Opinión Nacional

Timor Oriental, ¿una nación viable?

Paradojas de la política. Mientras se apoya el derecho a la autodeterminación del pueblo de Timor Oriental, la situación en la lejana isla del archipiélago indonesio –al igual que la de Kosovo- lleva agua al molino de quienes quieren que se universalicen las intervenciones por razones humanitarias Primero llegaron los malayos. Luego, en el siglo XVI, era de los grandes navegantes europeos, los holandeses y, casi simultáneamente los portugueses. Los japoneses lo hicieron en la Segunda Guerra Mundial, para dar paso de nuevo a los portugueses. Tras siglos y siglos de dominación colonial la porción este de la isla de Timor, en el extremo oriental del archipiélago indonesio, buscaba instituirse como nación independiente.Hoy está a punto de hacerlo, con una «pequeña» ayuda de los amigos de la comunidad internacional. Sin embargo su futuro luce mas problemático que nunca. ¿Qué sucede en este territorio, uno de los últimos laboratorios de la política de descolonización con la que fue creada la Organización de Naciones Unidas?.

En la cumbre del proceso, el 30 de agosto pasado, en un referendum organizado por Naciones Unidas, el 85% de la población políticamente habilitada de Timor Oriental votó a favor de la independencia total y en contra de un proyecto de autonomía que ofrecía el gobierno de Yakarta. Una cifra notable legitimizada aun
más por una participación, igualmente notable, del 98% del padrón electoral. Lo que debía convertirse en ocasión festiva terminó siendo catalizador del conflicto que desde 1975 desangra a la excolonia portuguesa y que ha costado la vida a 200.000 personas según datos de organizaciones humanitarias.

Cumplida la jornada electoral, las milicias antiindependentistas, extraoficialmente apoyadas por el ejército indonesio, empezaron una campaña de intimidación en contra de la mayoría de la población que añadió en pocos día una cifra todavía no bien calculada de muertos -otros miles se presume. Era el germen de una operación de limpieza étnica, complementada por el desplazamiento forzado de los simpatizantes de la causa independentista y la obligación a permanecer en el territorio a la población de origen indonesio, un 20% del casi millón de habitantes
que había en la isla antes del referendum de agosto.

Para los timorenses la violencia es parte de su historia. La sufrieron primero con los ávidos colonizadores portugueses que comerciaban en el lejano Oriente. Siglos después, cuando aquel imperio había desaparecido, la vieron venir del lado oeste de la isla con el ejercito invasor de Indonesia. Era el año de 1975, Lisboa estaba sacudida por la Revolución de los Claveles. Los nuevos gobernantes portugueses prometían dejar a la población estetimorense el derecho a la autodeterminación. Pero el Mariscal Suharto aprovechó para anexarse un territorio que reclamaba desde que en 1948 Indonesia dejó de pertenecer a Holanda.

Pese a su filosofía descolonizadora, los métodos no fueron del gusto de la ONU, que nunca aceptó la soberanía de Yakarta sobre el territorio, y le obligó a negociar con Portugal, a la que reconocía como potencia administradora. Esas negociaciones, y sobre todo importantes cambios sufridos en la geopolítica, condujeron al referendum de agosto de no muy feliz término… hasta ahora.

APRENDIZAJE HUMANITARIO

La comunidad internacional parece haber escarmentado en el caso de Kosovo. Como aseguró el Secretario General de la ONU, Koffi Annan, al instalar la 54 Asamblea General en Nueva York, no permitirá que se den violaciones sistemáticas a los derechos humanos en ningún lugar del planeta. Timor fue un buen sitio para poner en marcha esta nueva tendencia moral e idealista que quiere convertirse en norma de las relaciones internacionales para el próximo siglo. Pero algo fuera de tiempo, para quienes culpan al organismo de no haber tomado medidas ante la previsible ira nacionalista que se desataría tras el referendum. O por no haberle exigido que las tomara el ejército indonesio que mantenía en Timor Oriental a unos 25.000 soldados.

Finalmente la presión internacional permitió el despliegue de una fuerza de paz, que cuando esté completa será de 7.500 hombres de varias naciones, sobre todo Australia, Filipinas y Canadá. Como una demostración más de que los tiempos cambian, paradójicamente el país que más trabajó para el envío de este contingente pacificador, Australia, fue la primera nación que reconoció la anexión de Timor Oriental por parte de los indonesios. Hoy comandan la INTERFET (siglas en inglés de Fuerza Internacional para Timor Oriental).

Ante el desborde de la violencia sectaria y el retiro del ejercito indonesio, la Interfet ha asumido totalmente el control del territorio abandonado de facto por el gobierno indonesio. Los acuerdos con la ONU estipulaban que Yakarta seguiría rigiendo los destinos de los timorenses hasta que se conformara un gobierno autónomo. Ahora incluso el presidente Yusuf Habibie parece dispuesto a saltarse la necesaria ratificación parlamentaria -prevista para finales de mes- y dejar Timor Oriental para que sea administrado por la ONU.

En realidad hay poco que administrar. La infraestructura de la región, poco beneficiada por la administraciones portuguesas o indonesias, quedo arrasada como consecuencia de la violencia pos-electoral. Las pequeñas ciudades de la isla y sus redes de comercio reducidas a escombros. Además, con los pobladores en
fuga los campos han quedado sin cuidado por lo que la mayoría de las cosechas se perderán. En cálculos de la ONU sólo en los próximos seis meses harán falta 100 millones de dólares par financiar la reconstrucción. Y cientos más para prestar ayuda a la población que regresa a casas saqueadas y ciudades que no pueden ofrecerles trabajo.

CONTABILIDAD POLITICA

En Yakarta, el presidente Habibie saca cuentas con variables políticas para justificar la entrega de este territorio pobre, pero de gran potencial. Su predecesor por más de 30 años, el Mariscal Suharto fue el muro de contención del «mundo libre» contra el comunismo asiático durante los años de la Guerra Fría. Y cayó lógicamente una vez que desaparecieron las causas de su longevidad política. Desde que en mayo del año pasado Habibie asumió la presidencia de Indonesia trata de convencer tanto a la opinión interna como la internacional de su intención de modernizar al país. En medio de un tenso ambiente interno, Habibie le ha tocado responder por los entuertos de la larga gestión anterior. Pero lidia con la desconfianza de las mayorías que lo ven como un títere del verdadero poder, del que ejercen los militares.

La decisión que tomó Habibie en enero de aceptar el derecho a la autodeterminación de la población de Timor Oriental no le ayudó a ganar simpatías entre los nacionalistas, ni en el ala dura de las fuerzas armadas.

Sin embargo en días pasados Habibie manifestó su deseo a presentarse como candidato a la presidencia. En las próximas semanas será seleccionado el nuevo jefe de estado por el nuevo parlamento, recién salido de las primeras elecciones libres registradas en el país, parte del cronograma reformista de la era post-Suharto.

Preocupado por su continuidad en el poder, Habibie sabe que Timor no es el único problema que puede amenazar la intregridad del país. Los que querían mantener a la excolonia portuguesa unida a Indonesia temen el efecto dominó que pueda tener el ejemplo secesionista en regiones como en las Islas Molucas o en el norte de Sumatra donde se desarrollan movimientos independentistas.

Temores lógicos en un país integrado por mas de 13.000 islas y habitado por unos cien grupos étnicos diferentes que hablan otras tantas lenguas. La unidad de Indonesia se debe a la fuerza con la que se impuso el colonialismo holandés. Trabajo que fue rematado con el militarismo de la era Suharto. Indonesia demuestra ser un archipiélago, no sólo geográfico, sino humano y político.

¿Y ahora quien podrá ayudarnos?

Timor es tan sólo una fracción de ese inmenso y problemático archipiélago. Sin embargo su futuro no está más claro. Después de que se complete la reconstrucción, labor que tomará varios años, vendrá la edificación del país. La independencia no es únicamente cuestión de deseos, requiere capacidad de producción. Por lo pronto Timor tiene poco que ofrecer. Es una isla feraz, pero la agricultura esta en niveles muy primitivos. Sus atractivos naturales la convierten en un paraiso tropical apatecible para el negocio turístico, siempre a la caza de nuevos destinos. Pero si hay un negocio sensible es el turismo. Se desvanece ante cualquier asomo de inestabilidad.

Justamente inestabilidad es lo que promete haber en Timor por un tiempo. Bajo la égida de Naciones Unidas los timorenses deberán elegir el primer gobierno independiente de su historia. Todo indica que el lider de las guerrillas independentistas que desde los años 70 combatían al invasor indonesio, Xanana Gusmao, logrará el favor popular. Pero el frente unido que exhibieron los independentistas se fragmentará. El temor de algunos analistas es que la lucha política de la futura nación siga por los caminos de violencia aparentemente endémicos.

Alcance mundial

Lo que ocurre en el pequeño y aislado Timor es de interes planetario. Lo que sucede en la isla nutre un debate mayor que viene dándose desde el fin de la Guerra Fría, pero que ganó intensidad con la reciente crisis de Kosovo: el intervencionismo por razones humanitarias.

La ONU, y los principales países de occidente, con Estados Unidos a la cabeza, defienden la tesis de que la soberanía de los estados queda limitada cuando se deba garantizar los derechos humanos asumidos como bien universal. La idea dejaría en la práctica pocos estados soberanos independientemente del respeto a sus ciudadanos. China, un país con un pobre desempeño en la materia, difícilmente sería objeto de una acción multinacional que defienda los derechos humanos de la población china. Tampoco lo sería Estados Unidos, donde los conflictos raciales pueden caer dentro de la categoría de problema de derechos humanos. Serían naciones supersoberanas, mientras que el resto del planeta quedaría a merced de la norma. (Toklatián, Revista Nueva Sociedad #162 Caracas julio agosto 1999
p.57).

En el caso específico de Timor, la buena intención intervencionista no es del gusto de muchos países del área. No sólo porque el comando de la operación se encargó a Australia, lo que deja instaurada a la isla-continente como potencia regional. En palabras del primer ministro John Howard, a partir de ahora Australia queda «con una gran responsabilidad en esta parte del mundo» como «socio» de Estados Unidos, vale decir como gendarme auxiliar para el sureste asiático. (AFP 28/9/99)
Nadando contra esta corriente que se va formando, Indonesia logró a varios de sus vecinos que en la reunión extraordinaria de la comisión de derechos humanos de la ONU que se realizó la semana pasada en Ginebra, se opusieran a una investigación internacional sobre los excesos cometidos en Timor. La resolución fue aprobada, pero quedó patente la defensa de la soberanía que hicieron países de intereses tan disímiles como China, Rusia, India o Pakistán.

Mientras lo timorenses se preparan para estrenar la independencia política en los albores del nuevo siglo, el resto del mundo se mira en su espejo para debatir en torno a los conceptos de soberanías limitadas e intervenciones justificadas. Un debate que dominará la escena en los primeros años del próximo siglo.

Periodista especializado en asuntos internacionales.

Email: [email protected]

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