Opinión Nacional

Teología de la aniquilación

Parado frente a la caja del local de comida rápida, el mediodía se escurre entre las rendijas del calor ya casi vespertino. Inusualmente, hay poca gente. El centro luce como el futuro, desolado. Locales, negocios, tiendas cerradas. Día feriado, festivo, no laborable, desechable en todo caso, para la productividad nacional, decretado así para celebrar, a juro, 10 años de “revolución”. Una pequeña marcha teñida de rojo pasa frente al local. Un par de aguerridos militantes entra y toma una foto digital, como postal del atrevimiento de haber incumplido la orden de permanecer cerrado. En el grupo, quizá la mayoría es fiel seguidora del Presidente. Posiblemente algunos no van muy convencidos el asunto, pero igual van, pancarta en mano. A su paso, graffitis, pinturas, dejan la huella del fervor, salpicada de intolerancia y de una absoluta falta de respeto a fachadas ajenas.

Se cumplen 10 años del ascenso de Hugo Chávez al poder. No importan ya los lapsos, los períodos, las ridículas minucias formalistas o legales, o éticas. 10 años de despropósitos. 10 años de polarización, de promesas incumplidas y reformuladas, de mucha campaña electoral y pocas soluciones. Cada quien podrá hacer su balance, y se regocijará, o se llenará de tristeza, o probablemente nadará en las tibias aguas de la indiferencia.

Aunque ya se ha comentado de las dotes carismáticas y comunicacionales del Jefe del Estado venezolano, hace rato el problema en el país dejó los territorios exclusivos de la política, y se trasformó en un asunto religioso, propio menos de la ciencia política y más de la teología.

Lejos de la razón y de algún atisbo de crítica, el ejercicio del poder en Venezuela se asemeja al de un líder religioso, de cuya euforia y volatilidad emocional dependen los destinos del país. El fanatismo descansa en la exaltación del caudillo, en la egolatría absoluta y en la edificación de un paradigma hegemónico, goloso de poder, insaciable de lisonjas y desbordante de intolerancia.

Se entiende el ejercicio de la teología en el marco de una humana aproximación a Dios, como la vía para promover el estudio de una determinada religión, apoyar su difusión y extender su feligresía.

Es fácil así constatar la puesta en práctica por parte de la élite “revolucionaria”, de una verdadera teología de la aniquilación, bizarra combinación de fervor, fanatismo político, desmedido apetito de poder y desbocado animo destructor, indetenible ante la entelequia institucional que es, a estas horas, lo que se denomina aun el “Estado de Derecho” en el país. Gas del bueno a quien cometa el “delito” de manifestar su disenso, (especialmente si es estudiante), asalto y profanación de sinagogas, y manos oficiales que lanzan la “piedrita” e intentan, vanamente, esconder la mano, forman parte reciente de la receta.

Su verbo es ley sagrada, orden a cumplir so pretexto de sacrilegio “revolucionario”, y a riesgo de ser excomulgado por el Gran Sacerdote de los beneficios y prebendas del proceso.

Forman parte del balance de la década: una economía estatizada y con controles ineficientes para abatir la inflación (20,9% de inflación anual promedio, un bolívar devaluado un 275% y un aumento de los precios en 542% en la última década), balurda y vacía retórica endógena y aumento de la dependencia petrolera y de las importaciones, con restricciones cambiarias que no han impedido la fuga de capitales ($ 84,9 millardos), y una sociedad sometida a los arbitrios de una coyuntura delincuencial, con protagonistas armados y que no sólo en las calles aniquilan a los venezolanos y desangran al país a cualquier hora del día, sino en algunas oficinas y despachos de altas personalidades boliburguesas y de quienes, detentando el poder, aniquilan el erario público. ¿Socialismo del siglo XXI o vandalismo indefinido?

Teología de la aniquilación cuya retórica dejó atrás el simple simbolismo confrontacional, y avanza en el concreto territorio de la violencia cruda y silvestre contra todo aquello que se oponga o disienta de los abusos cotidianos del actual gobierno.

Lo lamentable del caso, a estas alturas del partido y considerado lo acontecido en todo este tiempo y lo que se vislumbra luego del 15 de Febrero, es que ningún resultado electoral, sea cual sea, pareciera garantizar un mínimo de gobernabilidad, la paz ciudadana y el funcionamiento normal de la nación. La confrontación luce como algo indeseable, pero inevitable.

No hay duda de que ha tenido éxito la actual gestión en su inefable evangelización. Se respira en el país un clima de aniquilación, de agotamiento, de ruina. Ojala queden fuerzas en las conciencias democráticas para expresar una clara negativa a la intención oficial ya manifiesta, y al capricho del Sumo sacerdote, creador, motivo e inspiración de esta luctuosa teología de la aniquilación.

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