Opinión Nacional

Todos somos Ingrid

Venezuela es hoy una gran selva donde todos los ciudadanos estamos secuestrados. Unos lo viven con la actitud de quien está amarrado a una silla con el cabello –tan largo como el cautiverio– terciado en el pecho como una banda presidencial salida del propio cuerpo. De la propia, terca, exhausta esperanza.

Otros se ponen camisas rojas (que, de paso, ¿quién pagará?) y corean consignas y miran a los lados para asegurarse de que hay testigos de su efusión revolucionaria. Abundan los cínicos que han hecho negocios con la tragedia del país –en plena conciencia del saldo criminal de su provecho– y se han forrado de un dinero que exhiben sin pudor. Y están los que conservan la dignidad y se mantienen en pie de lucha.

Podría pensarse que las víctimas del plagio son los adversarios del secuestrador. No es así. A esta hora nadie en Venezuela está libre de las cadenas que Chávez ha echado sobre el país. De hecho, sus principales esclavos son sus cómplices, cuyos expedientes engorda y apila; sus ministros, que humilla públicamente; su Asamblea Nacional, que no puede degradarse más; sus magistrados, que se apresuraron a reconocer la constitucionalidad de 26 leyes que imponen por las trochas lo que el pueblo soberano rechazó en diciembre por la vía electoral. Ese TSJ que en su momento declararon inadmisible las querellas contra Chávez por el desfalco del FIEM, aunque la malversación de 2,3 billones de bolívares era evidente y aún clama al cielo. No por nada Chávez reta a la sociedad a que vaya a poner su queja –por el nefasto paquetazo– ante el Tribunal Supremo de Justicia, con el tono del jaquetón que exhibe su dominio sobre la corte. En realidad, no exagera: los tiene en un puño. Son sus sirvientes.

Sus rehenes.

Está secuestrado un país que no tiene manera de controlar los viajes del Presidente, de cuya agenda se entera cuando está despegando en el avión perteneciente a la República para irrumpir, como lo hizo hace unos días, en Argentina, en una reunión bilateral para la que no había sido requerido ni tenía nada que hacer, salvo desplegar su rutina de sábado sensacional de izquierda, que despierta un rictus de hastío en los mandatarios que se lo calan porque saben que el número fuerte está al final, cuando el figurante, en vez de pasar el cepillo, reparte los recursos que ha arrebatado a un país secuestrado.

Está prisionero un país obligado a aceptar que Extranjería así como las oficinas de registro público están infiltradas de cubanos, encargados de cruzar la data de ambas instituciones, con lo que la información crucial de todos los venezolanos está en manos del funcionariado de un país extranjero.

Un país extranjero, por cierto, donde la Embajada de Venezuela incurre en gastos excesivos y permite que la burocracia cubana, muerta de hambre y ladrona, aplique sobreprecios y toda clase de desmedros a la representación nacional.

El secuestro abarca por igual a quienes votamos para rechazar la reforma en diciembre y a quienes lo hicieron para aprobarla. A nosotros, porque nuestro designio mayoritario ha sido desconocido brutalmente; y a los que resultaron perdedores en la consulta, porque consideraron que la forma adecuada para allegarse a una decisión era la ruta comicial. Y también han sido burlados.

No puede ser casual el hecho de que este zarpazo de Chávez coincida con el evidente deterioro de las misiones, creadas para asegurarle el triunfo en el referéndum revocatorio de agosto de 2004 (no porque no hiciera falta una acción rápida y contundente de auxilio social, sino porque su génesis tuvo una motivación proselitista, tal como lo reconoció Chávez el 12 de noviembre de 2004, en el teatro de la Academia Militar, cuando dijo: «Una encuestadora internacional recomendada por un amigo vino a mitad de 2003, pasó como dos meses aquí y fue a Miraflores para darme la noticia bomba: `Presidente, si el referéndum fuera ahorita, usted lo perdería’. Entonces empezamos a trabajar con las misiones»).

Si se abandonaron las misiones es porque ya no interesa ganar elecciones. No con votos legítimamente obtenidos. Venezuela está en el puño de un sátrapa cuyo modelo es Mugabe, amarrado al poder por tres décadas gracias al fraude electoral, y autor de la ruina de Zimbabue, cuya inflación ha llegado a superar 140.000.000%.

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