo del libro de Ostrovski relata la superación intelectual Korchaguin, su incorporación al Partido Comunista de la URSS, su trabajo en el Buró de Dirección de la fábrica, donde además del trabajo productivo se hacía trabajo de formación política, etc. En fin, es la transformación del militante en cuadro político, en hombre de vanguardia; cuya expresión más convincente fue la desesperada solicitud de Korchaguin a su partido “por un puesto en las filas de la lucha revolucionaria”, a pesar del impedimento físico dejado por las secuelas del sacrificio y de la guerra: la parálisis y la ceguera. En estas condiciones publicó este libro, diciéndonos: “¡Así se templó el acero!”. ¡Y sin bajarse los pantalones!

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